martes, 31 de julio de 2012

LAS ESPERANZAS DEL TIEMPO




Siempre he tenido la sensación de que la esperanza la perdieron otros antes que nosotros, hace muchos años, y que nos hemos criado desde entonces en una sociedad que no es capaz de sentir, de compartir, de admirar, de buscar... De esperar. En esta sociedad marchita donde ya nadie ni ríe ni llora, esperar es poco más que una perdida de tiempo y, sin embargo, cuando alguno de nosotros es capaz de mirar el recorrido del tren desde la estación, cuando vemos de qué manera se va la vida enclaustrada en unas vías, echando su vapor y sus adioses, comprobamos que la espera puede ser un momento fantástico, pletórico, relleno de felicidad... La espera, no es una pérdida de tiempo, como nos han hecho creer. La espera es la revolución contra el atosigamiento de esta vida acelerada que se despeña con una brutalidad única... Debemos saber esperar. Deberíamos saber acoplarnos a las necesidades del tiempo e incluso hacer que su paso, el paso impasible del tiempo, pudiera ser controlado por nuestras intenciones... ¿Qué pasaría si ahora que vas en el coche aparcases a un lado de la vía y te pusieras a mirar el cielo? ¿Qué pasaría si ahora que me escuchas desde la cocina de casa, te apoyaras sobre la ventana y te dedicaras tan sólo a contemplar la brisa?

Se nos ha ido el tiempo de la vida en hacer muchas cosas, en responder a muchas obligaciones, en colaborar con todas las prisas y en hacernos esclavos de cualquier velocidad. Y hemos condenado la espera y la esperanza, porque simplemente no tenemos tiempo.

Detén tu camino. Párate. Intenta parar ese minutero que impávido juega siempre en tu contra. Quédate a la espera de que nada llegue, y cuando esa nada de nadie te alcance siéntete feliz de haberte dedicado cada segundo que te dejaste para ti.

Mira al cielo, siente la brisa, acaricia el futuro, paladea la felicidad, huele el recuerdo... Dedícate un segundo, sólo eso.

Nos han engañado obligándonos a borrar de nuestro manual de vida la espera y la esperanza. El mundo se llena abarrotado de desesperos y de desesperanzas y yo, que me baje del tren, al verlo partir, siento que aquél que se marchó sólo es un tren más de los muchos que cada día salen de la estación de la vida. Por eso, de vez en cuando, hasta cuando el corazón no te lo reclame, para. Deja lo que hagas y dedícate sólo a sentir. Siente la vida, la alegría, la esperanza, el mañana, el futuro, la confianza, la amistad, la brisa que huele a sueño y que todo lo contagia. Batalla por ti y por mí, con los embistes de tu silencio y siéntate cómodamente en el andén a esperar que salga un tren al que realmente quieras subir... En la estación de las esperanzas, mi mano está esperando que la acaricies. Y mientras el tacto sublime para la saeta de aquel viejo reloj, noto como mi cabeza se relaja y mi corazón le marca el ritmo con que deben de pasar las horas, las esperas y las esperanzas...

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