jueves, 11 de julio de 2013

QUERIDA CONCHA


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Querida Concha,

Te fuiste. Ayer, en silencio. Como hiciste tu periodismo de una manera magistral, sin ruidos, sin aspavientos, sin necesidad de hundir al de frente para permanecer a flote. Hoy, en estos días, de gritos y de rabias, eso es mucho. Te fuiste y me dejaste una honda sensación de tristeza, un dolor baldío, una esperanza rota... Se te llevó por delante la gran ilusión una leucemia contra la que batallaste, dejando claro que la valentía, la fuerza, el coraje y el tesón son necesarios en nuestro día a día. Te fuiste sin que ninguna enfermedad te ganara la guerra, en contra de lo que dicen. Las personas, como tú, que pasáis por esta batalla descabellada, lo hacéis con tal coraje que nunca sois perdedores en nada, ni tan siquiera, cuando la parca negra nos empuja dentro de su barca fría, mar adentro. Y nos mostraste, con una humildad dulce, que hay que luchar. Que la lucha siempre merece la pena.

Nunca hablé contigo, aunque te escuché mil veces. Nunca me conmovió tanto la serenidad de tu sonrisa como ayer cuando volví a buscarla. Nunca entendí porque sentimos con esta fiereza el adiós de personas a las que no conocemos pero que la tele y la radio han colado cada día en nuestra casa, hasta idealizarlas, quererlas, sentirlas parte de nuestra vida... Querida Concha García Campoy, en esta resaca de dolor que te convierte ya en ángel, somos muchos los que nos sentimos tristes por un adiós que no esperabas. Los que nos sentimos impotentes ante la pena que nos remueve las entrañas y nos hace pensar en otros seres queridos que emprendieron el camino antes que tú y que hoy vuelven, como cada día, a nosotros. Pero regresan también la alegría de saber quienes conquistaron la cima de su salud, venciendo una enfermedad terrible que les cambió la vida. Querida Concha, es injusto. Tan injusta como es la muerte que nos devuelve a todos por igual, tan democrática y tan negra, confiando que sea la puerta a otros sitios donde tu voz volverá a sonar con dulzura y un elegante e irremediable encanto.

Hoy, como ayer, me quedo mirando tu sonrisa, de serenidad contagiosa, y sigo pensando que gente como tú nos hace más falta aquí que en el cielo... Tu voz es ya historia de nuestro tiempo y sus ecos nos traen demasiados buenos recuerdos recuerdos que hoy caminan de la mano con la tristeza. Descansa en paz, Concha. Un beso al cielo.

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