viernes, 26 de julio de 2013

AL CONTRARIO

Me levanté con la penita cogida a la garganta, con la resaca de la nostalgia, apurado bajo un cielo nublado que caminó por la noche sin estrellas. Me dejé sobre la almohada, clavados todos los pensamientos que me trajo el insomnio al que confundí con esta cabeza que no para. Y pensé en las cosas que son justas. Y en la lealtad, que es un arma y una armadura. Y en la honestidad, que es una bandera con nombre de mujer... Mi vida se mueve entre latidos de corazón que muevo de manera leal, arrítimica, puede ser, pero leal al fin y al cabo. Ser honesto es una obligación más que una devoción. Y la justicia es un equilibrio que perdimos cuando abrimos la boca. Así me dormí, sintiendo la pena por defender lo defendible, cuando otros que tienen parámetros distintos, ni mejores ni peores, nos acusan de no sé qué.

Al final hoy vuelvo a ti, a este diván sugerente que flota sobre la nada, y que leo menos de lo que escribo. Ahora que no memorizo, ahora que la cabeza se mantiene en tensión, ahora que la vida nos pasa con calores de canícula, ahora me vengo de mí mismo y me condeno, como tantos otros, a pasar por el día con cierta melancolía que llora, como gotas de lluvia contra el seco cristal, resbalando hasta llegar a la nada.

Pero el viento me trajo la mañana y me dejó en la puerta de la calle el camino para andar. Se lo dije a la amiga que en su sufrimiento no se mueve, que no tiene la culpa de vivir, y que al contrario, lo que hay que hacer, es seguir viviendo para caminar hacia donde nos lleve la propia vida. Con ese consuelo me receté un jarabe contra la tos del alma, que no deja de repicar, inconsciente, escribiendo en mis renglones llantos que no llegan y verdades que no cesan. Nadie dijo que vivir fuera fácil, ni puedo pensarme perfecto, como tú tampoco, ni nadie ya. Pero en las imperfecciones abruptas, rayadas, dobladas, plegadas en arrugas que son surcos del tiempo, se juntan nuestros ayeres y nuestros mañanas, que nos siguen haciendo. Así como somos. Como soy yo.

Nunca me sentí ni más ni menos, nunca compartí las palabras que se dijeran a mi espalda. Y siempre he batallado por intentar convencer a otros que quizá lo impropio que de mí se pensó nada tiene que ver con lo que siento cuando, callado, camino bajo veredas infladas de hojas verdes o miro al cielo azul en su intenso pasar. Nunca pudimos convencer a nadie de que somos distintos de lo que creyeron, y fue mejor para mí sentarme en el camino y pensar de repente la gran cantidad de gente a la que no escuché, cuando sus palabras fueron mi aliento, cuando sus palmadas fueron nuestro aplauso, cuando su calor fue nuestra sangre...

Batalla siempre por lo que creas. Lucha cada día por lo que sientas. Vive, cada día, por seguir haciendo felices a los demás, como yo lo hago. Asi, como yo lo siento. Desde este camino donde veo pasar, las miradas que aún no se acercaron a verse conmigo...

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