miércoles, 3 de julio de 2013

LA GALLINITA CIEGA



Te escribí una carta mojando mi alma en agua bendita y, palabra tras palabra, dejé mi vida en una hoja sobre la que no se apuntaba nada. Sin embargo, el papel, conmovido por la fuerza de mi voluntad, se arrugaba al paso del afilado puntero con que mojaba en el tintero para darte mis buenos deseos. Me desperté contra el reloj, con el cielo pintado de naranja y el sol anunciando fuego. Supe que era esta mañana de julio un día más, una excusa para salir a la calle con la mejor de mis intenciones y pasear de frente a la brisa que a veces no encontramos. Y me apresuré por sonreír y compartir mi risa, haciendo de la alegría los atajos de nuestra vida. Siempre he sido optimista, vengo por el camino de las buenas esperanzas paseando todo lo que llevo andado y los momentos de mi vida que escribí en letras grises, intenté compensarlas enseguida con buenos deseos, memorias de un ayer feliz o esperanzas de un futuro que sólo huele a mañana.

Somos nosotros quienes marcamos el ritmo de nuestro corazón, el que le envía sangre a esa cabeza, a veces loca, otras perdidas, a menudo distraída, que nos hace pensar que nuestra vida es mejor o peor... No lo pienses más. Nuestra vida es fantástica. Envíale ese impulso a tu corazón y notarás como respiras con otro anhelo, como miras con otros ojos, como sientes con el corazón al que hasta ahora solo le has dejado que latiese, sin más labor.

Ese ruido acompasado, lento, marcará el peregrinaje de tus días, como una lluvia incesante de felicidad que cae sosegada pero sin pausa. Podemos marcar el ritmo de nuestro paso, de nuestro paseo por la vida y si fuéramos inteligentes, veríamos que es una obligación que tenemos con nosotros mismos.

Yo voy así, marcando con este tambor del ánimo el paseo de mi vida, con un optimismo salvaje cargado a cuestas, con una voluntad impermeable de seguir batallando, por mí y por todos mis compañeros, como aquel viejo juego de la infancia, a la que debiéramos volver más a menudo. Aquella simple alegría de nuestra niñez, de pantalones cortos y rodillas dañadas, de meriendas puntuales y enfados que duraban un “ay”, de sueños invencibles y tierras por conquistar, debe regresar a nosotros, con la fuerza de un huracán imbatible para hacernos recobrar la vida. Nuestra vida, la que llenamos de alegrías y desesperanzas, de anhelos y olvidos, de memorias y tristezas, puede dejar de tener la pauta de una melodía acelerada, frenética y dejarse llevar por la vibrante y contagiosa sinfonía de una felicidad calmada y esperanzada.

Depende de nosotros mismos, como casi todo. Aunque muchas veces, como en aquel juego infantil, nos pongamos contra la pared, apoyando nuestra cabeza con su mirada ciega, los ojos cerrados y las esperanzas perdidas... No lo hagas más.

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