jueves, 22 de octubre de 2009

VOLANDO



(Pensamiento de las 13.37: Navaja en el corazón, Lisboa.)

"...En ciertos momentos muy claros de la meditación,
como aquellos en que, al principio de la tarde,
vago observador por las calles, cada persona me trae una noticia,
cada casa me ofrece una novedad,
cada letrero contiene un aviso para mí.
Mi paseo callado es una conversación continua,
y todos nosotros, hombres, casas, piedras, letreros y cielo,
somos una gran multitud amiga,
que se codea con palabras en la gran procesión del Destino..."

Fernando de Pessoa (Las calles de Lisboa)

¡Cómo me ha costado hoy levantar el vuelo! Cierto. Como una paloma que tiene la libertad de la mañana a su alcance, batir las alas ha sido un ejercicio de voluntad absoluta... El cielo, encapotado, describía una fina lluvia a lo largo de la ciudad, convirtiendo mi bienvenida en un remanso de serenidad y esa cierta nostalgia que siempre me despierta el cielo gris. Sin embargo, cosas del destino, al alcanzar el balcón, después de mi primer mensaje de la mañana, a Hugo, el sol se ha abierto, creciendo, desde mi izquierda y ha dibujado un rastro dorado sobre mi horizonte más cercano. ¡Qué belleza, por Dios!

He salido a la calle y me he reencontrado telefóno en mano. He tomado café. Me he sentado en la mesa del despacho y mi mente ha volado fuera una vez más... He recordado que tengo el disco de Silence 4, de aquél grupo que descubrimos en Lisboa. Mis recuerdos ahora son más claros cada vez. Más cercanos. Y recuerdo nuestras sonrisas y nuestras jóvenes felicidades pasearse las unas junto a las otras. Lo recuerdo todo. He encendido el reproductor de audio y he comenzado a escuchar "Silences becomes it", el disco de aquél viaje.

Haría diez años que no lo escuchaba. Y he recordado, a cada nota, el desgaste arrastrado del sonido de aquellos años. He viajado una vez más a nuestro pasado común y he sido feliz, desde la nostalgia. Pero feliz.

Vuelo a menudo en estos días porque la vida me obliga a hacerlo. Y vuelo alto. Feliz, por momentos. Tristes a otros. Nostálgico y esperanzado, poco. De vez en cuando, recuerdo las calles de Lisboa en esta semana en la que he vuelto sin querer y sabiendo por qué a aquellos años lejanos que fueron míos, como aún hoy.

Y aparece el mirador, sobre el Tajo, que convierte al río en un papel de plata alargado y deforme. Dorado al fin por el resplandor regalado del sol. Y Lisboa es, a nuestros pies, un manto de tejados uniformes y de miradas perdidas. El suelo empedrado, como el de la Baixa, corta desde allí el tejado de los campanarios de las iglesias de cada barrio. Y somos viento, en la mañana, que corta con frío húmedo nuestros rostros... Hubo un día que llorando me dolieron mucho los ojos porque el frío se clavó en mis pupilas. Si volaráis, como yo vuelo, notariáis ese frío cortante, y vuestras pupilas, sin llanto, mirarían alrededor buscando nuevas calles, abajo, como riachuelos de fortuna.

Tengo que regresar volando al despacho. Vienen a recogerme y nos vamos a comer. Luego a la tarde al hospital. Y de cena esta noche. En mitad de mi vida, sigo como siempre, aunque con la cabeza varada entre tanto vuelo... Qué preciosa se ha quedado la mañana. ¡Qué preciosa sabiendo que estás volando a mi lado!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Este relato de tu memoria es bellísimo.
Me has hecho recordar mis días en Lisboa y mi querencia de entonces.

Gracias

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