miércoles, 24 de abril de 2013

LA NADA

Los miércoles se han convertido en el día duro de la semana, en el ecuador de todo. Tengo la radio por la mañana y la tele por la noche, y el nivel de exigencia a mi cuerpo, crece. La cantidad de nervios que es capaz uno de aguantar es inimaginable, aunque parezca una tontería, el enfrentarse a un toro cada semana, a parte de apasionarme, me latiga, contundentemente. Y, sobre todo, al acabar, me deja baldado para unas cuantas horas... Pero como decía Sirera, bendito veneno el del teatro. Porque al final, subir y bajar el telón, se convierte en una adicción sana y casi sin consecuencias... Más allá del tronamiento personal que tenemos.

En este panorama me levanté hoy, salí a la calle, tras breve conversación con Mabel. Paseé hasta el trabajo con Antonio al móvil y llegué al nuevo despacho, al que casi cuesta entrar, por la falta de costumbre. El aire acondicionado se agarró a la garganta. Pilar se había mareado poco antes y necesitaba aires frescos. Y los tuvimos, poco rato, porque caían al degüello.

A diez minutos del programa exploté. Solo y en silencio, absorto y mudo que decía el poema becqueriano. Y así me quedé con mi mal genio frente al ordenador y mi penita a cuestas. Que al final es mía, personal e intransferible como una tarjeta de crédito. La rabia del principio, que la tuve, se mudó a dolor al poco rato. Si después de dos años, nada sabes de ello, nada entiendes, es que te has perdido dos años de mi vida. Y esa sensación me empujó a tomar todas las decisiones del mundo, en tiempo récord, porque a las doce y media levantábamos de nuevo el telón. No tomé ninguna. Las pensé todas: desde las más drásticas a las más certeras, pero decidí no tomar ninguna, porque si algo he aprendido en la vida, y gracias a la política sobre todo, que las decisiones cabe meditarlas, que la implosión no puede ganar a la querencia, que hay que pensar... Y pienso, al rato, ahora que me acosté sobre la cama sin llegar a dormirme, porque Mabel me llamó de nuevo con sus problemas y al rato lo intentó no sé quién, y además tuve un run run en la cabeza que no cesó. Pienso, digo, que me parece lamentable. Que me ha hecho más daño de lo que me esperaba: que los efectos colaterales al final son la peor de las guerras. Y que me siento perdido en este sentido. Muy perdido. Porque cada vez que te hice falta estuve y tengo la sensación que cada vez que hablé, escuchabas hacia otro sitio. Lo que tengo claro es... que de mí nada. Y la nada es lo peor que se le puede hacer a nadie. Porque es la ausencia de todo, hasta de lo malo. Fue una tontería, probablemente. Pero fue una tontería que llegó en un momento muy malo y que para mí supone demasiadas cosas. Una detrás de otra. Pero demasiadas. Y en ese demasiado que intento recalcular, encuentro que con quien confiaba, no entendió nada, y que lo mío le debió de parecer nada. Y la nada, es lo peor que se le puede hacer a nadie...

Entré delante del micro con una tristeza absoluta. Me da igual decirlo. No hubo rabia a los diez minutos. Hubo pena. Mucha. Porque ahora que todo empezaba, por fin, a casar, ahora justo, se me caía un pilar que sentía imprescindible. De una tontería a la pena, el camino fue corto.

Cuando empezó la función, mi voz, seguía como cada mañana. Y así en mi "islita" emocional, navegaba mi barco. Poco a poco, nos fuimos contagiando la risa con Olmedilla y Fran, que son unos cracks, con Arantxa y Pilar, mis parejas artísticas, y las cosas del día. Y entró Mayte Miró por la radio, buscando un espacio en el tiempo para darme un regalo, precioso. Que llegó en un buen momento. Un álbum artesanal y precioso con todos y cada uno de los detalles por el "Soroll i Festa" de estas fallas... Un regalo precioso, de unos días mejores aún... 

José Manuel Acosta es el nieto y padre de José Acosta. Me encantó esta historia. Me la contó comiendo en el wok de Campanar, tras recogerme a la salida de la radio. José Manuel es ante todo una buena persona, siempre lo he dicho, una de las mejores que conozco. Tengo una fortuna inmensa con mis amigos y ellos (no me puedo olvidar de Ana) son una buena muestra de la suerte que tengo en la vida. Comimos y conversamos. Nos pusimos al día. No hay nada como comer con Jose, porque hace que hasta tu vida te aburra al contarla, que no existan los problemas porque se diluyen... Es un tío que me da paz. Y eso, en tiempos de guerra, se valora más que nunca.


Al acabar me trajo a casa. Intenté dormir: no pude. Quise desconectar y la cabeza, como siempre, no me dejó. Y así me vine a escribir a este teclado. A decir que aún me queda ahora por delante un reportaje en Nuevo Centro que cubrir y un programa por hacer, que me apetece menos que nada. La nada. Ya lo dije... Lo que me pediría el cuerpo hoy es un pijama y una siesta. Pero tiempo habrá. Al final, la tele, acaba siendo terapia en estado puro. Un revulsivo. Un esfuerzo y un refuerzo. Y eso se agradece... Hoy, que es miércoles, con lo cuesta arriba que se me hacen los miércoles, me pasaron cosas preciosas. Me regalaron un álbum genial y me senté con un amigo a regalarnos unas palabras... Al fin y al cabo, soy un tipo afortunado.

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