sábado, 6 de abril de 2013

HISTORIA DE TRES HOMBRES

Sentado frente al teclado. Son las 2:17, madrugada fría tras una tarde de lluvias en mitad de la primavera. Las ratas hacen su agosto, paseando sus caminos de la noche. Y yo, con las manos calientes, los ojos cayendo de sueño, recién llegado de una cena en Aldaia, en casa de Carlos, y con un trocotró entre mis dedos y mis escritos, me encuentro de nuevo, noctámbulo y alevoso, con mis palabras...
Almodóvar, mi director de siempre, el que me gusta, el que me divierte, el que me hace llorar, de vez en cuando se descolgaba en entrevistas - recuerdo especialmente "Todo sobre mi madre"- diciendo que escribía sus historias de mujeres... Yo, hoy, con un respeto absoluto, me enfrento a la verdad y a la noche intentando escribir tres historias, de hombres. De distintos hombres, de hombres que se encuentran, o no siquiera eso, y que en las últimas horas han entrado por colisión con mi vida... Y casualmente, y en contra de lo que pudiera creerse: hablan de hombres y de sentimientos, de sensaciones... 

Por respeto o por misterio, no daré sus nombres. Pero esta historia, está basada en hechos reales...
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TRES HISTORIAS DE HOMBRES.

J. Interior noche. 
Miércoles noche. Sin esperarlo (o a la espera de que pudiera pasar, porque ya no ato mis desesperos) J. me preguntó abiertamente por mi campaña. Escalón dos: "si no quieres, no lo hagas". Y no doy más detalles. Porque entiendo que no debo. "Sí, lo haré. Os dije que lo haría y lo haré"... Y me pudo una vez más esta justicia tantas veces injusta que me hace hablar y no callar, que me hace preguntar y no mirar hacia otro lado... "Pero te juro, por serte franco, que a veces me cuesta entender por qué...". Y no digo más. 
Volvimos con nuestras palabras de antes de ayer y recuperamos una conversación de hace un año: "Nunca volveremos a ser amigos" me dijo entonces. Y le creí. Le pagué con la moneda que me pidió, sin darme cambio nunca. O eso pensaba. Y se descolgó un año después diciendo que no dijo decir aquello, que no significaba lo que yo leí o lo que él me escribió entre renglones de pasados y rencores. Un año después. Un año después del fuego y otro después del agua, que venía a sofocar ayeres. Curioso el destino. Tanto después y resulta que nada fue lo que parecía ser. Que no lo era, o que al menos no debería de haberlo sido... A la mañana siguiente, no le contesté aún y por falta de tiempo, que no de dedicación, me escribió de nuevo para normalizar la vuelta. Un viaje largo. Esos viajes que siempre cansan. Y yo, se lo había dicho: "ahora estoy descansado". Ahora, que me vine a mi hueco, que rehice mis verdades, que volví a mí y a ser yo, con lo que me costó, de repente, mirando hacia atrás, me explicó que nada fue. ¿Y cómo andar hacia mañana? El corazón te puede dar impulsos que la cabeza manda hacia otros lugares. Yo, que le dije que soy testarudo, porque reconozco que lo soy, en mitad del camino, me detengo y pienso que siempre hay un lugar un camino para mañana, pero que costará emprender la marcha... Y me siento incapaz, creo, de borrar todo de un plumazo, porque otras veces que borré cosas, fracasé... Y siempre por no querer hacer daño. No es fácil de repente, pararlo todo y cambiar en otra dirección. No es fácil... Desde luego. Pero reconozco que me sigue ganando que me den razones y no motivos. Y eso pasó la otra noche con él. Aunque ahora, dudoso, entienda que quiero cubrirme cuando llueve,... Porque ya pienso que puede volver a haber tormenta...

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R. Exterior del todo. 

Me dijo "Hola Bron" y entendí que pasaba algo. Emprendimos terapia en cinco minutos porque le urgía el alma, el corazón y la cabeza. Y me contó que andaba desbordado de amor. Que no podía. Que le dolían los celos que nunca tuvo y que se retorcía pensando en cosas que no son, pero que podrían ser. Creo que el otro día escribí aquí sobre como la cabeza nos empuja siempre a imaginar, de manera retorcida, cosas negativas. Yo creo que es cuestión de estreses y ansiedades, no de locuras y molinos de viento. Dolor de amor. Y me dijo que creía que podría perderla porque él se sabe perdido y desorientado. Y me escribió en mitad del mar para decirme que su barco zozobraba demasiado... Y que era consciente. Y que se le iría la tripulación si no se amarraba al timón con fuerza... Es difícil manejar los timones del corazón y de la cabeza y lograr que naveguen hacia el mismo destino. Difícil, muy difícil. Nos hemos labrado una amistad de no vernos, de vomitarnos de repente el alma frente al otro como un espejo de quien no eres... Y nos hemos dado la comodidad de darnos todas las explicaciones del mundo, porque a veces, lo más fácil, es contarle algo a quien menos ves... Me he sentido útil, por ayudar a un "casi" buen amigo. Quitaré lo del "casi", el whatsapp hace que nos conozcamos más que muchas personas que caminan cada día. Y no dejo de sorprenderme, cierto es, porque de repente, en mitad de la oscuridad absoluta por la que camina su corazón desbordado, busque la luz en un terapeuta que nada puede ofrecerle... La palabra. Sólo eso. Mi tiempo y la palabra, que nada más tenía... Y parece que le sirvieron. Espero que para tiempo, aunque sé y sabe, que cuando la cabeza le mande a mirar contra el suelo, podrá escribirle a alguien que le cuente cómo son los colores del cielo... 

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L. Interior en luto. 

Le dice adiós como si no le dijera nada, casi sin mirar, sin sentir, sin abandonarse. Cuando se dice adiós durante mucho tiempo, el último saludo para despedirse, cuesta menos, porque ya sabes que va a producirse. Aún así, me acerco a él. Le saludo, un abrazo de cordialidad y el tono de su voz se repite con la serenidad de cualquier día como si nada pasara, porque creo que siente que nada pasa... pero yo, desde fuera, me quedo pegado a su corazón tembloroso y me preocupa pensar que igual sí que le pasa, porque lo racional es que le pase... Por mucho que supiera que el camino se acababa. 

Hay gente que tiene una fuerza antinatura. Otros tiemblan sin moverse, como niños asustados, perdidos en mitad del bosque. Creo que su fuerza no mueve montañas, no le tengo tanta fe, pero creo que sí que le queda algo de niño asustadizo, que huye de las sombras a mucha velocidad. Me encantaría poder decirle que pare, aunque sea ante lo más oscuro del bosque. Que se asuste. Que tiemble,... Que necesite que le arropemos entre el frío de ese cuento que asusta lleno de árboles negros que se pierden contra el cielo. Eso le haría sentir, más de lo que siente. Y le vendría genial, aunque lo meciera en bamboleos... Mañana, que le veré, volveré a creer lo mismo: me encantaría poder decirle que no siga corriendo para salir del bosque, que pare y que se asuste... 

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