martes, 14 de mayo de 2013

A VECES HAY QUE PENSAR QUE POR ENCIMA DE LAS NUBES NEGRAS HAY UN SUELO DE NUBES BLANCAS



No dejamos a menudo que nuestra cabeza vuele, que nuestra mente viaje, que nuestros suelos se descuelguen bajo el cielo nublado y sea capaz de surcar el infinito buscando ideas... Es algo sencillo. Buscar ideas, pero a menudo nos dejamos anclados por nuestro tiempo ocupado, nuestras obligaciones, nuestros pesares, y nos negamos de una manera inconsciente a dejar de idear, de proyectar, de soñar... Y eso es un error. En el momento en que dejamos de imaginar dejamos de vivir: nos ponemos en modo inercia, nos dejamos arrastrar e incluso, aunque no paremos de hacer cosas, las hacemos de una manera monótona, autómata, fastidiosa... no merece la pena.

Yo siempre he creído que hay que dejar un momento del día destinado a pensar. Hoy, por ejemplo, cuando sonó el despertador maldije haberme pasado parte de la madrugada echándome unas risas con el teléfono en la madrugada. Me levanté y comprobé que había llovido, aunque el sol empezaba a clarear. Y me metí en la ducha con la sensación de que mi calentador no iba a funcionar, algo que comprobé enseguida.

En cualquier otro estado, esto hubiera sido suficiente para maldecir el martes. A más de uno, pasar sus primeros diez minutos del día, con esta sensación de sueño arrastrado, quedarse mirando al cielo sin saber si se va a perder su paseo matutino y tener que enjabonarse bajo el hielo le habrían valido para saber que el martes iba a ser el peor de los días... Sin embargo, una vez dejé de tiritar, y ya en la calle, le dediqué un segundo a pensar, a idear, a imaginar...

Y pensé que era un día feliz. Que al final el sol estaba secando rápido el camino de mi paseo mañanero mientras que había disparado el olor a azahar de los naranjos que me acompañan a cada paso. Sentí, como aún siento la humedad de la espalda fría, el corazón latiendo con mayor fuerza gracias a una ducha de aguas gélidas y me encontré con que sonreí de nuevo cuando recordé la conversación con que anoche me fui a dormir... En definitiva, he convertido todo lo malo de diez minutos en una excusa perfecta para saber que mi martes, el de hoy, va a ser un martes perfecto. Y que con la intención que nosotros ideemos nuestra vida, la idealicemos, ayudaremos a proyectarnos un espacio mejor, para nosotros y, muy probablemente, para todos los que nos rodean. Por ello, tal vez, llevo toda la mañana cantando. Porque he descubierto que más allá de las nubes negras que se presagian, sigue habiendo un manto de algodones blancos sobre el que se cierne el sol... Aunque inevitablemente tendremos que llamar al técnico de la caldera. Eso sí, con una sonrisa...

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