lunes, 5 de julio de 2010

UN RELAX FANTÁSTICO



Gracias a la gente que tengo alrededor, miro al cielo y lo veo siempre azul. En días como hoy, lunes, después de un fin de semana de no parar y ser todo una fiesta y de pasarlo tan bien. Después de una semana agotadora en que hubo de todo y que llegó al viernes con una cafetería en Cánovas sentado junto a un belga y dos valencianos que no conocía. Y al rato una valenciana. Y un asturiano. Y al rato, una moto y un coche. Y rumbo al paraíso... De repente me encontré frente a la mar, donde Las Algas lo dominan todo y el sol cae derrumbándose por todos los costados. El azul del mar, el sonido impagable del mar. La mar. La mar misma... Y una copa de vino blanco. Y unos aperitivos. Y unas risas y un nos empezamos a conocer y me vale ya para siempre, o para este rato, pero es suficiente... Cenamos en un chino y cerramos la noche caminando con la Cucaracha a cuestas. Hasta caer la noche y en los albores del alba fuimos de la baraja y de la cama. Enseguida me desperté a portazos y por el calor, húmedo y tropical.

Nos fuimos levantando y nos hicimos a la playa. Camino extendida la toalla sobre mis recuerdos y bajo un manto de nubes que lo nubla todo. El sonido de la mar, una vez más, me trae relax a la orilla. Un relax fantástico. Y poco más... Si acaso los buenos recuerdos con Piru, con Nava, conocer a Macana y a Edu,... Placeres que nos da la vida a quienes no tenemos mayor voluntad que vivirla con intensidad. Comemos después de ir a casa de Lucas. Una paella en el límite de lo que será la felicidad, sobre el abismo del tiempo que con sueño se cierne contra nosotros. Arroz a banda. Helado. Caminando hacia la siesta vespertina y hasta los límites de las ocho que somos de la noche y de la fiesta. Conozco a mucha más gente: con quienes conecto enseguida, empujado por una noche de felicidad para gente a la que aprecio tanto... Y cerramos cuando es de día, en un baño propio de André Téchiné, en la piscina de la vida. Mato mi sueño hasta que regreso a casa, viento de tormenta sacude la madrugada. Me acuesto y me despierto. Compro con Valeriy algo de desayuno. Piscina, baño adolescente. Me recuerda a mis vacaciones de niño y aquella tormenta sobre nosotros que sacudía cada agosto. Comemos sin salir del Nido, como si fuera un partido de fútbol comentando los mejores momentos del fin de semana y hubo muchos. Muchísimos. Cargados de una sensación fantástica de seguir conociendo a más gente. Lo pasé fantástico. Y me costó regresar, por el camino de sienes plateadas con que se regresa al punto de partida... En el coche, con el sol en los ojos, el sueño a cuestas, el sonido de la mar clavado en mí... ¡Qué fantástica experiencia!

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