domingo, 18 de julio de 2010

NOS HICIMOS A LA MAR





El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?
En sueños la marejada
me tira del corazón;
se lo quisiera llevar.
Padre, ¿por qué me trajiste
acá? Gimiendo por ver el mar,
un marinerito en tierra
iza al aire este lamento:
¡Ay mi blusa marinera;
siempre me la inflaba el viento
al divisar la escollera!


(Rafael Alberti)

El mar, capricho de olas y espumas, caldo de vida absoluto que envuelve el mundo y lo une, lo aprieta, lo hace uno y compacto, ha sido siempre un lugar único, absoluto, vital, especial en mi vida. Me siento Mediterráneo por los costados que bufan los vientos, todos los de la Rosa, y me gusta el mar, me calma, me relaja, me atrae,... Ayer nos hicimos a la mar, como se hacen los marinos en época de pesca. En el barco de Leo, con Cristina, Gueguel, Consue, Marta, Luis y servidor, con la capitanía del amo, habiendo sido víspera la virgen del Carmen, marinera en tierra, nos dimos un homenaje que duró todo el día: de sol a sol. Del primero de la mañana oculto por una boira escandalosa que lo encerraba todo, hasta el de la tarde que cayó (calló) de una manera espectacular sobre la ciudad...

Nos hicimos el día a colpets de sangría de champán. Nos comimos una paella de pimentón rojo, con unas latitudes de escándalo. Nos hicimos a la mar y de la mar volvimos: y a la mar regresaremos. Navegamos, condujimos, timón en mano. Bebimos matriuskas y ron de miel. Comimos y dormimos. Mecidos por el mar, la mar y el viento...

Fue una experiencia superlativa, el mejor de los ocios y de los descansos y no dejamos de reírnos, en toda la tarde, y de mirar al horizonte. Y yo, de pensar muchas cosas, que sigo pensando... El mar, qué bello. Qué preciosidad...

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