jueves, 27 de junio de 2019
EMPRENDÍ EL CAMINO
Me siento bien, relajado. Cada día más tranquilo y obligándome a lanzar mis hombros atrás. Cuando lo hago, la espalda cruje y escucha el viento. Ahora unos martillazos de fondo, el teclado y poco más. El recuerdo de algo cercano que quiero convertir en olvido y enseguida asalta que quedará algún asunto pendiente. Ya no. Me preguntan a menudo últimamente cómo me va y digo siempre: "bien". Incluso hay días que muy bien. Porque me voy acostumbrando a la monotonía y desde que me he cogido distancia, me estoy cogiendo el gusto... Me dejo arrastrar voluntariamente por la rutina, pero esta vez porque yo quiero. A veces hasta el punto de sentirme culpable. ¿Quiero volar? Sí, como siempre. Pero de repente dejaron de apetecerme las prisas, dejaron de empujarme las ansias y ya no me siento desolado como hace un largo tiempo. Nada volvió a la calma, pero yo me regresé a mí. Bueno, decir que lo hice es exagerado. Digamos que emprendí el camino - sin volar, con los pies pegados al suelo - para recuperarme. Para recuperarme yo, sin dramas, sin tristezas, sin penas... No hubo una sacudida emocional, no hubo nada que rasgara mi vida, no hubo nada que me hiciera tambalear... Simplemente, muchos días, haciendo lo mismo, y sin darle un valor de afecto personal me hicieron despertar un día. Me hicieron parar y decir. Decidir. Escribí mil cosas en mi moleskine mental particular y en mil hojas... Y no. No las he puesto en práctica. Pero esto ocurre a menudo. Mis pros y mis contras, como cada lista de propósitos de año nuevo, se deshizo sobre el agua y corrieron río abajo. No. Todo esto que escribo es mucho más sencillo... Lo que hice fue parar y decir (decidir) "me quiero dedicar algo más de tiempo". Y mientras ganduleo, en realidad, le doy vueltas a la cabeza y me voy rehaciendo. No porque ayer pasara nada, no porque mañana todo será distinto. Simplemente, porque llegará un momento; en que lo que tiene que pasar, pasará. Y entonces sabré que todo este tiempo que me he meditado me llevó hasta allí y me ayudó a emprender el vuelo...
Y entonces, en ese justo momento, abriré mis alas. Y volaré.
martes, 25 de junio de 2019
TIEMPOS
La intensidad es el grado de energía con que hacemos algo. Y también cuando la actividad nos atropella durante un tiempo. Mi vida es intensa. Por lo primero y por lo segundo.
Y lo primero, últimamente, me ha arrollado para dejar que lo segundo pierda fuelle. Me imagino sentado en un banco, leyendo un libro (compré este fin de semana uno de Jordan B. Peterson) y, enseguida, me imagino levantándome del banco porque se me hace largo la espera... Eso no es intensidad. No. ¿Cómo se llama esto? No lo sé. De verdad que no lo sé...
Tengo una sensación vertiginosa de que se escapa el tiempo y al mismo intentaría diluirlo, esparcirlo, escamparlo sin límite, sin darle mayor uso... Las dos cosas a la vez, con una sensación de cansancio y fuerza que luchan, yin contra yan, y que intento controlar con mimo.
Me da la sensación de querer hacer mil cosas a la vez, porque cuando hago una de ellas siento que estoy perdiendo el tiempo. No sé si es un caos o una sacudida transitoria, pero tengo decidido bajarme del carro, parar el tiempo y reorganizarlo todo. Aunque esta predisposición se complica cuando pienso que el tiempo que voy a dedicar a ello es tiempo que perderé...
martes, 2 de abril de 2019
OPTIMISTA
Tengo cogido al estómago un dolor como una bola de pelo. Lo reconozco, no sé estar enfermo. Nadie, supongo. Pero así como otros se medican, se van de médicos, se siguen, se cuidan... Yo lo reconozco, no sé estar enfermo. Me paraliza el ritmo habitual y no me gusta. A nadie, obvio, le gusta estar enfermo. Pero es que acostumbrado a mi vitalidad desbordante, desbordarme me violenta. Me frena. Me para. No necesito descansar porque vengo muy descansado del fin de semana, igual, pienso, si tanta paz ha acabado por sacudirme yo que ando acostumbrado a los estreses varios que nos trajo la vida.
Me trabajo en una libreta a menudo. Me centro y descentro con curiosidades y pensando qué será de mi futuro, como si alguien tuviera respuesta a eso, a esto.
Quizá el dolor el estómago es la respuesta a mi presente. De mi futuro, ya hablaremos cuando llegue... (optimista que es uno).
Me trabajo en una libreta a menudo. Me centro y descentro con curiosidades y pensando qué será de mi futuro, como si alguien tuviera respuesta a eso, a esto.
Quizá el dolor el estómago es la respuesta a mi presente. De mi futuro, ya hablaremos cuando llegue... (optimista que es uno).
martes, 5 de febrero de 2019
SIN HACHES
Aunque sea a escondidas me he prometido dejar caer hojas, como un otoño de mi vida, que es esto que vivimos hoy. No hay tristeza. Si acaso inercia, y una voluntad terrible de construirme sobre aquello que se va deshaciendo.
A veces pienso si esa crisis de los cuarenta, tan manida, me la he echado encima entre los 41 y los 42. Pero no es tristeza, repito. Es asentarse, mirar, estudiar, decidir... De lo que se ha ido yendo más que de lo que nos haya llegado.
Porque llevo unos tiempos de mantener más que de buscar, de retener más que de renovar. Y dicho así, o mejor dicho, escrito que es como yo pienso, me recibo con la intención de seguir fortaleciendo, sin buscar cosas nuevas, lo que podría ser un horror... Y un error.
El viernes me devolví en un avión: una libreta y un boli. Y me hice un paseo por mis adentros que no necesitaron de mayor psicólogo. Muchas cosas de las que escribí las estoy hoy rayando en la cabeza: y me ayudan. Otras, las mantengo a parte más por voluntad de no tener voluntad que por pereza. Y ésta me prometí a devolverla con un patadón para arriba.
Hoy escribo aquí. No lo había hecho en este 2019 que tiene algo de catarsis - de aquellas cosas que uno presiente en su vida. Y hay que prepararse para toda la revolución que yo ya dejé en evolución. Y es suficiente.
La inercia me estancó.
Estancarme me silenció.
Silenciarme me acomodó.
Y acomodarme me ha roto por dentro.
Ya lo digo: sin penas, sin tristezas, sin estridencias... Como no hacía las cosas antes.
Me prometí andar más sobre las palabras que no digo. Y así camino. Ayer un avión, mañana un tren... Y en las pausas, meditación y camino. Seguir haciendo. Porque me encuentro con ganas de construir (me). Que me hago falta. Y lo sé.
Me encontré conmigo y me puse deberes. Así que voy a hacerlos. Que ya toca...
A veces pienso si esa crisis de los cuarenta, tan manida, me la he echado encima entre los 41 y los 42. Pero no es tristeza, repito. Es asentarse, mirar, estudiar, decidir... De lo que se ha ido yendo más que de lo que nos haya llegado.
Porque llevo unos tiempos de mantener más que de buscar, de retener más que de renovar. Y dicho así, o mejor dicho, escrito que es como yo pienso, me recibo con la intención de seguir fortaleciendo, sin buscar cosas nuevas, lo que podría ser un horror... Y un error.
El viernes me devolví en un avión: una libreta y un boli. Y me hice un paseo por mis adentros que no necesitaron de mayor psicólogo. Muchas cosas de las que escribí las estoy hoy rayando en la cabeza: y me ayudan. Otras, las mantengo a parte más por voluntad de no tener voluntad que por pereza. Y ésta me prometí a devolverla con un patadón para arriba.
Hoy escribo aquí. No lo había hecho en este 2019 que tiene algo de catarsis - de aquellas cosas que uno presiente en su vida. Y hay que prepararse para toda la revolución que yo ya dejé en evolución. Y es suficiente.
La inercia me estancó.
Estancarme me silenció.
Silenciarme me acomodó.
Y acomodarme me ha roto por dentro.
Ya lo digo: sin penas, sin tristezas, sin estridencias... Como no hacía las cosas antes.
Me prometí andar más sobre las palabras que no digo. Y así camino. Ayer un avión, mañana un tren... Y en las pausas, meditación y camino. Seguir haciendo. Porque me encuentro con ganas de construir (me). Que me hago falta. Y lo sé.
Me encontré conmigo y me puse deberes. Así que voy a hacerlos. Que ya toca...
miércoles, 10 de octubre de 2018
SOBRE UN PALO
Hace tiempo que venía pensándolo, pero no sé si os pasa alguna vez, mi manera de darme cuenta de las cosas en la vida es cuando las digo, cuando las verbalizo, cuando las escribo... Y hoy me ha vuelto a pasar. Tenía en el estómago como una maraña de pelo, la tengo desde hace tiempo. Y estoy bien. No hay nada malo, ni nada raro. Ni tristezas ni desdichas... Pero es verdad que llevaba tiempos y no sabía qué era. Finalmente, hoy, que ha sido un despertar nervioso, la palabra se ha escrito sola y me ha dado una idea clara: ni los silencios, ni los temores ni las buenas o malas suertes duran para siempre. Le digo a una persona por teléfono y ayer a otra frente a unos hielos todo aquello de que, al final, uno es como es. Y que parece que en este mundo hay que ser más individual, más trepa, más egoísta, más falso... Pero a mí no me enseñaron a ir por la espalda y nunca me han gustado ni la mentira ni el sentir que no engaño a nadie, que voy de frente. Por eso las dudas: porque ves que, a menudo, los que eligieron las malas artes van haciendo camino y te quedas con la sensación de que tú no andas... Lo he sentido mil veces. Y mil una he dicho: "Se acabó". Voy a dejar de ser como soy y así las cosas me irán de otra manera... Pues eso. Que hoy me he dado la respuesta: "Querido Bronchud, ni el silencio, ni el temor ni la suerte... son para siempre". Así que, me he decidido a seguir... A seguir como soy. A subirme sobre un palo y mirar sonriendo el mundo. Y comprobar qué bello es mi camino... Aunque a veces sea oscuro. ¡Pero qué bonito! Y ya llegarán otros días... donde decir y no callar, donde respirar y no temer, donde seguir viviendo con esta fortuna de apoyarme en las pequeñas cosas... Hoy me dí cuenta de todo eso. Y de que soy feliz con mis pequeñas cosas. Y de que todos esos a los que a veces envidio sus malas artes, no tienen ni idea de lo que es subirse a un palo y mirar sonriendo el mundo... Y, muy probablemente, cuando lo hacen, ni siquiera tienen a quien se lo puedan contar, les comprendan y se sientan felices con ellos por ello... Así que hoy: callado, temiendo y con mi suerte, a seguir viviendo...
lunes, 17 de septiembre de 2018
SI HICE O NO HICE
Contaré que pasó el verano y unos días de reposo obligado. Unos días largos de fiebres altas.
Llegué de Madrid anoche. De Auswitchz, Queen, las tapas y el cocido. Con Rosa y Edurne, Susi y Miguel con Vicente. Un buen fin de semana sin arrastrar los pies cansados de llevar el cuerpo. La cabeza también se cansó de lo mismo hace unas semanas. Pero vuelve todo a su sitio, como se calman las aguas tras las tormentas.
Decidí a partir de hoy el sí antes que el no o la duda. Lo prefiero. Quiero ir buscando soluciones cuando lleguen los problemas y dejar de encontrarme estos de frente, como si fuera la única opción. La tapia. Quiero ir descargando las culpas que no tengo y armarme de paciencia y de voluntades. Quiero ir haciendo camino, en esta segunda parte de mi vida que hace un tiempo escribí que venía...
Haré lo que debo de hacer. No pisar: porque uno nunca creció trepando, pero si dejar la disculpa continua y el lamento, la venda antes de la herida y la herida antes que el silencio. Habrá que ir buscando nuevas metas y otros retos, porque me lo pide la vida. Me descargo de mi y de mis pesadeces, me lo pide el cuerpo. Y a veces, hay que escucharlo, como me dijo el doctor, yo que escucho muy bien estas cosas...
Iré diciendo. Iré viendo. Releeré esto algún día y me sorprenderé de ver si hice o no hice. Pero hay que ir remando hacia adelante, con mayor fuerza o menos. Según se pueda. Y según soplen los vientos...
lunes, 23 de julio de 2018
MÁS DE MENOS
Querida mía,
Desde que te fuiste he visto cielos únicos, caer tardes con una exquisitez única, en silencio, con un manto de nubes alrededor de mis pensamientos que fueron volando solos, en callada armonía para mecerse sobre las olas de los mares del Mundo y conquistarlo todo al perderse tras el horizonte. Aprendí a ser mayor, a hacer ruidos cuando me levanto de los sitios, a tener dolencias que nunca tuve y a pensar desde la edad hacia detrás y menos hacia adelante. A echar de menos lo que aún tengo y a temer perder lo que nunca quiero que deje de ser mío. Desde que te marchaste me inunda de vez en cuando la nostalgia, y la lloro con las manos en un teclado para decirte que sí, que de vez en cuando te pienso, te echo de menos, y te vuelvo a pensar... He seguido caminando sin prisa, pero a veces con demasiadas pausas. Y si me siento a mirarme desde una silla, al pasar, ha habido veces que no me he reconocido. Pero me traje hasta aquí. Corriendo rápido como un niño tras un globo, igual, tras tu memoria. Eché de menos descolgar el teléfono y volver a llorar. Sentarme en tu mesa y volver a sonreír... Volver a decirte lo que fuera y que tú me contestaras algo tan sencillo que mis problemas se derrumbaran como un castillo de cartas, una vez más...
He llegado hasta aquí, bien acompañado claro, como siempre, porque tú sabes que desde niño siempre fui voz de otros oídos, mano de otros paseos, amigo antes y después que nada... He llegado hasta aquí con un poso de duda, sin miedo, pero intranquilo ante todo lo que tenga que llegar... si es que aún queda algo por llegar, que será lo mejor como reza la pulsera que me até y se esconde entre las demás, como queriendo incumplirse.
A veces, también te digo, hay mañanas en que todo es oscuro y pienso si no me habré equivocado y si aún estoy a tiempo de acertar... Luego me pierdo, como siempre. ¿Te acuerdas? ¿Cuántas veces puedo colgarme de una nube lejana? ¿Cuántos azules sé mirar en el cielo? ¿Cuántas estrellas me quedan por contar...? Me pierdo entre mis versos de colegial, sin rima ni talento, y así me desconecto de las nubes de tormenta, los cielos oscuros y las estrellas que se fueron apagando...
Te escribo para decirte que estoy bien. En calma. Tranquilo. Y a la vez me remuerden las ganas de no saber qué me apetece ni qué más quiero buscar. Porque tengo la sensación de que hace ya mucho que dejé de querer, como dejaron de ilusionarme las cosas ni me contagió de apetito lo que tuviera que hacer... Las navidades ya no son como las que tuve. Y así, con todo, tengo la sensación, yo que respiro siempre en el exceso, que todo vino rebozado en una rutina que no soporto...
¿Y ahora qué? Ahora te escribo. Me pongo algo de música triste y te escribo. Y te pienso, y me sonrío al pensar cuando estabas y me decías tantas cosas, aunque fuera callada, me dabas tantas respuestas que hoy no sé dónde encontrar... Estoy feliz, sin excesos, tranquilo. Ya te lo dije. En paz conmigo más que con mi cabeza, que no deja de preguntarse y de querer saber. Pero me encuentro bien. Solo necesitaba escribirte... decirte que la vida sigue dándome sus empujones y yo sigo caminando mientras miro en los cristales que mi espalda se curva y el pelo se pinta de blanco. Te escribo para decirte que me hice mayor. Más mayor. Y que te echo de menos. Más de menos...
martes, 26 de junio de 2018
ME SENTÍ LIBRE MIRANDO AL CIELO
He paseado con las piernas cansadas y los brazos caídos, atados a la tierra con un peso que nos condena a agachar la cabeza y, con ella, la mirada. Que nos obliga a caminar, otro día, otro paso y siempre el mismo camino... Y he sentido que daba igual qué cielo cubriera todo porque yo ni tan siquiera tuve tiempo de mirar allá arriba, donde se descuelgan los sueños y se encanan los suspiros... Claro que viví épocas en que mi mirada fue amante del suelo y la fuerza de mis ojos eran solo cansancio y hastío. Pero llegó un momento en mi camino que decidí parar. Miré mis pies y ví los zapatos sucios y pensé: ¿de qué habrá servido tanto caminar perdido? Porque anduve yo tan perdido en mis pasos, en mi caminar caduco, que nunca presentí si había por delante más camino. Miré mis piernas temblar, bajo mi ombligo, cansadas como dos troncos grises condenados al final de mí mismo. Pero no vi fuerza en ellas, ni combate en mis brazos, ni alegrías en mi pecho, ni brillos en mi mirada, ni esperanzas en mis labios... Solo noté que estaba parado, así, sin ganas en mitad del camino.
Y entonces pensé cuántas nubes no me habría perdido, cuántos soles dejaron de cegarme, cuántas brisas no frenaron mi sonrisa y mi mirada alegre. Y fui consciente de todo aquello que, sin haber desaparecido, deje perderse por falta de atención, por ausencia de ánimo o por contagio de alguna tristeza. Me paré en el camino. Firme. Decidido. Dije de levantar la frente y que el cielo fuera mío. Y noté el cuello quebrarse, romperse, hacerse añicos, como si fuera un cristal helado y extremadamente fino.
Pero no sentí dolor. Sentí una liberación absoluta, sabiendo que era un acierto, aquello que antes me pasaba tan desapercibido. Sentí el sudor recorrer el rostro como una hormiga que regresa a casa, el sol dejarme completamente aturdido y una sensación de libertad absoluta al ver como aquel viento de verano hacía de mi rostro las rocas donde batir sus alas. Me sentí libre mirando al cielo. De noche estrellado, de día cargado de estrellas escondidas, de nubes vaporosas, de sueños perdidos como globos, que, desatados, se escapan a conquistarlo todo...
Me sentí abierto a la vida y, ésta me devolvió en besos mis ganas de sentirme vivo. Sentí el cielo como principio igual que el suelo era antes un fin. Y vi que la luz que todo lo riega se convertía en mi compañera de viaje. Me sentí libre...
Y desde entonces sigo en el camino... Camino más despacio, con menos peso, con más silencios, con menos cargas, con más pasión, con menos miedos y muchas más esperanzas. Muchísimas más esperanzas...
Y entonces pensé cuántas nubes no me habría perdido, cuántos soles dejaron de cegarme, cuántas brisas no frenaron mi sonrisa y mi mirada alegre. Y fui consciente de todo aquello que, sin haber desaparecido, deje perderse por falta de atención, por ausencia de ánimo o por contagio de alguna tristeza. Me paré en el camino. Firme. Decidido. Dije de levantar la frente y que el cielo fuera mío. Y noté el cuello quebrarse, romperse, hacerse añicos, como si fuera un cristal helado y extremadamente fino.
Pero no sentí dolor. Sentí una liberación absoluta, sabiendo que era un acierto, aquello que antes me pasaba tan desapercibido. Sentí el sudor recorrer el rostro como una hormiga que regresa a casa, el sol dejarme completamente aturdido y una sensación de libertad absoluta al ver como aquel viento de verano hacía de mi rostro las rocas donde batir sus alas. Me sentí libre mirando al cielo. De noche estrellado, de día cargado de estrellas escondidas, de nubes vaporosas, de sueños perdidos como globos, que, desatados, se escapan a conquistarlo todo...
Me sentí abierto a la vida y, ésta me devolvió en besos mis ganas de sentirme vivo. Sentí el cielo como principio igual que el suelo era antes un fin. Y vi que la luz que todo lo riega se convertía en mi compañera de viaje. Me sentí libre...
Y desde entonces sigo en el camino... Camino más despacio, con menos peso, con más silencios, con menos cargas, con más pasión, con menos miedos y muchas más esperanzas. Muchísimas más esperanzas...
martes, 19 de junio de 2018
CAMINAR SERENO
A lo sumo, he venido viviendo hasta aquí sin grandes pretensiones. A lo resto, he dejado de decir verdades como puños que se clavaron en el estómago, pero que tampoco nos hubieran llevado mucho más lejos, a lo mejor, sí, más descargados, más tranquilos... A base de verdades perdidas se construyen caminos, casi siempre más tortuosos que aquellos que engañan o mienten con descaro, sin vergüenza ni vergüenzas, por el simple aprovechamiento de hacer de su camino un atajo y del atajo su manera de caminar... Pero los que vinimos a ir paseando, y nos quedamos, nos encontramos casi siempre con sendas largas, prolongadas, de pendientes infinitas que, a menudo y por desgracia, nos desmontan y nos desaniman desazonando el corazón. Frente a esos vericuetos de la vida, nuestros pasos suelen hacerse más firmes, aunque zozobren en la velocidad, y hasta en la misma contundencia la huella deja improntas menos fuertes que cuando caminamos con fuerza. Con vehemencia. Con convencimiento...
Yo hace tiempo que paseo más comedido. Que ando, como se dice, sin pausa pero sin prisa porque, aunque no renuncié a nada, admití que para volar hacen falta alas y viento a favor. Y aunque yo no puedo quejarme, porque siempre tuve aunque fuera una disimulada brisa, he entendido con los años que vivir solo es eso, vivir.
Nos han dicho muchas veces y muchos sobrecillos de azúcar que hay que vivir la vida. Pero se equivocaron. Con la vida, lo que hay que hacer, es aprovecharla. Y disfrutarla de pequeños detalles que construyen mil espacios distintos donde se relaja nuestra alma, nuestros pasos se hacen más cómodos y nuestros oídos pierden el miedo al grito y al ruido, a ese constante ruido que siempre hay alguien con algún interés que viene a ensordecernos.
La vida, lo digo, hay que aprovecharla. Rayar en blanco sus colores y disfrutar, con pequeños sorbos, porque el trago grande, cuando no te atraganta, te deja enseguida con sed. Sed de vida, que ya es bastante.
Yo, lo digo, hace tiempo que aprendí a dar los tragos con paciencia y una pizca más de serenidad. Que aprendí a morder despacio y masticar. Que supe, como sabemos todos los que queremos aprender cada día, que el temple y la tolerancia hacen más aguantada la digestión. ¡Y no hablo de resignarse! Que nadie caiga en esa trampa que algunos días nos ponen bajo los pies para que acabemos chafando... Hablo de no mecerse intranquilo entre el desasosiego y la cólera. Digo no a impacientarse entre aprietos y ansiedades. Prometo no temer, ni zozobrar, preocuparse o esconderses entre remordimientos... Cuanto de digo que seas libre, solo lo digo para que el valor gane al miedo y desconfies solo de las sospechas... Así se camina más sereno, se ve más claro...
martes, 12 de junio de 2018
CAMINOS
Vivir es como caminar. Para cambiar el rumbo solo necesitas dar pequeños pasos y tomar algunas cuantas decisiones. Pero lo que de verdad es importante, siempre, es seguir caminando. Ir decidiendo poco a poco, sin prisas. Y cuando te canse el camino, para, descansa y lánzate de nuevo con pasos más decididos. De momento, desde hoy, ya reemprendimos el camino dispuestos a disfrutar del paseo...
BARNIZ
Todos tenemos derecho a apuntarnos un triunfo en la vida. Lo digo porque a menudo, como todos, calculo, me pongo de un pesimista rancio absoluto y me tiro calles abajo rodando con el ánimo clamando al cielo si la suerte de otros nunca me protegerá a mí. Sin embargo, cuando la trascendencia deja espacio a la pausa y a la calma de asimilar las cosas, me pregunto lleno de coraje y de satisfacción, honda satisfacción, qué hecho en falta para lamentar tanto como lamento. Hace poco leí que si encaras la vida con una sonrisa, la vida te devuelve sonrisas. Y yo, que cabalgo entre la edad de entrar en crisis y la de que todo me empiece a dar más o menos igual, me confirmo ante mi espejo que soy yo y rotundo me respondo: sonríe, sonríe porque la vida te tratará igual... Y en ello me encuentro. Sin soltar carcajadas, pero dejando que el rostro tenga menos rigidez y más salud. Sobre todo mental.
Decía que todos tenemos derecho a triunfar en la vida. El problema es que nunca nos enseñaron que ese éxito es el de vivir, el de apreciar lo que tenemos, el de no necesitar nada más que pequeños golpes de suerte para ir resistiendo... Hay que ser activos frente a la pereza, hay que ser conquistadores y no conquistados, hay que ser soñadores y no vivir siempre dormidos... Hay que querer. Y queriendo se lanza uno a triunfar donde sea, empezando por la propia vida de cada uno de nosotros, que, lamentablemente, parece siempre importar menos que la vida de los demás...
Yo he triunfado. Tengo esa sensación. Porque tengo una familia que acoge, unos amigos que recogen, un trabajo que uno escoge y un futuro por delante, que no sé de qué color vendrá pintado, pero que le he comprado yo un barniz para que me brille más...
Nadie me creerá, ni yo mismo, si dijera que en cada uno de nosotros está la elección de que nos vaya bien. ¡Claro que hay quien desde fuera puede truncar nuestros deseos! ¡Desde luego que la vida nos va empujando a veces a bofetadas! Pero otras muchas, sin ser conscientes, nosotros, nos cogemos al carro negro y nos tiramos por el camino abajo...
No digo yo de andar sobre nubes. No quiero volar ni surcar cielos. No hacen falta mares de verdades sin inquietudes ni zozobras. Pero sí, que reconozco y creo, que hay barnices para hacer brillar nuestros días de otras maneras... Y yo me he decicido a pintar algo más cada día...
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No, no quiero escribir. Empiezo líneas y las borro de manera automática, porque me empeño en traer otras palabras a estas hojas perdidas que...




