miércoles, 10 de octubre de 2018

SOBRE UN PALO



Hace tiempo que venía pensándolo, pero no sé si os pasa alguna vez, mi manera de darme cuenta de las cosas en la vida es cuando las digo, cuando las verbalizo, cuando las escribo... Y hoy me ha vuelto a pasar. Tenía en el estómago como una maraña de pelo, la tengo desde hace tiempo. Y estoy bien. No hay nada malo, ni nada raro. Ni tristezas ni desdichas... Pero es verdad que llevaba tiempos y no sabía qué era. Finalmente, hoy, que ha sido un despertar nervioso, la palabra se ha escrito sola y me ha dado una idea clara: ni los silencios, ni los temores ni las buenas o malas suertes duran para siempre. Le digo a una persona por teléfono y ayer a otra frente a unos hielos todo aquello de que, al final, uno es como es. Y que parece que en este mundo hay que ser más individual, más trepa, más egoísta, más falso... Pero a mí no me enseñaron a ir por la espalda y nunca me han gustado ni la mentira ni el sentir que no engaño a nadie, que voy de frente. Por eso las dudas: porque ves que, a menudo, los que eligieron las malas artes van haciendo camino y te quedas con la sensación de que tú no andas... Lo he sentido mil veces. Y mil una he dicho: "Se acabó". Voy a dejar de ser como soy y así las cosas me irán de otra manera... Pues eso. Que hoy me he dado la respuesta: "Querido Bronchud, ni el silencio, ni el temor ni la suerte... son para siempre". Así que, me he decidido a seguir... A seguir como soy. A subirme sobre un palo y mirar sonriendo el mundo. Y comprobar qué bello es mi camino... Aunque a veces sea oscuro. ¡Pero qué bonito! Y ya llegarán otros días... donde decir y no callar, donde respirar y no temer, donde seguir viviendo con esta fortuna de apoyarme en las pequeñas cosas... Hoy me dí cuenta de todo eso. Y de que soy feliz con mis pequeñas cosas. Y de que todos esos a los que a veces envidio sus malas artes, no tienen ni idea de lo que es subirse a un palo y mirar sonriendo el mundo... Y, muy probablemente, cuando lo hacen, ni siquiera tienen a quien se lo puedan contar, les comprendan y se sientan felices con ellos por ello... Así que hoy: callado, temiendo y con mi suerte, a seguir viviendo...

lunes, 17 de septiembre de 2018

SI HICE O NO HICE



Contaré que pasó el verano y unos días de reposo obligado. Unos días largos de fiebres altas.
Llegué de Madrid anoche. De Auswitchz, Queen, las tapas y el cocido. Con Rosa y Edurne, Susi y Miguel con Vicente. Un buen fin de semana sin arrastrar los pies cansados de llevar el cuerpo. La cabeza también se cansó de lo mismo hace unas semanas. Pero vuelve todo a su sitio, como se calman las aguas tras las tormentas.

Decidí a partir de hoy el sí antes que el no o la duda. Lo prefiero. Quiero ir buscando soluciones cuando lleguen los problemas y dejar de encontrarme estos de frente, como si fuera la única opción. La tapia. Quiero ir descargando las culpas que no tengo y armarme de paciencia y de voluntades. Quiero ir haciendo camino, en esta segunda parte de mi vida que hace un tiempo escribí que venía...

Haré lo que debo de hacer. No pisar: porque uno nunca creció trepando, pero si dejar la disculpa continua y el lamento, la venda antes de la herida y la herida antes que el silencio. Habrá que ir buscando nuevas metas y otros retos, porque me lo pide la vida. Me descargo de mi y de mis pesadeces, me lo pide el cuerpo. Y a veces, hay que escucharlo, como me dijo el doctor, yo que escucho muy bien estas cosas...

Iré diciendo. Iré viendo. Releeré esto algún día y me sorprenderé de ver si hice o no hice. Pero hay que ir remando hacia adelante, con mayor fuerza o menos. Según se pueda. Y según soplen los vientos...

lunes, 23 de julio de 2018

MÁS DE MENOS


Querida mía,

Desde que te fuiste he visto cielos únicos, caer tardes con una exquisitez única, en silencio, con un manto de nubes alrededor de mis pensamientos que fueron volando solos, en callada armonía para mecerse sobre las olas de los mares del Mundo y conquistarlo todo al perderse tras el horizonte. Aprendí a ser mayor, a hacer ruidos cuando me levanto de los sitios, a tener dolencias que nunca tuve y a pensar desde la edad hacia detrás y menos hacia adelante. A echar de menos lo que aún tengo y a temer perder lo que nunca quiero que deje de ser mío. Desde que te marchaste me inunda de vez en cuando la nostalgia, y la lloro con las manos en un teclado para decirte que sí, que de vez en cuando te pienso, te echo de menos, y te vuelvo a pensar... He seguido caminando sin prisa, pero a veces con demasiadas pausas. Y si me siento a mirarme desde una silla, al pasar, ha habido veces que no me he reconocido. Pero me traje hasta aquí. Corriendo rápido como un niño tras un globo, igual, tras tu memoria. Eché de menos descolgar el teléfono y volver a llorar. Sentarme en tu mesa y volver a sonreír... Volver a decirte lo que fuera y que tú me contestaras algo tan sencillo que mis problemas se derrumbaran como un castillo de cartas, una vez más...

He llegado hasta aquí, bien acompañado claro, como siempre, porque tú sabes que desde niño siempre fui voz de otros oídos, mano de otros paseos, amigo antes y después que nada... He llegado hasta aquí con un poso de duda, sin miedo, pero intranquilo ante todo lo que tenga que llegar... si es que aún queda algo por llegar, que será lo mejor como reza la pulsera que me até y se esconde entre las demás, como queriendo incumplirse.

A veces, también te digo, hay mañanas en que todo es oscuro y pienso si no me habré equivocado y si aún estoy a tiempo de acertar... Luego me pierdo, como siempre. ¿Te acuerdas? ¿Cuántas veces puedo colgarme de una nube lejana? ¿Cuántos azules sé mirar en el cielo? ¿Cuántas estrellas me quedan por contar...? Me pierdo entre mis versos de colegial, sin rima ni talento, y así me desconecto de las nubes de tormenta, los cielos oscuros y las estrellas que se fueron apagando...

Te escribo para decirte que estoy bien. En calma. Tranquilo. Y a la vez me remuerden las ganas de no saber qué me apetece ni qué más quiero buscar. Porque tengo la sensación de que hace ya mucho que dejé de querer, como dejaron de ilusionarme las cosas ni me contagió de apetito lo que tuviera que hacer... Las navidades ya no son como las que tuve. Y así, con todo, tengo la sensación, yo que respiro siempre en el exceso, que todo vino rebozado en una rutina que no soporto...

¿Y ahora qué? Ahora te escribo. Me pongo algo de música triste y te escribo. Y te pienso, y me sonrío al pensar cuando estabas y me decías tantas cosas, aunque fuera callada, me dabas tantas respuestas que hoy no sé dónde encontrar... Estoy feliz, sin excesos, tranquilo. Ya te lo dije. En paz conmigo más que con mi cabeza, que no deja de preguntarse y de querer saber. Pero me encuentro bien. Solo necesitaba escribirte... decirte que la vida sigue dándome sus empujones y yo sigo caminando mientras miro en los cristales que mi espalda se curva y el pelo se pinta de blanco. Te escribo para decirte que me hice mayor. Más mayor. Y que te echo de menos. Más de menos...

martes, 26 de junio de 2018

ME SENTÍ LIBRE MIRANDO AL CIELO

He paseado con las piernas cansadas y los brazos caídos, atados a la tierra con un peso que nos condena a agachar la cabeza y, con ella, la mirada. Que nos obliga a caminar, otro día, otro paso y siempre el mismo camino... Y he sentido que daba igual qué cielo cubriera todo porque yo ni tan siquiera tuve tiempo de mirar allá arriba, donde se descuelgan los sueños y se encanan los suspiros... Claro que viví épocas en que mi mirada fue amante del suelo y la fuerza de mis ojos eran solo cansancio y hastío. Pero llegó un momento en mi camino que decidí parar. Miré mis pies y ví los zapatos sucios y pensé: ¿de qué habrá servido tanto caminar perdido? Porque anduve yo tan perdido en mis pasos, en mi caminar caduco, que nunca presentí si había por delante más camino. Miré mis piernas temblar, bajo mi ombligo, cansadas como dos troncos grises condenados al final de mí mismo. Pero no vi fuerza en ellas, ni combate en mis brazos, ni alegrías en mi pecho, ni brillos en mi mirada, ni esperanzas en mis labios... Solo noté que estaba parado, así, sin ganas en mitad del camino.

Y entonces pensé cuántas nubes no me habría perdido, cuántos soles dejaron de cegarme, cuántas brisas no frenaron mi sonrisa y mi mirada alegre. Y fui consciente de todo aquello que, sin haber desaparecido, deje perderse por falta de atención, por ausencia de ánimo o por contagio de alguna tristeza. Me paré en el camino. Firme. Decidido. Dije de levantar la frente y que el cielo fuera mío. Y noté el cuello quebrarse, romperse, hacerse añicos, como si fuera un cristal helado y extremadamente fino.

Pero no sentí dolor. Sentí una liberación absoluta, sabiendo que era un acierto, aquello que antes me pasaba tan desapercibido. Sentí el sudor recorrer el rostro como una hormiga que regresa a casa, el sol dejarme completamente aturdido y una sensación de libertad absoluta al ver como aquel viento de verano hacía de mi rostro las rocas donde batir sus alas. Me sentí libre mirando al cielo. De noche estrellado, de día cargado de estrellas escondidas, de nubes vaporosas, de sueños perdidos como globos, que, desatados, se escapan a conquistarlo todo...

Me sentí abierto a la vida y, ésta me devolvió en besos mis ganas de sentirme vivo. Sentí el cielo como principio igual que el suelo era antes un fin. Y vi que la luz que todo lo riega se convertía en mi compañera de viaje. Me sentí libre...

Y desde entonces sigo en el camino... Camino más despacio, con menos peso, con más silencios, con menos cargas, con más pasión, con menos miedos y muchas más esperanzas. Muchísimas más esperanzas...

martes, 19 de junio de 2018

CAMINAR SERENO



A lo sumo, he venido viviendo hasta aquí sin grandes pretensiones. A lo resto, he dejado de decir verdades como puños que se clavaron en el estómago, pero que tampoco nos hubieran llevado mucho más lejos, a lo mejor, sí, más descargados, más tranquilos... A base de verdades perdidas se construyen caminos, casi siempre más tortuosos que aquellos que engañan o mienten con descaro, sin vergüenza ni vergüenzas, por el simple aprovechamiento de hacer de su camino un atajo y del atajo su manera de caminar... Pero los que vinimos a ir paseando, y nos quedamos, nos encontramos casi siempre con sendas largas, prolongadas, de pendientes infinitas que, a menudo y por desgracia, nos desmontan y nos desaniman desazonando el corazón. Frente a esos vericuetos de la vida, nuestros pasos suelen hacerse más firmes, aunque zozobren en la velocidad, y hasta en la misma contundencia la huella deja improntas menos fuertes que cuando caminamos con fuerza. Con vehemencia. Con convencimiento...

Yo hace tiempo que paseo más comedido. Que ando, como se dice, sin pausa pero sin prisa porque, aunque no renuncié a nada, admití que para volar hacen falta alas y viento a favor. Y aunque yo no puedo quejarme, porque siempre tuve aunque fuera una disimulada brisa, he entendido con los años que vivir solo es eso, vivir.

Nos han dicho muchas veces y muchos sobrecillos de azúcar que hay que vivir la vida. Pero se equivocaron. Con la vida, lo que hay que hacer, es aprovecharla. Y disfrutarla de pequeños detalles que construyen mil espacios distintos donde se relaja nuestra alma, nuestros pasos se hacen más cómodos y nuestros oídos pierden el miedo al grito y al ruido, a ese constante ruido que siempre hay alguien con algún interés que viene a ensordecernos.

La vida, lo digo, hay que aprovecharla. Rayar en blanco sus colores y disfrutar, con pequeños sorbos, porque el trago grande, cuando no te atraganta, te deja enseguida con sed. Sed de vida, que ya es bastante.

Yo, lo digo, hace tiempo que aprendí a dar los tragos con paciencia y una pizca más de serenidad. Que aprendí a morder despacio y masticar. Que supe, como sabemos todos los que queremos aprender cada día, que el temple y la tolerancia hacen más aguantada la digestión. ¡Y no hablo de resignarse! Que nadie caiga en esa trampa que algunos días nos ponen bajo los pies para que acabemos chafando... Hablo de no mecerse intranquilo entre el desasosiego y la cólera. Digo no a impacientarse entre aprietos y ansiedades. Prometo no temer, ni zozobrar, preocuparse o esconderses entre remordimientos... Cuanto de digo que seas libre, solo lo digo para que el valor gane al miedo y desconfies solo de las sospechas... Así se camina más sereno, se ve más claro...

martes, 12 de junio de 2018

CAMINOS


Vivir es como caminar. Para cambiar el rumbo solo necesitas dar pequeños pasos y tomar algunas cuantas decisiones. Pero lo que de verdad es importante, siempre, es seguir caminando. Ir decidiendo poco a poco, sin prisas. Y cuando te canse el camino, para, descansa y lánzate de nuevo con pasos más decididos. De momento, desde hoy, ya reemprendimos el camino dispuestos a disfrutar del paseo...

BARNIZ


Todos tenemos derecho a apuntarnos un triunfo en la vida. Lo digo porque a menudo, como todos, calculo, me pongo de un pesimista rancio absoluto y me tiro calles abajo rodando con el ánimo clamando al cielo si la suerte de otros nunca me protegerá a mí. Sin embargo, cuando la trascendencia deja espacio a la pausa y a la calma de asimilar las cosas, me pregunto lleno de coraje y de satisfacción, honda satisfacción, qué hecho en falta para lamentar tanto como lamento. Hace poco leí que si encaras la vida con una sonrisa, la vida te devuelve sonrisas. Y yo, que cabalgo entre la edad de entrar en crisis y la de que todo me empiece a dar más o menos igual, me confirmo ante mi espejo que soy yo y rotundo me respondo: sonríe, sonríe porque la vida te tratará igual... Y en ello me encuentro. Sin soltar carcajadas, pero dejando que el rostro tenga menos rigidez y más salud. Sobre todo mental.

Decía que todos tenemos derecho a triunfar en la vida. El problema es que nunca nos enseñaron que ese éxito es el de vivir, el de apreciar lo que tenemos, el de no necesitar nada más que pequeños golpes de suerte para ir resistiendo... Hay que ser activos frente a la pereza, hay que ser conquistadores y no conquistados, hay que ser soñadores y no vivir siempre dormidos... Hay que querer. Y queriendo se lanza uno a triunfar donde sea, empezando por la propia vida de cada uno de nosotros, que, lamentablemente, parece siempre importar menos que la vida de los demás...

Yo he triunfado. Tengo esa sensación. Porque tengo una familia que acoge, unos amigos que recogen, un trabajo que uno escoge y un futuro por delante, que no sé de qué color vendrá pintado, pero que le he comprado yo un barniz para que me brille más...

Nadie me creerá, ni yo mismo, si dijera que en cada uno de nosotros está la elección de que nos vaya bien. ¡Claro que hay quien desde fuera puede truncar nuestros deseos! ¡Desde luego que la vida nos va empujando a veces a bofetadas! Pero otras muchas, sin ser conscientes, nosotros, nos cogemos al carro negro y nos tiramos por el camino abajo...

No digo yo de andar sobre nubes. No quiero volar ni surcar cielos. No hacen falta mares de verdades sin inquietudes ni zozobras. Pero sí, que reconozco y creo, que hay barnices para hacer brillar nuestros días de otras maneras... Y yo me he decicido a pintar algo más cada día...

martes, 5 de junio de 2018

VINIMOS



A la vida vinimos para ir caminando, con mayor tino o peor desatino por este destino no escrito que es vivir. A la vida vinimos unos días a reír y otros a ir llorando, verdad en mano, a caminar y a hacer camino que dijo Machado, que es un camino lo que se cruza al caminar… A la vida vinimos a triunfar y a perder, tiempos muertos y vivos recuerdos; a conseguir y a dejar de lado y ponernos de frente, a que nos dejaran y a ser dejados… Vinimos a emprender caminos en solitario, a soñar despiertos y a decidir por nosotros mismos y a veces por los demás. A enfadarnos cuando nos prohibieron, a rebelarnos cuando nos señalaron y a gritar cuando nos pidieron silencio. A la vida vinimos a cantar las cuarenta y a bailar pegados, a beber despacio, a viajar lejos, a hablar solos y a decir mentiras, a escuchar, tan solo, solos de vez en cuando… A la vida llegamos para abrir puertas, acabar rendidos, acercar propuestas, aconsejar sin que nos los pidieran, acordar principios, amar y andar, apoyar medidas y aprender leyendo. A la vida vinimos a desarmar a los asesinos de razones y a atacar a quienes pudiendo ayudar se fueron a bailar sin hacer ruido… Vinimos a bajar los ánimos, a decir basta cuando ya era suficiente, a bañarnos en oro y a buscar tesoros, a caer y levantarnos mil veces, a callar delante de los mayores, a calmar al enfermo, a cambiar las cosas y a campar a nuestras anchas aún cuando pasábamos estrecheces… Vinimos a cantar las cuarenta, a cazar para cenar, a centrarnos de vez en cuando y a coger aires nuevos para descentrarnos de nuevo. Soplamos vientos. Y recogimos tempestades. Volvimos para comenzar, una y mil veces, a comparar para comprar, a conducir sin conocer adónde íbamos. A aparcar y a aparcarnos. A conseguir, eso, tan difícil siempre. A perder casi todos los días. A no conseguir, ni consentir ni sentir siquiera... A contar lo que otros no contaron. A continuar lo que otros dejaron, a seguir viviendo, que es correr sin cortarse un pelo. Vinimos para coser y callar, para crear y creer, para cuidar nuestros principios, que nos llevaron al fin. Vinimos para dar y para dañar, para cumplir con el deber y para decidir qué decir sin dejar tiempo para descansar ni noches para no desear. Vinimos para destruir a veces y disculparnos después, para buscar un mundo donde divertirnos, para no volver a sentir que duele, para dormir, que es cuando deja de doler… Vinimos para durar y para elegir, para empezar una vez más y para empujar cuando alguien quiere entrar. Vinimos para encontrar, para enseñar, para entender que se puede entrar y no se tiene porque salir. Vinimos para esconder, yo a días para escribir y cada segundo para escuchar: para esperar, para estar y para estudiar cómo podemos existir. Y por explicar si aún nos puede extrañar todo lo que echamos a faltar. Vinimos para forzar, para ganar, para gritar, para gustar y que nos guste, para hablar, para hacer, para importar... Porque quisimos importar… Vinimos a la vida para tantas cosas que casi olvidamos lo más sencillo: vinimos para vivir. Para ir viviendo.

martes, 29 de mayo de 2018

VOLVÍ A CAMINAR


Hubo unos días lejanos en que aprendimos a caminar, en que de una manera inconsciente nos enseñaron a andar. La vida y nuestra familia, que nos cogían de la mano con el temor de que pudiéramos caer en cualquier momento... Calculo que como todos caería mil veces, pero no lo recuerdo. Y anduve. Aprendí a caminar, a dar pasos, uno tras otro, tan distinto a aquellos animales que nada más nacer se ponen de pie y se lanzan a galopar... Con una libertad absoluta. Anduve por la vida, fui dando pasos pequeños, sin intentar pisar nunca a nadie, y cuando intenté darlos de manera más ágil y rápida, algo, la vida misma, me frenó.

Me enseñaron la vida y la familia a conquistar caminos despacio, a no tener prisa, a ir andando, a caminar sin ser perfecto pero sin crear desperfectos. Y anduve, todo lo que hasta hoy me trajo, lo anduve. A veces solo, a veces con la vida y el viento a mi favor, otros con la familia de sangre y aquella otra que yo busque de manera instintiva, y a veces cuando creía que nadie más me vigilaba, creí batirme contra la vida, de una forma oscura y triste, perdido. Caído en depresión.

Así que, seguí andando solo, siempre bien rodeado, pero con mis manos libres. Dando un paso tras otro, sin que perdiera nunca un pie: ni para una zancadilla ni para un pisotón con que chafar a nadie; si acaso algún involuntario resbalón con el que me estrellé, de bruces y cruces, contra el suelo.

Pero me volví a levantar. Me quité el polvo de ropa y cara y aún temiendo echarme a llorar volví a dar pasos. Volví a caminar. Regresé a las andadas, que son mi manera de recorrer la vida... Claro que regresé, como se vuelve siempre, decía el tango, al primer amor. Y al último despecho.

Quise en mi camino deshacerme de la bilis que se asió al estómago como de las pesadas piedras que otros cargaron en mi mochila, a lomos de mi peregrinar. Y seguí andando, cuando el viento más fuerte soplaba en contra y cuando la brisa le recordaba a mi cara que estábamos vivos...

Caminar nunca es fácil. Caerse y levantarse una vez más, se antoja cada vez más difícil. Porque de joven se tiene un instinto de rebeldía y de mayor, ser rebelde es sobrevivir.

Caminé. Claro que caminé. Gracias a los que dedicaron su tiempo en cogerme de la mano. Y a la vida misma, que me enseñó a limpiar las heridas y volver a caminar. A la vida, que me enseñó a seguir andando hasta cuando el viento sopla fuerte en contra. A la vida, que me dio la oportunidad, de alzarme libre y echarme a galopar...

Entre pesos y pasos, entre silencios y palabras...

martes, 22 de mayo de 2018

HAZ


 
Ayer cogí la vida y me puse a caminar. Ayer, al salir de mis días, me encontré en un cruce de caminos, como un sol y montaña, sin señales, para elegir. Para elegir si llevaba mis pasos al metro, al cansancio de la calle, a la estación, a los trenes tristes y a las paradas silenciosas o si, sin medir kilómetros hasta casa, dejaba que la inercia me empujara a pasear por la columna vertebral de esta ciudad dormida. Y elegí en plena ebullición de mi inconsciencia finita el caminar…

Bajé a las orillas secas que se llenan de vida. Me paré a contemplar un árbol deliciosamente iluminado por el atardecer brindándome sus ramas, como brazos abiertos, cargados de unas flores de morado intenso. Y un camino, sin fin, infinito, lleno de polvo con que ensuciar mis zapatos.

Me puse los cascos para escuchar música, una manera de no escuchar todo lo que de verdad había en el camino. Y me puse andar. Anduve, primero, persona y singular. Anduve, pretérito e indicativo. Imperfecto, como soy. Y como me siento.

Sentí flaquear las piernas, que no las fuerzas, porque tengo unas agujetas perennes cogidas al alma. Y se resienten de vez en cuando. Pero hasta de ese fingido cansancio me olvidé mientras miraba el suelo, o el cielo, o las nubes pasar… Luego volvía a mi realidad. Y a mi realidad inventada, que es la más dura y cruel de todas. Como me hice mayor, decidí teñir de nostalgia y de pereza mis sueños de cuando ando despierto. Antes todo eran colores mágicos y vuelos incesantes. Y ahora, como desnortado, cuando pienso, pienso en no pensar…

Seguí caminando por un ejercicio de responsabilidad: si yo elegí emprender el camino, yo debía acatar lo decidido. Y como fueron sucediéndose pasos y kilómetros, así fui sucediendo pensamientos reales, reales inventados, reales deseados, deseos irreales y ausencias de mí.

Hubo un momento que paré el camino, que me miré desde dentro a los ojos, fijamente, y con la contundencia absoluta de mi voz callada me dije: haz lo que quieras, sueña lo que apetezca, decide por ti… pero hazlo. Hazlo. Haz.

Porque tengo una sensación de arrastre por inercia absoluto, de dejarme de hacer sin parar nunca de hacer y de querer saber algo más de lo que hoy tengo, como si no fuera suficiente todo lo que sé y lo que me pertenece.

Probablemente nos han engañado a empujones para que seamos felices constantemente, pero nos han robado lo más basico: el ser, que seamos. Imperfectos, indicativos, singulares… como ayer, que yo decidí, y por eso anduve...

martes, 15 de mayo de 2018

CENTRADO Y CONCENTRADO

Dejen todo. Paren. Frenen. Miren alrededor y cierren los ojos. Céntrense en el final de estas palabras que podrían ser el principio de todo. Y no tengan prisa por volver a empezar. Concéntrense en ustedes y en su paz, su calma, su serenidad absoluta, que andará escondida por algún recoveco del alma.
Ayer me descubrí así, de repente, desconectado, centrado y concentrado en la paz sincera que no arrastra dudas. Ayer me quedé, tendido sobre la cama, buscando calmas entre suspiros. Y de repente, cuando no lo creía posible, me dije: desconecta. Para. Frena. Deja ese estar en guardia continuo. ¿Y saben qué? Me encontré en mitad de la nada. Silencio y tranquilidad totales, nada que me atacara, nada de lo que defenderme... O defenderte, porque demasiado a menudo mis defensas responden a disparos de otros que no quisieron darme. Pero en la vida, al final, somos como somos. Y yo soy así. Así como ayer, cuando desaparecieron temores y miedos, cuando se esfumó la sensación del jaque y la jaqueca. Así como ayer tarde, cuando ni siquiera me concentré en los sonidos que venían de la calle. Me descubrí quieto. Infantilmente feliz. Alegre y reposado. Centrado y concentrado en esa ausencia de ruidos que todo lo pertuban y que, de verdad, no sentía desde hace mucho.
Por eso hoy, que es martes y el ruido volvió a la calle, que pasean por el caminar de la vida las desesperaciones y los complejos, los miedos y los ataques, los nervios y las tristezas, te digo que te dejes todo. Que pares. Que frenes. Que mires alrededor y cierres los ojos. Y encuentres entre la serenidad tus pasos, entre el silencio el eco de las palabras que no te dices, entre los temores de hoy las soluciones de mañana y que dejes unos segundos colgados esta vida y te centres en la que podría ser. En la que es. Volveré a la calma. Ahora que os digo estas palabras pienso si otra vez me arrastró la inercia, los pensamientos, las cavilaciones... Ahora que recito esta retahila de buenos deseos me encuentro con que yo mismo abandoné la senda. Y a ella regreso, con ustedes. Contigo. Conmigo, más que nunca... en estas tardes en que me fui de mí mismo para ser yo. Una vez más. Como siempre.

DIARIO DE UNA CATARSIS. Capítulo 14.

DIARIO DE UNA CATARSIS. Capítulo 14. "Bendita locura" En la limpieza de fotos, anoche, volvió a aparecer el bueno de Paulin...