viernes, 31 de julio de 2015

HOY FUE UN PUNTO


Hay días que son puntos de inflexión. Hoy, Isabel Bonig me ha nombrado vicesecretario de Comunicación del partido en la Comunitat Valenciana. A trabajar. Preparo la maleto contra un reloj que no se aclara en un día raro. Raro. Y de madrugada volaré... como otras tantas veces.

miércoles, 29 de julio de 2015

CALOR DE 35

Tengo un calor exarcebado, cierto dolor de estómago. Diría que de angustia. He comido langostinos y clóchinas; pensar en ello me acerca arcadas. En el tejado de mi casa los gatos duermen a 35 grados. Pienso en los viajes de futuro y no me apetecen nada. El calor me arranca todo. Hasta las ganas... de ganar. Ni las de perder, ya quiero.

martes, 28 de julio de 2015

DE MI MUNDO



De mi mundo escapo en sueños - que elevo como globos al cielo-. De mi mundo me arranco con esperanzas e ilusiones cada vez que el alma se hace de noche. O cuando los vientos dejan de soplar o lo hacen con su inercia, que no es la mía. A veces me sobrevuelo y me descubro desde lejos y me siento feliz. Contento. Aunque sea con una sensación ligera y abstracta, pero me compruebo caminando con fuerza y emoción. Sobre todo emoción.

Cuando escapo de mí a veces es por huir de ti. O de tu recuerdo. Cuando me voy de mi mundo a encontrar otros lejanos, lo hago con la esperanza de regresar siempre, y encontrarme esperándome sentado en una silla o tumbado sobre una cama que sabe a otoño. Como esas lluvias que despiertan el olor de la tierra húmeda. Como esas tormentas que cierran los veranos...

Viajo cada vez que puedo. Abro las alas de este cuerpo cada segundo más viejo y, sin perder la fuerza de ayer, me bato por buscar a través del cielo otros horizontes. Que no se marchiten. Me gusta descubrir. Y sueño. Porque así soy dueño de mis escapadas, de estas huidas que tengo cada día. Y cada una de esas noches en que Morfeo vence nuestras batallas, que la Luna convierte en guerra.

De mi mundo escapo cuando la paz es cruel, cuando el grito silencia al silencio. Cuando no me tengo. Cuando no me apetece encontrarme conmigo. De mi mundo, salto en marcha, cuando las vías de mi tren están cruzadas: y busco otras estaciones sin parada. De mi mundo salgo a buscar princesas y dragones sin reinos ni morada. A buscar un caballo para galopar como el príncipe que nunca seré. A toparme con las palabras que nunca me llegan, a robar las miradas que nunca tuve.

De mi mundo escapo cuando quiero volar lejos. Y dejo abajo la tierra, y al norte las nubes. Y vuelo... con mis alas y mis sueños.

lunes, 27 de julio de 2015

HISTORIA DE AMOR DE FERNANDA Y JOÃO


Fernanda tenía más años que una silla vieja el día en que dejó de amar.

Se recordaba de niña, al borde de la Alfama, adivinando hasta cuanto de lejos alcanzaría el mar incesante; prendida del cielo, agarrada a la oxidada baranda de su balcón. Fernanda contaba más días soleados que jornadas sin pensar en João. A él le vio por vez primera, siendo niños, bajando las escaleras de Santa Luzia. Y ella, una niña de piel oscura y de ojos vivos, se prendó del muchacho. Su piel era más blanca, sus pestañas alcanzaban dimensiones desconocidas. Sus ojos verdes eran infinitos. El segundo en que la miraron en el viejo mirador fue suficiente para recordar siempre su brillo.

Fernanda despertaba cada mañana recordando la luz de la mirada de João, que ni el paso del tiempo apagó. Se acercaba al balcón y al abrir sus puertas, sus brazos temblorosos se estremecían pensando cuánto tiempo le quedaba al muchacho para pasar por debajo de su balcón, dirección a la Rua das Flores. Día tras día. De vez en cuando, el muchacho le miraba y bajaba enseguida sus ojos al suelo, para seguir con las manos dentro de los bolsillos, calle abajo.

A las sombras de San Jorge, la vida le fue pasando entre calles que lloran por fados y saben a bacalao. Pero Fernanda acudía cada día a su cita, cada mañana. Y siempre con los mismos nervios. Cuando el muchacho cruzaba la calle, ella creía morir. El tiempo se detenía de una manera adolescente, y entonces, ni el mar sonaba ni las gaviotas volaban. Solo la calle y el caminante...

Y cuando desaparecía, Fernanda empezaba a contar los desvelos y tiempos hasta que el muchacho volviera a aparecer. A los años, João se hizo a la mar. Y entonces, las mañanas se perdían entre meses que los pesqueros faenaban en alta mar o en países lejanos donde ella le imaginaba. Aún así, cada mañana, Fernanda, recogía su pelo en un moño alto, rasgaba con un chirrido el balcón y dejaba que el Tejo le inundara el alma pensando en ver de nuevo al hombre. ¡Qué frías eran las mañanas nubladas de ausencia!

Cuando meses después aparecía, con las manos en los bolsillos, João, sin sonrisa y silbando, calle abajo, siempre solo, algo inundaba a Fernanda por dentro de nuevo. Él agachaba la cabeza, mirando al suelo con los pasos de siempre. Ella, que le miraba desde lejos, rompía el silencio al cerrar el balcón. Y a esperar que la noche fuera más corta para que volviera a nacer el día siguiente... Soñando que llegaría el momento que  aquellos ojos verdes de Santa Luzia volverían a cruzarse con los de ella.

Se prometió dejar de sufrir aquel amor que le asfixiaba entre silencios. Y dijo que no volvería a abrir el balcón, ni a recordar los ojos verdes, ni a pensar en aquel nombre que le sabía dulce... Y cada día se empeñaba en cumplir su palabra. Dejó de abrir el balcón, pero se acercaba a la ventana. Intentaba no pensar en la mirada de Santa Luzia, pero al cerrar sus ojos le aparecían siempre los de él,... Quiso borrar su nombre porque nunca fue capaz de levantar la mirada del suelo y buscarla a ella, en su balcón, como tantas veces lo había deseado Fernanda...

Una mañana João no bajó por la calle y ella comenzó a llorar. No era una mañana como otra cualquiera. Su corazón no dejaba al niño de los ojos verdes lanzando redes al otro lado del océano. Su alma se llenó de sal. Y al imaginar su mirada verde, entre lágrimas, cobraban mayor brillo los ojos del que un día fue un muchacho . Cerró las puertas. Las ventanas. Siguió llorando y sentada sobre una silla de madera, tejida con cuerdas secas, decidió que nunca más pensaría en él. El dolor la mataba.

Pasaron horas hasta que dejó de ver sus ojos mirándola. Y dejó de llorar cuando ya no tenía con que hacerlo. Abrió las puertas del balcón. Y la humedad del Tejo lo invadió todo... hasta la oscuridad de la casa.

Era el 14 de octubre de 1994. Era el día en que Fernanda dejó de amar.

domingo, 26 de julio de 2015

LA ÚNICA TORMENTA DE ARENA DE MI VIDA



Nunca, nada de lo que intentamos explicar, es fácil, pero aún más complicado todo aquellos que solo vivimos una vez: así fue como nos enfrentamos a la única tormenta de arena de mi vida.

Atravesamos el Khardung La desde Leh, cruzando antes el valle del Shyok y el río que lleva el mismo nombre. La distancia de lo vivido borra, de una manera brutal y violenta, los recuerdos. Es inevitable. Pero algunos, también, sí, perduran en el paso inagotable del tiempo. El puesto del control militar, por ejemplo, lo recuerdo con aquellos hombres armados como la sensación real, palpable, de la lejanía absoluta que tenía de mi casa y de mi cama. A las puertas del Khardung La -  el paso de montaña que crece a casi 5400 metros sobre el nivel del mar -, creíamos que la odisea era el pase militar que nos permitía alcanzar las dunas - aquellas que se esconden entre montañas de picos nevados -. Pero sin embargo, la imagen de aquel coche pendiente de una ladera de caída infinita, con las ruedas afuera, a punto de despeñarse por un desfiladero imposible, encuentran mayor luz entre tanta nieve y niebla.

No llevábamos gran ropa de abrigo. Así que, ante el déspota frío, optamos por acurrucarnos dentro del coche en nuestros sacos de dormir, siendo más útil que incómodo, pero cubriéndonos al fin. Y al cabo. Ahora recuerdo que fueron tres dias en el Valle de Nubra, viviendo una de las experiencias más hermosas de mi vida... Y así, la naturaleza se empeñó en regalarnos cada milímetro de experiencia durante setenta y dos horas únicas. Bueno, la verdad es que todas las horas son únicas en la vida; aunque nos empeñemos en no darnos por enterados.

En cualquier caso, emprendimos marcha a Nubra cruzando el puerto de montaña más alto del mundo y lo alcanzamos, como escribí hace años, "rozando el cielo y las nubes, empujados por la niebla y acompanyados por la nieve...". Escribía sin eñes porque en la India, como otras tantas cosas, esta letra no existe.

Por momentos, la falta de oxígeno le daba un mayor halo de misticidad a la travesía y las consecuencias del mal de altura se cebaban sin discrección. Puede que algún día os cuente la noche en que lo sufrí con mayor crudeza y que recuerdo como la peor de mi vida. Sin embargo, al llegar al valle, la odisea de alcanzarlo - unas seis horas para poco menos de doscientos kilómetros - se diluyó ante la magna belleza de un paraíso perdido y encontrado. Aquello era inexplicable. Un edén.

Nunca, absolutamente nunca, sabré explicar esa belleza. Y mucho menos la de sus noches, cuando las estrellas fugaces cruzan volátiles sobre el Himalaya mirando a la derecha la frontera con el Tibet y a la izquierda, Paquistán. Alla, al frente, Estambul... que diría el poeta.  Antes de que el sol cayera por completo, mientras convertía cada pared de piedra en un celestial mosaico de colores, el viento comenzó a soplar. Y sentimos primero un grano de arena, al rato otro, y unos cuantos más que les siguieron... Fue bajando el sol con la misma velocidad que se pusieron en marcha las nubes, esponjosas y con formas bien parecidas. Y tal y como fue oscureciendo, la vehemencia del viento fue mayor, hasta que empezaron a desprenderse millones de granos de arena de sus dunas disparándose contra nosotros como auténticos proyectiles. Pasó de cero a una intensidad total en lo que se dice un abrir y cerrar de ojos. Pero no los abrimos. Era imposible.

Igual de inenarrable que fue aquella imagen, lo fue la sensación de la arena clavándose contra la espalda y las piernas desnudas cuando, por temor a cualquier daño, nos dimos la vuelta ante la tormenta. En la lejanía se adivinaba la arena volando hacia el fondo del desfiladero, como si quisiera toda la arena escapar del valle por aquellas montañas que nos habían servido de entrada. Y lo hacía cada vez más fuerte. El sol acabó por despedirse y llegó la calma. Fue inmediato. Una y otra cosa. La oscuridad y el cese de la tormenta. Abrí los ojos. Me encontré con mis pies enterrados en una arena que vino de lejos y frente a una montaña inmensa que me multiplicaba por siete mil. La arena calló. Y en su silencio, se vino nuevamente sobre las dunas. El cielo se pobló de estrellas. Y allí, en el techo del mundo, todo se hizo mudo. Dejamos caer nuestros cuerpos sobre aquella arena, ahora mansa. Y mirando al cielo, empezamos a pensar...


jueves, 23 de julio de 2015

MAR DE ESTRELLAS


Le había prometido mil veces el cielo y mil una no se lo había alcanzado. Le había envuelto entre oropeles que a ella le confundían, que le hacían creer. La vida se le fue gastando entre los abandonos y las mentiras. Pero ella nunca le engañó. Él le hablaba de amor y ella echaba en falta una caricia. Él le señalaba las estrellas, pero ella, entre lágrimas no veía nada que no fuera un mar negro sobre sus cabezas. Él siempre le hablaba delante de la gente con un cariño envidiable. Ella sola, callaba.

Y las noches se hacían largas con los ojos abiertos mirando al techo o contando segundos a través del cristal mientras él dormía. "El día menos pensado me voy tan lejos que nunca me encontrarás" pensaba ella, soñando con pisar calles, con encontrar destinos... Con volar lejos. Mil veces le había prometido el cielo y ni una sola lo había cruzado.

Por eso, el día en que puso rumbo a su nueva vida, el nudo del estómago de Alicia no era un vértigo especial por el avión que jamás había visto. Las entrañas la exprimieron por dentro y se sació de un sabor a libertad que le invadió el cuerpo entero. Miró por las ventanas del avión y vio un mar de algodones. Miró hacia abajo y el mar tan solo le parecía un cielo al final del verano. Cerró los ojos y lloró. De felicidad. Cuando la lluvia reventaba el paraguas que compró en una estación de metro frente al Coliseo, Alicia miró aquellas piedras que se mantenían firmes bajo el agua. Así, como su corazón, también de piedra... Sintió que respiraba con mayor intensidad. Entonces, confundió las gotas de lluvia con las lágrimas que furtivas se escapaban, ahora que era de noche. Notó sus mejillas calientes, como otras veces, pero sin que esta vez el llanto le escociera en la piel.

Alicia se sintió feliz. Viva... Comprobó al mirar el suelo que la punta de sus botas empezaban a hundirse bajo el agua que crecía. Y ella, quieta, frente a las piedras y la lluvia. Cuando comenzó a caminar, el agua se rompió ante sus pies, surcando como un barco en medio del mar... Escuchó el sonido tibio de los neumáticos rascar el asfalto en contra dirección, vio abierto el escaparate de una cafetería, dos personas correr sin paraguas por la acera de enfrente... Y juraría que cuando miró al cielo - en tormenta - adivinaba a través de las nubes negras un mar infinito de estrella a cada cual más brillante que las otras...

miércoles, 22 de julio de 2015

OTRA VEZ


Ha llovido. Se ha roto el cielo y el día. Porque veníamos arrastrando un calor, que no sé si la tierra ardiendo ha acabado de mejorar. En cualquier caso, ha sido un alivio. Aunque solo sea para la vista, y para el corazón que también tiene sus razones, aunque las atendamos tan poco. Me manejo en días siniestros con personajes vacíos, huecos. Algo de lluvia nos vino genial. Comí en casa, con mis padres recién bajados de Sarrión y Edurne con mi hermana. Hice siesta, casi perdí el conocimiento, con la peque en la cama de mis padres y en metro me fui a trabajar. El camino de la estación a la tele fue un infierno que obligaba a sobrevivir. Grabé en nada y salí de nuevo a la calle cuando ya el cielo era gris: No sé si arriesgar, dije... Y arriesgué. No llegué a mojarme porque los truenos sacudieron cuando acababa de entrar en casa. Fue bonito. Casi de película. Pensé de soslayo en las goteras, algo imposible hace unos años y me eché a pasar la tarde sin mucha afición... Merendé unas clóchinas con coca cola y una tostada de salmón. Instintivamente subí a la báscula y me bajé por reacción. El calor es ya de verano, otra vez. Y las lluvias yo, las recordaba en Sarrión por agosto... Nos vamos haciendo mayores y nos cambian hasta los cielos.

martes, 21 de julio de 2015

LA NORIA


Los días en que el viento soplaba fuerte de tierra a mar daba la sensación de que la noria rodaba por la inercia del aire. Si la mirabas fijamente podías llegar a imaginar como se arrancaba del suelo y se lanzaba a alcanzar el mar - que seguía batiendo frente a ella con un coraje bravo -. Incluso podías imaginarla surcando agua adentro, sin llegar a volcar nunca. Escondido bajo los cascos de música orquestaba la danza de las gaviotas al son de mi música. ¡Y hubo un momento mágico! Cuando escuchaba "Hey, Jude" parecía que batían las alas con mayor energía, e incluso que una sonrisa rasgaba sus picos... "Hey Jude, don't be afraid... You were made to go out and get her... The minute you let her under your skin, then you begin to make it better...". 

Un mensaje me alertó poco antes de lo que yo inconscientemente andaba haciendo: "Intentas positivarlo todo", me dijo. Me gustó. No lo había pensado, pero era una manera fantástica de agarrar lo que pasaba y tirarlo adelante, antes de lanzarlo por la borda. ¡Positivarlo! Convertirlo en algo bueno... Para mí. O para los demás... Volví a cerrar los ojos y los abrí enseguida. La noria seguía. Y frente a mí una pareja buscaba brisa para saciaer el calor de la tarde. Él tumbado hacia el cielo. Ella, apoyada sobre él, mirando al mar. Él con los ojos cerrados, puede que durmiendo. Ella con los ojos abiertos. Soñando. Leyendo, una y otra vez una carta de aquellas escritas a mano que desde hace tiempo nadie se envía. Pensé que se trataba de una carta de amor. Ella me miró, se retiró una lágrima de la mirada y volvió al papel. La noria seguía dando vueltas, allá lejos, majestuosa, sin inmutarse. El aire giró y levantó la arena. Las nubes empezaron a deshacerse y dejaron que el sol nos clavara con mayor fiereza contra la arena. Pero la noria no. La noria seguía impasible... dando vueltas, como si nada pasara allá abajo. Intentando arrancarse del suelo para echar a navegar sobre las olas bravas del mar que la contemplaba...

LAS TIERRAS POR CONQUISTAR


LAS TIERRAS POR CONQUISTAR

Hacía tiempo con Fernando y Alejandro. Jugábamos, viendo unas fotos en google. Y una foto nos llevó al blog, y el blog al pasado. Y una foto. India. Siempre vuelve la India. "Siempre la India" dijo Alejandro. 2008. Me raspó el estómago, que es la manera que tengo yo para decir que algo me mueve las entrañas. Me sacudió por dentro. Bien zarandeado. Y en nada estaba mostrando las fotos de Leh, frente a las noches del Himalaya. Y contando estrellas bajo el cielo de Nubra. Buscando otra foto, no sé por qué, volé a Bali: la tempestad lo arrasaba todo. La mía, emocional, también. Y recaí en Sri Lanka, donde empecé el año hace tan poco que me parece mucho. "Soy feliz", pensé mirándome allí. Viéndome de nuevo entre palmeras y atardeceres. Así me dejé un recado en la puerta de la conciencia. "Y, ¿qué sientes cuándo piensas que has estado allí?" me preguntó Fernando. Me rebotó la pregunta como un eco que no paraba, porque no sabía responder a algo tan sencillo, quizá porque era mucho más complejo de lo que me creía. "Mira, aquí estaba pescando" les dije. Y volví a pensar lo feliz que me hacen los paraísos lejanos... Las tierras por conquistar. Sin entender por qué eché en falta cada vez que no he vuelto a revisar las fotos y cada palabra que no releí de mis hojas perdidas... Yo, que he estado tan cerca del cielo, que contaba estrellas con la mano, que sentí miedo,... Y esta sensación - que trae la calima - de errar y olvidos... Me prometí repasar cada foto, cada instante. Despertar el sonido del Índico arrasando la arena del litoral cingalés. Volver a sentir la magia de un cielo envenado de estrellas... De no olvidar, que ya sería bastante. Por eso, cuando escribo, cuando imagino, cuando recuerdo, cada vez que me pierdo por las tierras lejanas que algún día conquisté, me siento vivo. Y hoy me apenó no haber respirado así desde hace demasiado tiempo, aunque me alegró la casualidad de encontrar unas fotos que me devolvieron a la vida...

domingo, 19 de julio de 2015

LA CAMISETA DE CUBA

Tengo un rubor extraordinario para ciertas cosas de la vida, para la mayoría. Y sé que no lo parece. Ayer, después de un vino en el Mercado de Colón, saliendo, me encontré a una buena amiga - está de más que diga que yo quiero muchísimo a todos mis amigos, ya lo sabéis -. A ella, además, le admiro. Ella escribe y me dijo que me lanzara a escribir. Que ella me lee, que a ella le gusta. No se imagina la vergüenza que sentí entonces: porque ella que escribe, me lee y me animó a que escribiera algo... No he parado de darle vueltas desde que la dejé allí sentada y me fui a cenar.

Esta mañana, haciendo limpieza, he certificado que cada cajón que abro en casa es un sobre de recuerdos. Anoche le decía a David y Carol que tengo la sensación de haber vivido ya tres vidas y que tengo una vitalidad para siete más... Y uno de esos recuerdos ha aparecido en forma de camiseta... He decidido escribir sobre mi camiseta de Cuba.

LA CAMISETA DE CUBA

Me devora la idea de no recordar el año en que fui a Cuba y juego a arriesgarme, buscando cosas que pasaban por entonces. El primer viaje fuera de España fue la nochevieja de 1997 a París, en el 98 estuvimos por Lisboa, así que calculo que La Habana y Varadero serían en el 99. No había ni redes sociales ni fotos digitales. El album lo guardo en casa de mis padres y calculo que escribir a alguien del viaje para preguntar el año después de tantos meses sin sabernos nada los unos de los otros sería estúpido. Digamos que fue 1999, el siglo pasado.

Cuba sabía a paraíso y lejanía. Comprobado, fue en 1999: inexplicablemente abro una libreta perdida en mi leonera y en la primera hoja que ojeo aparecen algunas notas. 1999, La Habana. Lo dicho, Cuba apareció por sorpresa cuando llamé a Paz para felicitarle la navidad. Me anunció que preparaban viaje de fin de carrera y como otras tantas veces en la vida, me lancé con un grupo de gente desconocida a hacer amigos para toda la vida. No os contaré el viaje, que dio de sí. Dije que escribiría sobre la camiseta, esa camiseta que hoy se apareció cuarteada en el cajón perdido. La compré porque ponía Cuba y con la bandera porque era lo suficientemente exótica como para ponérmela en España. Me gustan las camisetas de sitios, pero tienen que ser estéticas (algunas las hacen a mala leche, yo creo).

En el Mercado de la Catedral se sudaban las resacas de ron bajo una humedad que sabía a mojito. Los niños se arremolinaban en torno a aquellos turistas afortunados venidos de la madre patria. Éramos los gallegos. En Habana me sorprendió un cubano que adivinaba la procedencia de las mujeres según sus piernas. También una trova que nos cantó el pasodoble Valencia en el Club 21, frente al Capri, entre el titánico Hotel Nacional y la calle N. Y muchas más cosas que no vienen al caso, porque no son el recuerdo de la camiseta...

No sé cuantos pesos pagué por ella, probablemente fueran dólares americanos casi de escondido. El Mercado de la Catedral era una hervidero a cualquier hora del día. Artistas de primera con sus lienzos que se vendían de camuflado, que se saltaban la frontera pagando algún dólar de más; videntes tiracartas que fumaban, gordas y sentadas, puros habanos. Niños de sonrisas inmaculadas que morían por un boli, que te ganaban el corazón dibujándote junto a ellos y preguntando tu nombre para escribirlos en el papel... Compré esculturas de madera de un pulido magistral y regateé lo que nunca había peleado hasta para otras que me pedían el socorro...

La Habana ondeó frente a mí como esa bandera de la camiseta. La plegué en una bolsa de plástico y la guardé en la mochila con que sacaba de los hoteles el papel higiénico para dárselo a madres que querían auxilio. La clara se quedó allí, la entrañable transparencia, de una isla que vive entre coches americanos de los 50 que se dan a la fuga. Que destila ron con sabor a miel. Que se baila en noches que llegan al día siguiente...

Nosotros también despedimos al comandante en trovas de madrugada, llevados por la humedad de un Malecón que no muere nunca. Eran los años en que decidíamos qué hacer con nuestros futuros, no sé si hoy alcanzados. Y frente a los soldados militares, armados hasta los dientes, caminábamos de noche y remojábamos los pies en el Amanecer...

Hoy, al encontrar mi vieja camiseta, me vinieron todos estos recuerdos a la cabeza. Y me lancé a escribir...

jueves, 16 de julio de 2015

PUTA REALIDAD


Dicen que muere ya esta maldita ola de calor que nos atosiga desde que estuvimos en Madrid. Pero dicen tantas cosas que al final no sabes ni cuál creerte.

Alberto y Laura en India. Cruce de whatsapps al mediodía, sin ir a la comida de jurado de fallas que cae cada año por estas fechas. Y en un momento dado, le escribo a Alberto: "En India aprendes a que la felicidad está cuando no tienes otra cosa". "Bonita reflexión", me dice Llorens. "Puta realidad" pienso yo.

Y sigo. Con mi calor a cuestas... la tarde entera. PUTA

DIARIO DE UNA CATARSIS. Capítulo 14.

DIARIO DE UNA CATARSIS. Capítulo 14. "Bendita locura" En la limpieza de fotos, anoche, volvió a aparecer el bueno de Paulin...