martes, 19 de junio de 2018
CAMINAR SERENO
A lo sumo, he venido viviendo hasta aquí sin grandes pretensiones. A lo resto, he dejado de decir verdades como puños que se clavaron en el estómago, pero que tampoco nos hubieran llevado mucho más lejos, a lo mejor, sí, más descargados, más tranquilos... A base de verdades perdidas se construyen caminos, casi siempre más tortuosos que aquellos que engañan o mienten con descaro, sin vergüenza ni vergüenzas, por el simple aprovechamiento de hacer de su camino un atajo y del atajo su manera de caminar... Pero los que vinimos a ir paseando, y nos quedamos, nos encontramos casi siempre con sendas largas, prolongadas, de pendientes infinitas que, a menudo y por desgracia, nos desmontan y nos desaniman desazonando el corazón. Frente a esos vericuetos de la vida, nuestros pasos suelen hacerse más firmes, aunque zozobren en la velocidad, y hasta en la misma contundencia la huella deja improntas menos fuertes que cuando caminamos con fuerza. Con vehemencia. Con convencimiento...
Yo hace tiempo que paseo más comedido. Que ando, como se dice, sin pausa pero sin prisa porque, aunque no renuncié a nada, admití que para volar hacen falta alas y viento a favor. Y aunque yo no puedo quejarme, porque siempre tuve aunque fuera una disimulada brisa, he entendido con los años que vivir solo es eso, vivir.
Nos han dicho muchas veces y muchos sobrecillos de azúcar que hay que vivir la vida. Pero se equivocaron. Con la vida, lo que hay que hacer, es aprovecharla. Y disfrutarla de pequeños detalles que construyen mil espacios distintos donde se relaja nuestra alma, nuestros pasos se hacen más cómodos y nuestros oídos pierden el miedo al grito y al ruido, a ese constante ruido que siempre hay alguien con algún interés que viene a ensordecernos.
La vida, lo digo, hay que aprovecharla. Rayar en blanco sus colores y disfrutar, con pequeños sorbos, porque el trago grande, cuando no te atraganta, te deja enseguida con sed. Sed de vida, que ya es bastante.
Yo, lo digo, hace tiempo que aprendí a dar los tragos con paciencia y una pizca más de serenidad. Que aprendí a morder despacio y masticar. Que supe, como sabemos todos los que queremos aprender cada día, que el temple y la tolerancia hacen más aguantada la digestión. ¡Y no hablo de resignarse! Que nadie caiga en esa trampa que algunos días nos ponen bajo los pies para que acabemos chafando... Hablo de no mecerse intranquilo entre el desasosiego y la cólera. Digo no a impacientarse entre aprietos y ansiedades. Prometo no temer, ni zozobrar, preocuparse o esconderses entre remordimientos... Cuanto de digo que seas libre, solo lo digo para que el valor gane al miedo y desconfies solo de las sospechas... Así se camina más sereno, se ve más claro...
martes, 12 de junio de 2018
CAMINOS
Vivir es como caminar. Para cambiar el rumbo solo necesitas dar pequeños pasos y tomar algunas cuantas decisiones. Pero lo que de verdad es importante, siempre, es seguir caminando. Ir decidiendo poco a poco, sin prisas. Y cuando te canse el camino, para, descansa y lánzate de nuevo con pasos más decididos. De momento, desde hoy, ya reemprendimos el camino dispuestos a disfrutar del paseo...
BARNIZ
Todos tenemos derecho a apuntarnos un triunfo en la vida. Lo digo porque a menudo, como todos, calculo, me pongo de un pesimista rancio absoluto y me tiro calles abajo rodando con el ánimo clamando al cielo si la suerte de otros nunca me protegerá a mí. Sin embargo, cuando la trascendencia deja espacio a la pausa y a la calma de asimilar las cosas, me pregunto lleno de coraje y de satisfacción, honda satisfacción, qué hecho en falta para lamentar tanto como lamento. Hace poco leí que si encaras la vida con una sonrisa, la vida te devuelve sonrisas. Y yo, que cabalgo entre la edad de entrar en crisis y la de que todo me empiece a dar más o menos igual, me confirmo ante mi espejo que soy yo y rotundo me respondo: sonríe, sonríe porque la vida te tratará igual... Y en ello me encuentro. Sin soltar carcajadas, pero dejando que el rostro tenga menos rigidez y más salud. Sobre todo mental.
Decía que todos tenemos derecho a triunfar en la vida. El problema es que nunca nos enseñaron que ese éxito es el de vivir, el de apreciar lo que tenemos, el de no necesitar nada más que pequeños golpes de suerte para ir resistiendo... Hay que ser activos frente a la pereza, hay que ser conquistadores y no conquistados, hay que ser soñadores y no vivir siempre dormidos... Hay que querer. Y queriendo se lanza uno a triunfar donde sea, empezando por la propia vida de cada uno de nosotros, que, lamentablemente, parece siempre importar menos que la vida de los demás...
Yo he triunfado. Tengo esa sensación. Porque tengo una familia que acoge, unos amigos que recogen, un trabajo que uno escoge y un futuro por delante, que no sé de qué color vendrá pintado, pero que le he comprado yo un barniz para que me brille más...
Nadie me creerá, ni yo mismo, si dijera que en cada uno de nosotros está la elección de que nos vaya bien. ¡Claro que hay quien desde fuera puede truncar nuestros deseos! ¡Desde luego que la vida nos va empujando a veces a bofetadas! Pero otras muchas, sin ser conscientes, nosotros, nos cogemos al carro negro y nos tiramos por el camino abajo...
No digo yo de andar sobre nubes. No quiero volar ni surcar cielos. No hacen falta mares de verdades sin inquietudes ni zozobras. Pero sí, que reconozco y creo, que hay barnices para hacer brillar nuestros días de otras maneras... Y yo me he decicido a pintar algo más cada día...
martes, 5 de junio de 2018
VINIMOS
A la vida vinimos para ir caminando, con mayor tino o peor desatino por este destino no escrito que es vivir. A la vida vinimos unos días a reír y otros a ir llorando, verdad en mano, a caminar y a hacer camino que dijo Machado, que es un camino lo que se cruza al caminar… A la vida vinimos a triunfar y a perder, tiempos muertos y vivos recuerdos; a conseguir y a dejar de lado y ponernos de frente, a que nos dejaran y a ser dejados… Vinimos a emprender caminos en solitario, a soñar despiertos y a decidir por nosotros mismos y a veces por los demás. A enfadarnos cuando nos prohibieron, a rebelarnos cuando nos señalaron y a gritar cuando nos pidieron silencio. A la vida vinimos a cantar las cuarenta y a bailar pegados, a beber despacio, a viajar lejos, a hablar solos y a decir mentiras, a escuchar, tan solo, solos de vez en cuando… A la vida llegamos para abrir puertas, acabar rendidos, acercar propuestas, aconsejar sin que nos los pidieran, acordar principios, amar y andar, apoyar medidas y aprender leyendo. A la vida vinimos a desarmar a los asesinos de razones y a atacar a quienes pudiendo ayudar se fueron a bailar sin hacer ruido… Vinimos a bajar los ánimos, a decir basta cuando ya era suficiente, a bañarnos en oro y a buscar tesoros, a caer y levantarnos mil veces, a callar delante de los mayores, a calmar al enfermo, a cambiar las cosas y a campar a nuestras anchas aún cuando pasábamos estrecheces… Vinimos a cantar las cuarenta, a cazar para cenar, a centrarnos de vez en cuando y a coger aires nuevos para descentrarnos de nuevo. Soplamos vientos. Y recogimos tempestades. Volvimos para comenzar, una y mil veces, a comparar para comprar, a conducir sin conocer adónde íbamos. A aparcar y a aparcarnos. A conseguir, eso, tan difícil siempre. A perder casi todos los días. A no conseguir, ni consentir ni sentir siquiera... A contar lo que otros no contaron. A continuar lo que otros dejaron, a seguir viviendo, que es correr sin cortarse un pelo. Vinimos para coser y callar, para crear y creer, para cuidar nuestros principios, que nos llevaron al fin. Vinimos para dar y para dañar, para cumplir con el deber y para decidir qué decir sin dejar tiempo para descansar ni noches para no desear. Vinimos para destruir a veces y disculparnos después, para buscar un mundo donde divertirnos, para no volver a sentir que duele, para dormir, que es cuando deja de doler… Vinimos para durar y para elegir, para empezar una vez más y para empujar cuando alguien quiere entrar. Vinimos para encontrar, para enseñar, para entender que se puede entrar y no se tiene porque salir. Vinimos para esconder, yo a días para escribir y cada segundo para escuchar: para esperar, para estar y para estudiar cómo podemos existir. Y por explicar si aún nos puede extrañar todo lo que echamos a faltar. Vinimos para forzar, para ganar, para gritar, para gustar y que nos guste, para hablar, para hacer, para importar... Porque quisimos importar… Vinimos a la vida para tantas cosas que casi olvidamos lo más sencillo: vinimos para vivir. Para ir viviendo.
martes, 29 de mayo de 2018
VOLVÍ A CAMINAR
Hubo unos días lejanos en que aprendimos a caminar, en que de una manera inconsciente nos enseñaron a andar. La vida y nuestra familia, que nos cogían de la mano con el temor de que pudiéramos caer en cualquier momento... Calculo que como todos caería mil veces, pero no lo recuerdo. Y anduve. Aprendí a caminar, a dar pasos, uno tras otro, tan distinto a aquellos animales que nada más nacer se ponen de pie y se lanzan a galopar... Con una libertad absoluta. Anduve por la vida, fui dando pasos pequeños, sin intentar pisar nunca a nadie, y cuando intenté darlos de manera más ágil y rápida, algo, la vida misma, me frenó.
Me enseñaron la vida y la familia a conquistar caminos despacio, a no tener prisa, a ir andando, a caminar sin ser perfecto pero sin crear desperfectos. Y anduve, todo lo que hasta hoy me trajo, lo anduve. A veces solo, a veces con la vida y el viento a mi favor, otros con la familia de sangre y aquella otra que yo busque de manera instintiva, y a veces cuando creía que nadie más me vigilaba, creí batirme contra la vida, de una forma oscura y triste, perdido. Caído en depresión.
Así que, seguí andando solo, siempre bien rodeado, pero con mis manos libres. Dando un paso tras otro, sin que perdiera nunca un pie: ni para una zancadilla ni para un pisotón con que chafar a nadie; si acaso algún involuntario resbalón con el que me estrellé, de bruces y cruces, contra el suelo.
Pero me volví a levantar. Me quité el polvo de ropa y cara y aún temiendo echarme a llorar volví a dar pasos. Volví a caminar. Regresé a las andadas, que son mi manera de recorrer la vida... Claro que regresé, como se vuelve siempre, decía el tango, al primer amor. Y al último despecho.
Quise en mi camino deshacerme de la bilis que se asió al estómago como de las pesadas piedras que otros cargaron en mi mochila, a lomos de mi peregrinar. Y seguí andando, cuando el viento más fuerte soplaba en contra y cuando la brisa le recordaba a mi cara que estábamos vivos...
Caminar nunca es fácil. Caerse y levantarse una vez más, se antoja cada vez más difícil. Porque de joven se tiene un instinto de rebeldía y de mayor, ser rebelde es sobrevivir.
Caminé. Claro que caminé. Gracias a los que dedicaron su tiempo en cogerme de la mano. Y a la vida misma, que me enseñó a limpiar las heridas y volver a caminar. A la vida, que me enseñó a seguir andando hasta cuando el viento sopla fuerte en contra. A la vida, que me dio la oportunidad, de alzarme libre y echarme a galopar...
Entre pesos y pasos, entre silencios y palabras...
martes, 22 de mayo de 2018
HAZ
Ayer cogí la vida y
me puse a caminar. Ayer, al salir de mis días, me encontré en un
cruce de caminos, como un sol y montaña, sin señales, para elegir.
Para elegir si llevaba mis pasos al metro, al cansancio de la calle,
a la estación, a los trenes tristes y a las paradas silenciosas o
si, sin medir kilómetros hasta casa, dejaba que la inercia me
empujara a pasear por la columna vertebral de esta ciudad dormida. Y
elegí en plena ebullición de mi inconsciencia finita el caminar…
Bajé a las orillas
secas que se llenan de vida. Me paré a contemplar un árbol
deliciosamente iluminado por el atardecer brindándome sus ramas,
como brazos abiertos, cargados de unas flores de morado intenso. Y un
camino, sin fin, infinito, lleno de polvo con que ensuciar mis
zapatos.
Me puse los cascos
para escuchar música, una manera de no escuchar todo lo que de
verdad había en el camino. Y me puse andar. Anduve, primero, persona
y singular. Anduve, pretérito e indicativo. Imperfecto, como soy. Y
como me siento.
Sentí flaquear las
piernas, que no las fuerzas, porque tengo unas agujetas perennes
cogidas al alma. Y se resienten de vez en cuando. Pero hasta de ese
fingido cansancio me olvidé mientras miraba el suelo, o el cielo, o
las nubes pasar… Luego volvía a mi realidad. Y a mi realidad
inventada, que es la más dura y cruel de todas. Como me hice mayor,
decidí teñir de nostalgia y de pereza mis sueños de cuando ando
despierto. Antes todo eran colores mágicos y vuelos incesantes. Y
ahora, como desnortado, cuando pienso, pienso en no pensar…
Seguí caminando por
un ejercicio de responsabilidad: si yo elegí emprender el camino, yo
debía acatar lo decidido. Y como fueron sucediéndose pasos y
kilómetros, así fui sucediendo pensamientos reales, reales
inventados, reales deseados, deseos irreales y ausencias de mí.
Hubo un momento que
paré el camino, que me miré desde dentro a los ojos, fijamente, y
con la contundencia absoluta de mi voz callada me dije: haz lo que
quieras, sueña lo que apetezca, decide por ti… pero hazlo. Hazlo.
Haz.
Porque tengo una
sensación de arrastre por inercia absoluto, de dejarme de hacer sin
parar nunca de hacer y de querer saber algo más de lo que hoy tengo,
como si no fuera suficiente todo lo que sé y lo que me pertenece.
Probablemente nos
han engañado a empujones para que seamos felices constantemente,
pero nos han robado lo más basico: el ser, que seamos. Imperfectos,
indicativos, singulares… como ayer, que yo decidí, y por eso
anduve...
martes, 15 de mayo de 2018
CENTRADO Y CONCENTRADO
Dejen todo. Paren. Frenen. Miren alrededor y cierren los ojos. Céntrense en el final de estas palabras que podrían ser el principio de todo. Y no tengan prisa por volver a empezar. Concéntrense en ustedes y en su paz, su calma, su serenidad absoluta, que andará escondida por algún recoveco del alma.
Ayer me descubrí así, de repente, desconectado, centrado y concentrado en la paz sincera que no arrastra dudas. Ayer me quedé, tendido sobre la cama, buscando calmas entre suspiros. Y de repente, cuando no lo creía posible, me dije: desconecta. Para. Frena. Deja ese estar en guardia continuo. ¿Y saben qué? Me encontré en mitad de la nada. Silencio y tranquilidad totales, nada que me atacara, nada de lo que defenderme... O defenderte, porque demasiado a menudo mis defensas responden a disparos de otros que no quisieron darme. Pero en la vida, al final, somos como somos. Y yo soy así. Así como ayer, cuando desaparecieron temores y miedos, cuando se esfumó la sensación del jaque y la jaqueca. Así como ayer tarde, cuando ni siquiera me concentré en los sonidos que venían de la calle. Me descubrí quieto. Infantilmente feliz. Alegre y reposado. Centrado y concentrado en esa ausencia de ruidos que todo lo pertuban y que, de verdad, no sentía desde hace mucho.
Por eso hoy, que es martes y el ruido volvió a la calle, que pasean por el caminar de la vida las desesperaciones y los complejos, los miedos y los ataques, los nervios y las tristezas, te digo que te dejes todo. Que pares. Que frenes. Que mires alrededor y cierres los ojos. Y encuentres entre la serenidad tus pasos, entre el silencio el eco de las palabras que no te dices, entre los temores de hoy las soluciones de mañana y que dejes unos segundos colgados esta vida y te centres en la que podría ser. En la que es. Volveré a la calma. Ahora que os digo estas palabras pienso si otra vez me arrastró la inercia, los pensamientos, las cavilaciones... Ahora que recito esta retahila de buenos deseos me encuentro con que yo mismo abandoné la senda. Y a ella regreso, con ustedes. Contigo. Conmigo, más que nunca... en estas tardes en que me fui de mí mismo para ser yo. Una vez más. Como siempre.
Ayer me descubrí así, de repente, desconectado, centrado y concentrado en la paz sincera que no arrastra dudas. Ayer me quedé, tendido sobre la cama, buscando calmas entre suspiros. Y de repente, cuando no lo creía posible, me dije: desconecta. Para. Frena. Deja ese estar en guardia continuo. ¿Y saben qué? Me encontré en mitad de la nada. Silencio y tranquilidad totales, nada que me atacara, nada de lo que defenderme... O defenderte, porque demasiado a menudo mis defensas responden a disparos de otros que no quisieron darme. Pero en la vida, al final, somos como somos. Y yo soy así. Así como ayer, cuando desaparecieron temores y miedos, cuando se esfumó la sensación del jaque y la jaqueca. Así como ayer tarde, cuando ni siquiera me concentré en los sonidos que venían de la calle. Me descubrí quieto. Infantilmente feliz. Alegre y reposado. Centrado y concentrado en esa ausencia de ruidos que todo lo pertuban y que, de verdad, no sentía desde hace mucho.
Por eso hoy, que es martes y el ruido volvió a la calle, que pasean por el caminar de la vida las desesperaciones y los complejos, los miedos y los ataques, los nervios y las tristezas, te digo que te dejes todo. Que pares. Que frenes. Que mires alrededor y cierres los ojos. Y encuentres entre la serenidad tus pasos, entre el silencio el eco de las palabras que no te dices, entre los temores de hoy las soluciones de mañana y que dejes unos segundos colgados esta vida y te centres en la que podría ser. En la que es. Volveré a la calma. Ahora que os digo estas palabras pienso si otra vez me arrastró la inercia, los pensamientos, las cavilaciones... Ahora que recito esta retahila de buenos deseos me encuentro con que yo mismo abandoné la senda. Y a ella regreso, con ustedes. Contigo. Conmigo, más que nunca... en estas tardes en que me fui de mí mismo para ser yo. Una vez más. Como siempre.
miércoles, 9 de mayo de 2018
LOS CEMENTERIOS DE LONDRES
Descubro una canción en el spotify mientras trabajo: "Cemeteries of London". Presiento que descubro el título, que la canción no me es nueva. No traduzco el título. Es básico. Casi tanto como las ganas de volver que me entran entonces. Londres me persigue. Mi Nueva York europeo, mi Berlín inglés... Mi paraíso perdido (mi otro paraíso perdido). La ciudad que más veces he visitado, sin saber cuántas, con tanta gente, en tantas ocasiones y con tantos recuerdos tan distintos... Pero Londres siempre regresa, como cualquier cosa que pudiera servir para comparar ahora en una metáfora. Me da igual las golondrinas de Bécquer o el boomerang que nunca lancé. Londres siempre vuelve y me sacude.
Me imagino colgando la vida entera de un hilo y paseando una vez más las calles del Covent como un vecino más. Me imagino abandonado en una librería que regentar, recogiendo mesas de un bar o escribiendo mientras llueve una tarde y otra sin mayor pasión que la lluvia al otro lado del cristal. Cada tarde, todas las tardes. Y otra más... Me sacude la idea de parar el mundo y echar a volar, sin miedo de que mis alas se derritan frente al sol, como tantas veces soñé. Y me golpea sabiendo que, antes o después, mi edad me abofeteará con la realidad de lo que pudo ser y nunca me atreví a hacer. Pero luego aterrizo de nuevo en esta realidad de la casa comprada, de la vida hipotecada, de las idas y de las vueltas, del trabajo absorvente y adictivo a partes tan seductoramente iguales... Luego vuelve la realidad en la que me quedé porque es la que siempre quise. Lo otro, son los sueños. Y esto que vivo: el destino.
Londres aparece otra vez seductor. Como todo, como tantas veces. Como siempre. Imagino mi vida allí tan lejos del ruido que todo me parece un placer absoluto. Y al tiempo, cuando me descubro con las manos sobre el teclado, escribiendo ágil, pienso en silencio: "¿Lo dejarías todo y volarías de verdad?". Sonrío y me respondo.
martes, 8 de mayo de 2018
LEJOS DE LA CORDURA
Vivimos unos días en lo que poco importa lo que se quiera decir, lo que se quiera explicar. Las razones de algo. Vivimos impuestos a golpe de tuit para decir, sí, pero no para explicar, no para encontrar lógica, no para hallar aclaración a nada. Lo que importa es disparar. Decir. Importa la bala y no la muerte o la causa del disparo. Importa el dardo y no la diana o la mano. Importa el ruido y no el juicio.
La cordura hace tiempo que se fue a pasear, sola, cansada de tanto ataque y de tanta burla. Dejó su hueco libre para todas aquellas voces que se mueven como pulsos, sirviéndose del ataque y de la fuerza de aquel que más tiene contra aquel que se siente más débil. O que lo presentimos de menor capacidad.
Y desde entonces, el juicio, la cordura o la prudencia caminan solitarias sin nadie que les haga caso ni nadie que las recuerde. Yo creo que caminan felices en su soledad absoluta, descansadas por lo menos. Porque después de tantos años de civilización dramática, cualquiera se harta de poder dar luz a la oscuridad que siempre otros promovieron. Así, como en una isla desierta donde siempre nos preguntaron qué llevar, la cordura se fue sola, sin maleta ni billete de vuelta. Solo una ida que nos dejo idos a los demás.
Hoy no se es nadie si no disparas. No se alcanza nada si para brillar no matas. Si para triunfar no chafas. Si para crecer, no sometes. Ese mundo de ruidos absurdos es vil, triste y real. Y el silencio, en frente, desde lejos piensa si irse a caminar con la cordura, la solitaria cordura. Hace tiempo que manejo mis tiempos. Hace días que me empeño en callar, en rescatar mi parte cuerda con esos callados silencios que dicen tanto.
Hace unos meses ya que renegué de la bala y del disparo. Y sigo viviendo, y paseando, como la cordura, con una extraña sensación de soledad que, también, no lo niego, me mantienen pausado y en calma. Alejado y distante, por vocación personal. No me iré con la cordura, porque hace tiempo que ella renunció a mí. Y la última vez que le escribí, me respondió sin palabras y en absoluto silencio: aquí estoy, sola, felizmente sola. Y entendí que me quería lejos.
Y me fui. A caminar yo solo, por mis caminos y con mis andanzas. Y con mis silencios. Porque el silencio sí que me ha dejado acompañarle, dice que le da miedo la soledad. Y caminamos los dos, callados, pero sin temer nada… ni a nadie. Lejos de la cordura.
Y desde entonces, el juicio, la cordura o la prudencia caminan solitarias sin nadie que les haga caso ni nadie que las recuerde. Yo creo que caminan felices en su soledad absoluta, descansadas por lo menos. Porque después de tantos años de civilización dramática, cualquiera se harta de poder dar luz a la oscuridad que siempre otros promovieron. Así, como en una isla desierta donde siempre nos preguntaron qué llevar, la cordura se fue sola, sin maleta ni billete de vuelta. Solo una ida que nos dejo idos a los demás.
Hoy no se es nadie si no disparas. No se alcanza nada si para brillar no matas. Si para triunfar no chafas. Si para crecer, no sometes. Ese mundo de ruidos absurdos es vil, triste y real. Y el silencio, en frente, desde lejos piensa si irse a caminar con la cordura, la solitaria cordura. Hace tiempo que manejo mis tiempos. Hace días que me empeño en callar, en rescatar mi parte cuerda con esos callados silencios que dicen tanto.
Hace unos meses ya que renegué de la bala y del disparo. Y sigo viviendo, y paseando, como la cordura, con una extraña sensación de soledad que, también, no lo niego, me mantienen pausado y en calma. Alejado y distante, por vocación personal. No me iré con la cordura, porque hace tiempo que ella renunció a mí. Y la última vez que le escribí, me respondió sin palabras y en absoluto silencio: aquí estoy, sola, felizmente sola. Y entendí que me quería lejos.
Y me fui. A caminar yo solo, por mis caminos y con mis andanzas. Y con mis silencios. Porque el silencio sí que me ha dejado acompañarle, dice que le da miedo la soledad. Y caminamos los dos, callados, pero sin temer nada… ni a nadie. Lejos de la cordura.
martes, 24 de abril de 2018
CAÍMOS EN LA BATALLA
En las guerras siempre hay alguien más osado y alguien más poderoso que nos mete. Que nos obliga, que nos empuja. En toda batalla hay siempre un aprendiz de capitán que nos dice dónde colocarnos y cómo disparar. En cada lucha existe inevitablemente una voz más fuerte, que no más autorizada, para decidir por nosotros. Y yo me cansé. No me cansé de batallar, de dar la guerra, de luchar,... de eso, los que tenemos la conciencia tranquila y el alma serena no nos cansamos nunca. Me cansé de que siempre hubiera un aprendiz que intentara decidir por mí desde donde vivir la guerra. Mis batallas se escriben siempre porque están hechas a base de palabras. Mis guerras, las que yo elijo, se siguen unas a otras con letras que se cogen de las manos. Porque solo encuentro arma en la palabra y solo disparo, casi siempre en defensa propia, con diálogo y acuerdo. ¿Tanto les cuesta a ustedes? ¿Tan incapaces son de hablar? ¿Tan imposibles de llegar a acuerdos? Ustedes, los señores de la guerra, no nos sirven a nadie porque tan solo se sirven a ustedes mismos. Me cansé de trincheras, soy hombre de paz. Me cansé de que decidieran por mí, yo que callo más que hablo y hablo más que respiro, de que nadie decidiera por mí qué debo de pensar. Me cansé, de estas y de otras muchas cosas que, como mal mayor, sigo sufriendo en silencio. ¡No esperen más armas! Palabras y silencios, disparados espero con tino y acierto, para alcanzar la paz. Alguien me dijo una vez que cuando no tengas nada que decir es mejor estar callado. Yo, callo teniendo mucho de lo que hablar, pero porque a base de hacerme mayor y, para no caer constantemente en el ridículo, he decicido coserme la boca de vez en cuando y ser más feliz en la calma y en la cama.
Pese a ello, seguirán los ruidos. Las bombas y los bombardeos, porque siempre hay a quien le interesa la confusión y el descrédito. Caímos hace tiempo en esta sociedad nuestra en esos sinsabores y no hay más que pequeños poetas y perdidos amigos que se empeñen en cambiar el mundo. La calle está a otra cosa. O mejor dicho a otro caos, que es la palabra que nace de cambiarle el orden a la cosa.
Se acabó. Conmigo al menos. Lo decidí yo. Me hice objetor de convivencia para negarme a discutir contra quien no quiera. Me hice insumiso por convicción contra sus guerras estériles, contra sus batallas perdidas, contra sus luchas personales... No soy yo su soldado raso. No soy yo su vara de mando. No soy yo sus lanzas afiladas ni sus balas perdidas. Yo soy yo, con mis palabras y mis silencios, que se mecen tan tranquilas. Y con tanta paz...
martes, 17 de abril de 2018
NO RENUNCIO A NADA
¿Te has sentido alguna vez como una corteza de árbol flotando en un estanque de aguas quietas? ¿Te has creído alguna vez una galleta en un tazón de leche? ¿Has pensado que te mantenías, brillante y silencioso, como una pompa de jabón en mitad del aire? ¿Has sentido el agua en el mar batirse contra tu nuca y tus orejas mientras el cuerpo, muerto, se dormía sobre la sal? ¡Todo eso es flotar! Mantenerse. Estático y sin aspavientos. Quieto. Tranquilo, frente al universo entero.
En este mundo de ruidos exagerados que nos condena al grito continuado, mantenerse ya es mucho. En silencio, más. Y yo es algo que con la edad estoy apreciando a hacer. Silencio frente a los gritos. Callado frente a los despropósitos. Quieto ante los ataques. Calmado frente a las mentiras. Pacífico y sosegado ante los envites de la vida... de la vida misma.
Nos han empujado a creer que hay que estar en desbordada perdida de energía siempre, de manera continuada. Que hay que estar reaccionando siempre frente a la acción de otros. Que hay que devolver la pelota, como si fuera una lucha entre dos raquetas. Que no hay que parar... Y creo, de verdad, que parte del engaño que nos regalaron con la vida, es esa batalla constante de no cesar.
Paremos. Porque no. Pero no como renuncia a nada, sino como invitación a la paz, a la tranquilidad y al sosiego. Desarmemos sin armas, o sin mayor arma que la paz. En estos tiempos de guerras constantes, en los que todo el mundo tiene la razón de todo y la culpa de nada, yo cierro los ojos, respiro profundo y dejo brazos y piernas dormidos para flotar... Para flotar como el corcho en el agua, como la galleta en la taza, como la pompa de jabón... Y sueño, que vuelo, a donde el viento quiera llevarme. No porque yo no tenga voluntad, que la tenga toda. No renuncié a nada. Simplemente, me elegí a mí. Y empezaré, así, a conquistar otros cielos, otros mares... Otras sales del Mundo. Al fin y al cabo, nos dijeron que había que hacer ruido. Pero quienes nos lo dijeron, podían estar equivocados...
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