[Ejercicio literario de una tarde de primavera. Hoy]
En mitad de la habitación había una mesa. Detrás dos cortinas, blancas, raídas. Un ventanal sucio a través del cual se adivinaba la calle y el tráfico. Dos libros sobre una mesita y un sofá, con una sábana que lo cubría. Había una lámpara apagada. Y una caja de cerillas. En el centro de la mesa, un vaso de agua. Medio lleno. Bien, o medio vacío. El vaso se notaba sucio al trasluz y ni siquiera sabía cuánto tiempo estaba allí. La casa, sin dudarlo, estaba abandonada, cerrada, desde hace años. Unos cuantos años. Y sin embargo, aquel vaso medio lleno, dejaba claro a todas luces que alguien había estado hace poco tiempo allí mismo, pese a que el polvo lo cubría todo y no se adivinaba ninguna huella.
Escuché un ruido. Giré pronto mi cabeza y encontré sobre la estantería del fondo un ratón oscuro que se movía inquieto. Calculo que mi presencia le gustó menos que a mí la suya. Busqué algo para apartarlo de donde estaba. Un palo, un periódico... Pero no encontré nada. De repente, pensé qué estaba haciendo. Si allí al fondo, el ratón no me molestaba, porque iba a moverlo, a inquietarlo, a sacudirlo de su propio miedo. Y me giré de nuevo. Volví al vaso, medio lleno. Sobre la mesa. ¿Quién habría estado allí antes que yo?
El ratón continuó su vaivén subiendo y bajando por los estantes. Tan solo se paraba cuando lo miraba fijamente, como si él intuyese que crecía el peligro cuando se movía y quedarse quieto fuera una salvación. Igual yo, frente a la mesa, frente al vaso, pensé que moverme me llevaría al peligro. Y sin embargo, al quedarme quieto me estaba salvando.
Salí de la habitación pensando en aquel vaso. Y de paso, en el ratón. En un ratón que se quedaba, de nuevo, al frente de la casa.
miércoles, 4 de abril de 2018
martes, 3 de abril de 2018
ACTITUDES
Calculo que al final la vida es una cuestión de actitudes... ¿Pero cómo se cambian éstas cuando creemos que no responden a nuestra voluntad...? Imagino que como muchos, me prometo mil veces cambiar mil cosas... Pero, al final, hay una naturaleza dura y fuerte, que me acompaña desde siempre, que se niega a que yo haga aquello que tan a menudo me digo que debería hacer... Eliminar esto o a aquellos, tener más energía para lo otro, apostar por no sé qué, elegir bien una vez más... ¿Se pueden cambiar las cosas? ¿Se pueden eliminar las que nos hacen daño? ¿Se puede dejar de suspirar por las que nos acompañan en la vida sin remedio como meros sueños o deseos imposibles...? Debe de poderse, supongo. Será una cuestión de actitud. Pero, ¿cuándo, de verdad, nos lanzaremos a cambiar aquellas cosas que siguen frenándonos de manera inconsciente cada día? Y, sobre todo, ¿seremos capaces?
AHORA TOCA VOLVER
Ahora que se pasaron la Pascua, la Semana Santa, los fines de semanas y el adiós al fuego, ahora que ya andamos casi todos purificados de alma y, sobre todo, de pies cansados y horas de sueño, llegó el momento de volver a empezar. Las fallas son poco más que el nuevo año fallero igual que tienen los chinos sus años animalados o tenían los aztecas su propio calendario. De igual manera, con el fuego, se va y resurge todo de nuevo. No hace falta caer en el topicazo del ave Fénix y su capacidad de reemprender los vuelos, de acariciar de nuevo el cielo, de emprender todo una vez más. No hace falta, es cierto. Porque es una realidad que solo quienes vivimos con intensidad esta fiesta comprendemos.
El cansancio se quema entre las llamas, que dejan una sensación de orfandad absolutas, de desasosiego increíble. Cuando todo arde, se queda uno con la sensación de no sentir, de no saber qué hacer con todas aquellas horas muertas que antes tenía tan ocupadas... Y eso que para muchos tan solo es una fiesta. Pero como es cierto que muchos hicimos de ellas un modo de vida, las fallas se aman y odian, te unen y enfadan, te dan vida y te la quitan como si fuera un amor adolescente que nunca se apaga...
Ahora toca volver. Después del fuego. A tomar decisiones y llevarlas a la práctica. A listar todos los buenos propósitos que queremos para el año nuevo: como la dieta antes de verano o apuntarnos a un gimnasio, pero en modo fallero. Ahora toca decidir, si seguimos embarcados en esta locura que nos regala sangre y nos desangra a partes iguales y que nos hace, unos días tocar el cielo, y otros, descender a los infiernos...
Ahora toca regresar... Volver a crear, que es creer de nuevo. Sujetar de nuevo esta fe ciega en algo que aún no existe y que irá viniendo. Se abrieron las horas de todo lo nuevo, que es un poco más de lo que ya conocemos mezclado con algo de vida... Con toda la vida. Y caminar otra vez. Los unos con lo suyo, los otros, con aquello... Ir haciendo. Ir construyendo...
Esta fiesta que nació para que todo desaparezca solo sabe construir, porque al final, quienes con ella pretenden otras cosas caen en las mismas llamas donde los falleros quemamos todo lo malo y engendramos todo lo bueno...
Ahora toca regresar...
El cansancio se quema entre las llamas, que dejan una sensación de orfandad absolutas, de desasosiego increíble. Cuando todo arde, se queda uno con la sensación de no sentir, de no saber qué hacer con todas aquellas horas muertas que antes tenía tan ocupadas... Y eso que para muchos tan solo es una fiesta. Pero como es cierto que muchos hicimos de ellas un modo de vida, las fallas se aman y odian, te unen y enfadan, te dan vida y te la quitan como si fuera un amor adolescente que nunca se apaga...
Ahora toca volver. Después del fuego. A tomar decisiones y llevarlas a la práctica. A listar todos los buenos propósitos que queremos para el año nuevo: como la dieta antes de verano o apuntarnos a un gimnasio, pero en modo fallero. Ahora toca decidir, si seguimos embarcados en esta locura que nos regala sangre y nos desangra a partes iguales y que nos hace, unos días tocar el cielo, y otros, descender a los infiernos...
Ahora toca regresar... Volver a crear, que es creer de nuevo. Sujetar de nuevo esta fe ciega en algo que aún no existe y que irá viniendo. Se abrieron las horas de todo lo nuevo, que es un poco más de lo que ya conocemos mezclado con algo de vida... Con toda la vida. Y caminar otra vez. Los unos con lo suyo, los otros, con aquello... Ir haciendo. Ir construyendo...
Esta fiesta que nació para que todo desaparezca solo sabe construir, porque al final, quienes con ella pretenden otras cosas caen en las mismas llamas donde los falleros quemamos todo lo malo y engendramos todo lo bueno...
Ahora toca regresar...
martes, 27 de marzo de 2018
LA GRANDEZA DE ESTA MUERTE
La grandeza de esta muerte es que ninguna resurrección llegó nunca tras ser arrasada por el fuego. La bendición de esta fiesta es que, ardiendo, es capaz de lanzar a la llama eterna todo lo alcanzado, todos los triunfos y también los fracasos. Nada sube ni baja más allá de la llama y las cenizas, nada existe, porque con una irremediable sensación de orfandad, los falleros hemos aprendido que nada somos y que como energía tendemos a cambiar y a estar en continuo movimiento, pero la fiesta, sepanlo, ni se crea ni se destruye. Por mucho que algunos le den con brío.
Nada se resiste al extraño embrujo cautivador del fuego. Un enamoramiento convertido en pasión desbordada por estos rincones del mundo, para sorpresa y alarma del resto del mismo. Nadie entiende porque los valencianos trabajamos con esfuerzo lozano todo un año, empujando nuestra maestría absoluta a la desaparición de todo aquello que arde. A veces, ni yo mismo, tan loco enamorado de la fiesta, alcanzo a entender qué nervio nos lleva al borde de esta locura, pero reconozco que, plantado ante la llama gigante, nada alcanza con tanta garra el ánimo de mi corazón.
Nacimos para morir, para ir viviendo. Y la falla, como arte y como fiesta, no deja de ser una metáfora primaveral de vida y muerte. De ir construyendo para desaparecer, de ser volátiles y etéreos. De ser vaporosos, como el propio humo.
Y no hay más. No busquen ustedes en la fiesta brillos ni oropeles, relumbrones ni verdades absolutas. Los que a las fallas lleguen con intención de relumbrón se equivocaron, porque es tan fugaz el fuego, que caducan con él las bondades, las generosas dulzuras, las tiernas mansedumbres y las perversas maldades. Todo aparece y desaparece con el fuego. Y esa, más no otra, es la grandeza absoluta de la mejor fiesta del mundo...
Nada se resiste al extraño embrujo cautivador del fuego. Un enamoramiento convertido en pasión desbordada por estos rincones del mundo, para sorpresa y alarma del resto del mismo. Nadie entiende porque los valencianos trabajamos con esfuerzo lozano todo un año, empujando nuestra maestría absoluta a la desaparición de todo aquello que arde. A veces, ni yo mismo, tan loco enamorado de la fiesta, alcanzo a entender qué nervio nos lleva al borde de esta locura, pero reconozco que, plantado ante la llama gigante, nada alcanza con tanta garra el ánimo de mi corazón.
Nacimos para morir, para ir viviendo. Y la falla, como arte y como fiesta, no deja de ser una metáfora primaveral de vida y muerte. De ir construyendo para desaparecer, de ser volátiles y etéreos. De ser vaporosos, como el propio humo.
Y no hay más. No busquen ustedes en la fiesta brillos ni oropeles, relumbrones ni verdades absolutas. Los que a las fallas lleguen con intención de relumbrón se equivocaron, porque es tan fugaz el fuego, que caducan con él las bondades, las generosas dulzuras, las tiernas mansedumbres y las perversas maldades. Todo aparece y desaparece con el fuego. Y esa, más no otra, es la grandeza absoluta de la mejor fiesta del mundo...
EL PARAÍSO PERDIDO
La soledad es a veces, la compañía más agradable y una separación, aunque corta, hace más dulce el placer de volver a verse.
John Milton, El paraíso perdido.
viernes, 23 de marzo de 2018
LOS BOTECITOS DE GEL
A mamá siempre le ha gustado quedarse con las pequeñas botellas de gel y champú de los hoteles, los peines y esos cepilla-zapatos diminutos que nunca usamos nadie. Quizá por eso, porque los hijos nos parecemos a las madres, cada vez que he volado lejos de aquí, he recogido paciente los botecitos de cada día. A veces, no lo niego, pensando en la señora que venía a hacer la habitación y en qué pensaría, si diría de aquel huésped que es un tacaño que repela el baño cada día... Pero luego, siempre pienso que entre el alojamiento y el desayuno cada bote está pagado. Cada toalla. Cada sábana. Y si me pongo muy rebelde pienso: "¿Y qué más da?". A mi madre le encantará que yo llegué del último viaje y además de algún souvenir, un imán o un pañuelo, le diga: "Mira mamá, los botecitos de gel y champú que tanto te gustan". Ella sonreirá y se los quedará. O me dirá que se los dé a mi hermana. Y yo le digo: "Oye, que yo los cogí para ti". Y se los quedará. O se los dará luego a mi hermana cuando yo ya no esté... Uno de esos que cogí para ella apareció hoy en mi ducha. Lo vertí en mi mano y lo mezclé con abundante agua entre los ojos cerrados. Sentí el aroma y pensé: Mallorca. Y me vi tres años atrás, en la deliciosa habitación del Balanguera. Me paseé por la lonja marinera y mediterránea. Por ese centro desbordado al mar que son la Catedral y me quemé con el sol que, a ráfagas, cruzaba el autobús que me llevaba tan solo a Cala Major. En aquel viaje tomé unas cuantas decisiones... no sé cuantas he cumplido. Pero mientras la espuma caía en la ducha, volví a sentir aquella paz entre helados, aquellos caminares en soledad, aquellas sensaciones de tranquilidad y calma que creí que había perdido... Y fue maravilloso. Deliciosamente pequeño y maravilloso.
jueves, 22 de marzo de 2018
TODO AL FUEGO
Volvimos a ser fuego. Volvimos a la llama y al adiós, al acabar todo o al empezar de nuevo. Volvimos, una vez más a incendiar nuestros recuerdos y ser fuego. Volvimos una vez más, pero fue distinta. Distinta a todas. Como lo son cada vez que ocurre si las comparas con cualquiera de las otras que ya fueron. Vi subir las llamas hacia el cielo sin aquellas risas que siempre me provocan los nervios y el esperado final. Sí que sentía aquella emoción por dentro de ver cómo se deshacen los sueños tejidos a conciencia durante un año; y aquel sobresalto en los ojos, que no llegan nunca a emocionarse tanto como el corazón. Sentí la felicidad de tener a Alba al lado, a algunos otros cuantos abrazos... Las gracias emocionadas del amigo Adrián. Sentí algunas ausencias, pero ni siquiera busqué en mitad de la noche, y tuve una sensación de que, al fin, todo se había acabado. Se acercó Susi, que es el Pepito Grillo de los que nos vestimos de valenciano, y me preguntó si todo bien, si todo al fuego... Y le dije: "Todo al fuego". Y todo ardió. Ardieron mil horas de silencio y dos manos cansadas, dos piernas doloridas, dos segundos de aliento... Todo se fue con aquel bendito fuego que nos hace arder cada año... Miraba el fuego, sin querer que se apagara nunca, sin querer que bajara aquel calor que me dejaba quieto, calladito, en mitad de la nada, solo conmigo... Que es solito del todo. En mitad de mis desvelos. Haciendo de cada segundo de tiempo, el misterio de mis secretos. Y no quise que llegara el viento frío que enseguida lo dejo todo helado... Volvimos al fuego, a la noche. La calma, la afonía y el desaliento. Algo se rompió por dentro. Marieta y el abrazo. Y empezó a caerse el cansancio entre los dedos, escurriéndose como arena afilada. Volvimos a ser fuego, a ser llama... Volvimos a acabar todo o al empezar de nuevo. Y sentí que se hizo de noche, una vez más, de nuevo...
SALTAR UNA VEZ MÁS
Cuántas veces has pensado que no te quedaban fuerzas ya ni para respirar.. Cuántas veces has pensado que se te apagó la estrella, que no puedes brillar más... Y si gana la derrota habrá que volver a empezar, apostar aún más alto y comenzar a pelear.. Sé que el vertigo se irá pero sólo si te atreves a saltar, saltar una vez más...
martes, 6 de marzo de 2018
VINO MARZO
Vino marzo, de repente, con una fuerza imbatible que solo tiene la vida cuando deja caer las hojas de su calendario. Llegó el mes de las lluvias y del viento, porque nuestro abril levantino es fallero y ruidoso. Y este año con más ganas, como todos. Llegó marzo, irremediablemente, el mes en el que los días tienen más de veinticuatro horas y las horas de sueño se disparan como una estruendosa mascletà; el tiempo perfecto para volver a soñar despiertos y para preguntarse, una y mil veces, porque condenamos nuestra vida en vida a morir poco a poco. Porque las fallas son vida y alegría, cansancio eterno y soledad a veces, estruendosa compañía y felicidad completa, pero son también un poco de muerte en lo físico y en el tiempo. La fiesta llega de nuevo y se extiende como un hormiguero inmenso por cada rincón. Como en la canción, por unos días olvidaremos que cada uno es cada cual, y haremos de la germanor y la sonrisa una compañera de vida. Porque marzo es así y las fallas más.
Vino marzo, de repente, a sacudirnos vehemente y recordarnos cuántas cosas nos quedan por hacer. A condenarnos en vida para que entre nuestras penas estén la de dedicar totos los esfuerzos posibles a vencer un año más. Y si llegan los premios, genial. Pero la victoria es la de un pulso donde batallan el esfuerzo humano y colectivo contra la suerte y el fario. Unidos, con fuerza, ambas manos para convertir la fiesta más amable en otro sueño cumplido.
Yo a menudo sueño despierto. Y cuando llega marzo, ni abro los ojos, esperando que la ilusión del niño se teja de sedas y se planten bajo mis pies los recuerdos en cartón piedra de aquel pasado que nunca volverá, de aquellas ilusiones absolutas que explotaban entre nuestras manos produciendo un cosquilleo que sabía a gloria.
Vino marzo, con su fuego y con sus ilusiones, con su emoción, con su emotividad profunda, con su alegría acompañada, con su color acalorado... Vino marzo y volvera a huir, pero mientras se pasee por nuestras calles, disfruten del cielo más hermoso que nunca se conoció. Allá, arriba, donde explotan nuestras ilusiones y se mecen nuestros sueños.
martes, 6 de febrero de 2018
AQUELLOS DÍAS DE VERANO
La lluvia tiene una melancolía absoluta para regar la ciudad. Las nubes oscuras, los cielos apagados, los tejados mojados nada tienen que ver con el brillo y el esplendor de esta tierra. Valencia es barroca, exagerada, exacerbada, excesiva. Y el gris manto que todo lo cubre nos aplaca y nos destruye sin misericordia.
Estamos acostumbrados a los cielos abiertos, las nubes blancas o lejanas, las temperaturas siempre de un verano que nunca acaba y que nos mantiene felices. Porque aprendimos desde pequeños que el estío era el recogimiento de los buenos recuerdos y los tiempos felices compartidos año tras año. Así la vida, nos enseñó luego que existen las tormentas del otoño y los fríos gélidos, helados, que desangelan al corazón cada invierno. Y una primavera, de vez en cuando, un resurgir. Porque la vida es eternamente inteligente, perspicaz, sencilla… y bella.
Nunca un invierno duró los mismos días como nunca una rosa vivió dos primaveras, ni una juventud dos veranos iguales… Y así, con esta lluvia fina que todo lo azota, nos condenamos a mirar al suelo. A caminar deprisa. A encoger los hombros, como si no viéramos más verano por delante. Como si todas las estaciones se hubieran cerrado para nuestro tren.
Miremos hacia arriba. Miremos al cielo. Dejemos que la lluvia repique contra nuestro rostro como gotas de rocío cada mañana y sintamos esa libertad que lo envuelve todo de un azul prodigioso al otro lado de los nubarrones que solo hoy somos capaces de ver… Porque todo, y también en los días de lluvia, esconde un verano detrás.
Como aquellos años de infancia donde paseábamos las vías del tren y creíamos que íbamos a amar para siempre…
lunes, 5 de febrero de 2018
PAZ ABSOLUTA
Ha sido un segundo. O menos. Una milesíma de tiempo incontable que me ha recorrido. De repente, como si me hubiera despertado, me he encontrado a mí mismo, entre las manos frías y el corazón calmado, con la vista nublada, pensando qué había sido eso. Eso casi imperceptible, ese nervio disparado que ahora deja medio nublada mi mirada en uno de sus ojos y una resaca muscular cogida al hombro. Ha sido un espacio de paz. De calma absoluta. Una especie de nirvana minúscula, que me ha dejado en paz absoluta. Y no sé calcularlo. Solo sé contarte que, con los pies helados y un sol batallador al otro lado de la ventana, que grita para atravesar el cielo nublado, sentí algo, en muy poco tiempo, tan poco que casi no era ni tiempo. Paz. Paz absoluta. Calma en remanso. Y enseguida la música de nuevo que suena en el ordenador y el frío agarrado a las manos. Y el silencio fuera. Y la sensación, eterna, de que en un espacio que no sé concretar de tiempo, todo se detuvo y una descarga me recorrió la espalda para decirme que aquello es la tranquilidad. La absoluta sensación de paz, de calma, de bienestar... y ahora, una sensación resacosa, una esperanza de quedarme agarrado a ese instante, un sentimiento de que cualquier cosa que haga a partir de ahora romperá aquello que, por mucho menos de un segundo, me dejó en paz...
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