jueves, 4 de julio de 2013
SOL RADIANTE
Imaginé un camino largo, entre la vereda, entre las ramas verdes azotadas por una brisa con aliento de poniente y el paseo sosegado del caminante. Adiviné el calor del día desde la primera hora de la mañana, cuando el sol, más radiante que el sol radiante, se coló furtivo por la ventana y me dio de lleno en la sesera. Me descubrí a mí mismo, girado totalmente sobre la cama, como los pies en el cabezal, dandole la vuelta a mi vida y al mundo, como si tal. Como si cualquier cosa. Como si ésta fuera en particular, la más importante de todas, que lo puede ser: la de sonreírle al nuevo día cuando nacen él y nuestras esperanzas.
Me despertó la mañana creyendo que era viernes y mi primer pensamiento del día fue recuperar el jueves. Enseguida maldije tener un día más, como si el fin de semana me cerrara algo, me regalase nada, me dejase cualquier cosa. Y, de repente, cuando me descubrí a mí mismo queriéndole quitar días a mi semana, horas a mi vida, me reprendí con vehemencia pensando qué clase de bobada me hacía desear perder un día. El de hoy. Más radiante que el propio sol. Y así me lo dije: bendito jueves que nace para que caminemos juntos, para que nos regalemos la palabra, para que nos demos la mano y nos contemos las confidencias, para que tú y yo salgamos de nuevo a las veredas, entre ramas azotadas por una brisa con aliento de poniente. Bendito jueves, creí al final, que fue en un rato. Bendito el día nuevo que nos da futuro, y mañanas. Bendito el jueves que nos lleva al viernes y vino del anoche. Bendita la suerte de quienes alzamos la voz cada día para ser batalla. Benditos quienes hacen de su sonrisa la trasparencia del agua que alivia nuestros calores. Bendito el día que vino para compartirse. Y bendita la fortuna de tener con quien hacerlo...
Siempre he sido una persona agradecida. Creo que tú también deberías de serlo. Que soy consciente de que muchos días se cargan con diabluras y desesperos, pero lo cierto es que en tus manos está la llave que abre las ventanas por las que entran aires frescos. A ratos de poniente, otros de levante. Otros serán cierzos. Pero siempre, brisas y vendavales, para movernos con mayor holgura entre los entresijos que nos trae la vida.
A veces dejamos que se nos vuelen los días sin transitar por ellos. Otros deseamos que se pasen de repente, como si al final hubiera una meta mejor. Cuando éramos niños, contábamos con gana los años que tenían que pasar para ser mayores y para llegar al año dos mil. Y ahora, desde el dos mil y pico, querríamos regresar a la infancia que muchos han olvidado o dejar de remar, contracorriente. No hace falta. Se puede mirar hacia mañana haciendo que el hoy ya se cubra de vientos, y dejar que golpeen contra nuestros rostros, como el capitán desde la proa, sintiendo que la libertad nos embiste con toda la suerte de que hoy vuelve a ser hoy, y nació con un sol radiante para nosotros...
miércoles, 3 de julio de 2013
LA GALLINITA CIEGA
Te escribí una carta mojando mi alma en agua bendita y, palabra tras palabra, dejé mi vida en una hoja sobre la que no se apuntaba nada. Sin embargo, el papel, conmovido por la fuerza de mi voluntad, se arrugaba al paso del afilado puntero con que mojaba en el tintero para darte mis buenos deseos. Me desperté contra el reloj, con el cielo pintado de naranja y el sol anunciando fuego. Supe que era esta mañana de julio un día más, una excusa para salir a la calle con la mejor de mis intenciones y pasear de frente a la brisa que a veces no encontramos. Y me apresuré por sonreír y compartir mi risa, haciendo de la alegría los atajos de nuestra vida. Siempre he sido optimista, vengo por el camino de las buenas esperanzas paseando todo lo que llevo andado y los momentos de mi vida que escribí en letras grises, intenté compensarlas enseguida con buenos deseos, memorias de un ayer feliz o esperanzas de un futuro que sólo huele a mañana.
Somos nosotros quienes marcamos el ritmo de nuestro corazón, el que le envía sangre a esa cabeza, a veces loca, otras perdidas, a menudo distraída, que nos hace pensar que nuestra vida es mejor o peor... No lo pienses más. Nuestra vida es fantástica. Envíale ese impulso a tu corazón y notarás como respiras con otro anhelo, como miras con otros ojos, como sientes con el corazón al que hasta ahora solo le has dejado que latiese, sin más labor.
Ese ruido acompasado, lento, marcará el peregrinaje de tus días, como una lluvia incesante de felicidad que cae sosegada pero sin pausa. Podemos marcar el ritmo de nuestro paso, de nuestro paseo por la vida y si fuéramos inteligentes, veríamos que es una obligación que tenemos con nosotros mismos.
Yo voy así, marcando con este tambor del ánimo el paseo de mi vida, con un optimismo salvaje cargado a cuestas, con una voluntad impermeable de seguir batallando, por mí y por todos mis compañeros, como aquel viejo juego de la infancia, a la que debiéramos volver más a menudo. Aquella simple alegría de nuestra niñez, de pantalones cortos y rodillas dañadas, de meriendas puntuales y enfados que duraban un “ay”, de sueños invencibles y tierras por conquistar, debe regresar a nosotros, con la fuerza de un huracán imbatible para hacernos recobrar la vida. Nuestra vida, la que llenamos de alegrías y desesperanzas, de anhelos y olvidos, de memorias y tristezas, puede dejar de tener la pauta de una melodía acelerada, frenética y dejarse llevar por la vibrante y contagiosa sinfonía de una felicidad calmada y esperanzada.
Depende de nosotros mismos, como casi todo. Aunque muchas veces, como en aquel juego infantil, nos pongamos contra la pared, apoyando nuestra cabeza con su mirada ciega, los ojos cerrados y las esperanzas perdidas... No lo hagas más.
lunes, 1 de julio de 2013
LUNES
Con un cansancio a cuestas comienzo el camino. No es buena idea. La vida necesita de arrojos y valentías para emprender cada día. Pero los benditos lunes, que el calendario puso ante nosotros, vinieron a la vida, para llevarnos con el cansancio de ese fin de semana en que nunca descansamos. Lunes, nombre de luna lunera, es nocturno y alevoso. Y cada semana, empezando por el lunes, requiere de nuestro empeño y de nuestro empuje para salir adelante. Yo, lo aviso, vine cansado.
Y así, frente a estas palabras que a veces salen solas y se escriben rectas sobre el blanco perdido, me enfrento al inicio de todo, porque empezar siempre es algo nuevo, e intento convencerme a mí mismo que debo ser arriesgado y hacer fuerzas de flaqueza, para tirar adelante con la fuerza de un toro que sale a la lidia, sabiendo que no volverá por la puerta de chiqueros.
Fuerza. Al inicio de la semana es lo que pido. Porque la agenda a menudo nos condena a no tener ni días ni horas, y de repente calculamos qué rápido se nos fueron los días, que antes no queríamos que nos llegaran. Lunes. Otro lunes más, que según nuestras voluntades y anhelos podemos convertir en el más especial de todos o dejar que se vaya, como arroyo al mar, sin esperar de él y sin desesperar del todo.
Yo, a menudo, intento de cada día hacer un día único. Por este optimismo salvaje que se infecta en la gente más cercana, calculo que cada uno de los soles que amanecen lo hacen para ser más bellos que el anterior, y mucho más hermosos que aquellos que ya hayan quedado atrás del todo y que nuestra memoria idealiza porque el recuerdo nos ayuda a vivir con una feliz nostalgia. Pero no. Hay que pensar que no vimos todavía el cielo más bello ni pudimos soportar el calor del sol más hermoso. Que cada mañana sea tu primera mañana y cada luna que traiga, la confirmación de que el día fue único. Que cada estrella vibre soñando con el día siguiente, y cada anhelo se convierta en el motivo para batallar mañana. Así y solo así, cada lunes será único, mejor, diferente,... Cada semana comenzará con el brío que tu corazón requiere. Cada vida, brillará con la alegría y la felicidad que nos merecemos... Así, aunque hoy sea lunes.
jueves, 27 de junio de 2013
HUBIERA SIDO
Me senté en el banco, en lo alto de la cima y respiré. Dejé que sobre mis hombros cayera la fuerza del cielo nublado, gris plomizo, y agradecí aquella chaqueta en la que me acurrucaba contra el viento que venía del futuro. No trinaban los pájaros, pero la hojarasca de los árboles golpeaba con fuerza contra mi destino y se perdían, como un llanto incesante las hojas que caían del último otoño... Eché de menos una bufanda que no me quebrara la voz. Y quise, por un momento, entre suspiros y deseos, como el loco que da de comer a las palomas acompañado de su honda soledad, ponerme a hablar en voz alta y decir mis proclamas sin ecos ni testigos.
Hubiera sido capaz de ponerme a gritar hasta que las nubes se despejaran en el horizonte. Hubiera querido que mi voz no se quebrara y lanzar mis deseos al viento, dejarlos atados en un hilo de esperanza para que el viento les hiciera ondear y se perdieran hacia todos los rincones del mundo. Hubiese deseado que el mar se detuviera, que las olas no batieran más contra el precipicio que crecía a mis pies, y que de repente, todo ese oleaje de espumas blancas, fuera la tabla rasa de un azul colonial que se perdió en mi memoria.
Hubiera sido capaz de ponerme en pie, sobre los pesos de mi cuerpo cansado, aguantado por las piernas que como dos troncos se clavaban en la tierra y se perdian dentro de la hierba. El suelo verde, el horizonte y el cielo azules, y yo, sentado en el banco, encima de la cima, respirando aquel viento helado que me golpeaba en la cara.
Me imaginé así. Hoy, esta mañana, al salir caminando, entre ruidos y atascos. Me imaginé quieto frente a la intensidad del calor que se aviene y mi paseo lento y sosegado, resaca de una noche de menos sueño. Me soñé conmigo, sentado en lo alto de aquella montaña, entre los brazos de mi soledad dedicándome un silencio. No deseé nada más. Imaginarme allí, como en aquellos caminos perdidos de Glendalough, donde perdí la sensación de vivir. Así, ahora, mi camino se detuvo entre mis deseos. Y deseé quedarme quieto, inmóvil, callado. Absorto. Dejando que mis ojos se perdieran en la raya final de aquel cielo que no se caía. Quise que la vida se detuviera, que el viento siguiera con fuerza batiéndose contra mis ojos cansados. Y soñé, de nuevo, otra vez. Volcí a imaginar, volví a la esperanza... A una esperanza, que como el mar, se batía contra el precipio donde se apoyan mis pies...
miércoles, 26 de junio de 2013
NI SIQUIERA EL CIELO
Anoche, en mitad de la noche, en mitad de la luna que tanto se acercó al mar por San Juan, mirando frente al ordenador pensé por sorpresa en ti. Lo hice de manera inconsciente, sin saber por qué. Me acudiste al pensamiento como otras tantas veces, en las que sin saber por qué, de la misma manera que soy capaz de ponerme a cantar canciones que no sé con que razón renacen en mi voz, apareciste en mitad de la noche. Y al rato, volví a ti. Y te mandé un mensaje preguntando si siempre bien, porque sabes que a veces la cabeza o el corazón me llevan a pensar en cómo te va. Y me respondiste si de nuevo tenía una corazonada y te dije que sí. Me dijiste que parecía un mago, que tu noche se había nublado, que no tenías estrellas, que se te iba el día entre rabias y penas. Y que como un brujo me colaba en tu cabeza y te arrancaba de los sentimientos una sonrisa. Así, en mitad de la noche. En la distancia.
Esta mañana, al despertar, me enviaste un mensaje para decirme que siempre te saco una sonrisa, que soy quien te hace reír. Y me dedicaste una canción y un suspiro. Me alegró tu mensaje. Me emocionaron tus palabras. Me gusto saber que te hago reír, hasta en los momentos más difíciles. Y me sentí cómplice de tus penas silenciadas y compañero de viaje para el camino. Pero sobre todas las cosas, sobre las rojas y las azules, sobre las cercanas y las lejanas, por encima de las que existen y de las que imagino, me alegró saber que te alegro, que te aporto la sonrisa, que te doy felicidad...
Llevo de la mano la vida. Camino por senderos de felicidad y busco solo el mañana, sabiendo que llegará antes de lo que espero. Ando con fuerza contra la muerte que no quiero que me alcance y batallo por transitar la vida entera al lado de la gente que me hacéis feliz, de la gente que me hace sonreír, de la gente que es capaz en mitad de la madrugada, de quitarse su sueño para escuchar mi palabra, de quedarse sin estrellas por bailar junto a mí en el precipicio contra el que chocan los mares lejanos, de perder su agua cuando más sed tienen porque yo necesito un trago más de esperanza... Y así, intento, caminar de la vida, regalando lo que me dan. Dejando mi sueño por tus desvelos, mis estrellas como alfombra para que camines, mi agua repicando en el corazón donde se mueven tus alegrías y tus emociones...
No me parece que haya nada más bello que la amistad. No creo que nos queden más motivos para vivir que el de hacer el bien al que tenemos al lado, que no nos queden más razones para hacerle un daño al que nos rodea... En positivo siempre. Y en la memoria, sin olvidos ni sin contigos, por los que camina la vida. Me alegró tu mensaje esta mañana porque me dio motivos para saber que aún aporto, que aún soy capaz, que aún hay sonrisas que nacen de mis voces, que aún quedan esperanzas para los mañanas, que aún vale la amistad como moneda de cambio. Nada tan fantástico como desvelarse por alguien lejano en mitad de la madrugada y que la mañana sea un agradecimiento. Nada igual. Ni siquiera el mar. Ni siquiera el cielo.
martes, 25 de junio de 2013
MINUCIOSOS DETALLES
Leí algo esta mañana que me recordó aquello que tantas veces dije: que la felicidad no hay que buscarla, hay que sentirla. No lo escribían así, pero en resumen la sensación, al menos la que yo me traje, es esa. Lo digo a menudo, nos han inculcado tantísimo que hay que ser felices, que la felicidad puede alcanzarse, que podemos lograr la felicidad y que hay que encontrarla, que cuando la tenemos al lado, como un lazarillo fiel, la desechamos con una inconsciencia extraordinaria.
¿Cuántas cosas somos capaces de tener al lado y no percibir? ¿Cuántos pequeños detalles se nos escapan a diario sin ser conscientes de que transitan por nuestra vida, como una suerte de destino personal? Respiramos un aire que no apreciamos, latimos un corazón que no escuchamos, andamos caminos que no miramos y soportamos sobre los hombros cielos que hace tiempo ya no disfrutamos. Se nos va la vida entre suspiros y anhelos, pero somos incapaces de comprobar que cada pequeño detalle de la vida, nos aporta esa felicidad que nos han vendido como obligatoria.
No hay que perder más tiempo, porque este huye con una fiereza que descompensa el alma. El futuro viene, se trabaja, se dispone, se orienta, se alegra, se mejora, pero viene solo. El presente es lo que se nos fue ya, se nos va veloz, con una atrocidad casi inhumana. Del pasado hay que sentirse orgulloso, pero nunca esclavo. Y así, en la vida, la felicidad puede acompañarnos, de la mano, cada día, sin mayor tesón. Sin menor esperanza. Sin mayor obsesión.
No muramos por buscar la felicidad para vivir. Seamos capaces de vivir con templanza y esperanzados, con alegría, disfrutando de esos pequeños y minuciosos detalles que vienen con nosotros, a diario, tantas veces invisibles. Pintemos de color su invisibilidad y batallemos por reivindicarlos como los excelentes compañeros de viaje que tenemos para seguir caminando. Hacia ese futuro mejor que todos queremos y que no hay que buscar, vendrá de la mano de nuestros mejores deseos. Batalla cada día por hacer feliz al de al lado, al más cercano, y él será cómplice de tu felicidad. Y así, como una contrarreloj, la felicidad surcará el futuro para plantarse a los pies de este presente que compartimos.
¿Cuántas cosas somos capaces de tener al lado y no percibir? ¿Cuántos pequeños detalles se nos escapan a diario sin ser conscientes de que transitan por nuestra vida, como una suerte de destino personal? Respiramos un aire que no apreciamos, latimos un corazón que no escuchamos, andamos caminos que no miramos y soportamos sobre los hombros cielos que hace tiempo ya no disfrutamos. Se nos va la vida entre suspiros y anhelos, pero somos incapaces de comprobar que cada pequeño detalle de la vida, nos aporta esa felicidad que nos han vendido como obligatoria.
No hay que perder más tiempo, porque este huye con una fiereza que descompensa el alma. El futuro viene, se trabaja, se dispone, se orienta, se alegra, se mejora, pero viene solo. El presente es lo que se nos fue ya, se nos va veloz, con una atrocidad casi inhumana. Del pasado hay que sentirse orgulloso, pero nunca esclavo. Y así, en la vida, la felicidad puede acompañarnos, de la mano, cada día, sin mayor tesón. Sin menor esperanza. Sin mayor obsesión.
No muramos por buscar la felicidad para vivir. Seamos capaces de vivir con templanza y esperanzados, con alegría, disfrutando de esos pequeños y minuciosos detalles que vienen con nosotros, a diario, tantas veces invisibles. Pintemos de color su invisibilidad y batallemos por reivindicarlos como los excelentes compañeros de viaje que tenemos para seguir caminando. Hacia ese futuro mejor que todos queremos y que no hay que buscar, vendrá de la mano de nuestros mejores deseos. Batalla cada día por hacer feliz al de al lado, al más cercano, y él será cómplice de tu felicidad. Y así, como una contrarreloj, la felicidad surcará el futuro para plantarse a los pies de este presente que compartimos.
lunes, 24 de junio de 2013
CUANDO ERA PEQUEÑO
Cuando era pequeño, nadie me dijo que tendría que pensar el resto de la vida. Me dijeron que tendría que saber sumar y restar, me enseñaron a colorear sin salirme de las líneas, que palabras se escribían con "h" y cuáles las echaban para siempre. Me enseñaron que Ankara era la capital de Turquía y que al tercer día resucitó. Me enseñaron en casa a ser buena persona, a ser buena persona dentro y fuera de casa. Pero no me dijeron nada de que tendría que pensar el resto de la vida...
Cuando era pequeño no me obligaban a buscar la felicidad, porque me la traían en bandejas de madera, a los pies de la cama. Sólo tenía que despertar buscando excusas para no ir al cole, o imaginando qué bocadillo tendría a la hora del recreo. A veces, por ímpetu extremo, ni podía esperar al patio y abría tímidamente el papel de plata por la punta del pan adivinando qué tendría poco después.
Cuando era pequeño, la lluvia me parecía un juego, la muerte un paradigma, la vida algo corriente, y mis días se perdían entre balones en la calle, libros en la escuela, nubes en el cielo... Pero me hice mayor. Y descubrí que las piernas pesan más tal y como avanza el día, que las noches nos cubren de insomnio, que las horas se caen, que la vida pasa, que los sueños se marchitan si no los riegas, que la felicidad se siente, ni se busca ni se tiene, que somos pasajeros sin pasaje, que las tardes se cubren con unos cielos preciosos cuando cae el sol, algo que cuando era pequeño me maravillaba y ahora me hace pensar... Pensar... Pensar. Aquello que nadie me dijo, cuando mi infancia era un motor que rodaba el tiempo hacia atrás, que tendría que hacer...
Ahora miro hacia atrás. Compruebo como cuando era pequeño se me iban de la mano los sueños con una imaginación volátil, absoluta, despreocupada. Cuando era pequeño mi paseo era al trote, hasta el siguiente paso de cebra, que quería siempre cruzar. Y al hacerme mayor, con mi Peter Pan a cuestas, sin campanillas ni capitanes, quiere volar con la misma fiereza de cuando era pequeño.
Y aunque a veces no puedo, no lo consigo, no me dejan, sigo en mi empeño de pensar de manera inconsciente pero racional, dedicarle poco tiempo sin dejar de estar todo el día haciéndolo, descansar mirando al cielo, donde me tumbo a pensar otras cosas que no me hagan pensar... Y así, regreso a mi niñez, aquella infancia sin patios ni Sevillas, donde nadie me dijo que tendría que pensar... Pero pienso, y hace que todo sea más lúcido, más bello, mejor...
Cada vez que pienso, sueño. Cada vez que sueño, vuelo. Cada vez que vuelo, mi sonrisa se alza hacia el cielo con unos ojos radiantes que miran entre brillos y esperanzas... Sigo mi camino, andando con mis desvelos, y pensando, así, de esta manera que me trajo la vida... Porque cuando era pequeño, cuando era pequeño, nadie, nadie me dijo que me tendría que pasar la vida pensando...
viernes, 21 de junio de 2013
LA ÚLTIMA NOCHE DE LA PRIMAVERA
Me levanté con una sensación extraña. Con un hombro dolorido, por el traslado en Mislata de la virgen peregrina, que nos dejó unas cuantas horas solo para caminar, lo cual es fantástico. Me vine con resaca de pena, creo, de soledad, de tristeza, de cielo gris a trabajar. De inquietud. Así me lo dijo Pilar en el despacho discotequero de esta radio donde van pasando nuestros días de trabajo... Inquietud me dijo. Eso es inquietud.
Ayer subí las escaleras de casa dándole vueltas a la cabeza. Venía de cenar con el pasado en el Fosters del Ayuntamiento, de tomar una copa en el Casa Blanca de la calle Ruzafa, de ponernos al día, por si quedaba algo que poner... Y me encontré con la sensación alegre, del reencuentro, de la confianza perdida, que parece nacer de nuevo, de la amistad recogida... Así con todo, con ello. Hay persona que es importante en la vida de uno. Así nos lo dijimos ayer Aurora y yo, vía whatsapp, que seguimos viéndonos desde la distancia sin poder olvidarnos de la infancia que nos trajo aquí. Y de la divertida y alborotada adolescencia.
La cena de anoche la habíamos pactado desde hacía días. La fuimos cuadrando con un mimo absoluto en las palabras y nos encontramos, sin mirarnos casi, en la puerta de la noche que se abría a la palabra. Nos dijimos dos cosas de rigor, nos contamos de dónde veníamos y enseguida dejamos el tema sobre la mesa. Las cosas hay que decirlas claras. Me sorprendió muchísimo su primera respuesta, me sorprendió casi tanto como me dolió: "Va, Jaime, reconoce que te rallaste y se acabó.". Y eso me dejaba pocas puertas a nada. Así que dejé que mi carne se enfriara sobre el plato sin dejar de vomitar uno tras otro los recuerdos y los momentos que me habían confinado a la nada. Creo que se lo llegué a decir. Creo que sí. Que pocas personas me habían importado tanto en mi catálogo de amistades, que me sentí solo, arrancado en el olvido, del que a veces, con un gesto tranquilo, confirmaba con su cabeza que sabía que mi dolor, aquello que fue rabia, pues a lo mejor tuvo motivo de ser. Y fue, para mí almenos.
Se me quedó grabada una frase que dije, nunca he pensado que citarse a uno sea lo más elegante, pero me acuerdo de un "cuánto tiempo hemos perdido" que se me escapó con un suspiro entre la rama de canela y la naranja del ron con cola servido en el fresco de la última noche de primavera.
No sé hacia adonde irá a partir de hoy esto. Me he despertado con esa inquietud, sensación extraña absoluta, de saber que ayer nos dijimos muchas cosas, pero no saber ya si valdrán de algo, si cambiarán nada, si quiero que lo cambien... Siento una sensación extraña (inquietud, dicen) que me hace pensar constantemente en ayer, porque me sentí por momentos casi como un desconocido que en mitad de la noche se encontraba con otro al que abordar con los problemas de su vida. Y solo faltaba lluvia en la calle, para hacer que fuera ficción. Llevamos más tiempo en el silencio que de la mano.
Tengo una pena absoluta de haber mirado ayer a antes de ayer con tanta distancia, porque anoche rebrotaban días pasados, intensos como comprobamos, en los que la felicidad compartida y la amistad habían hecho que el camino fuera fantástico. Y me fui a casa, me llevó en aquel coche, con la sensación de no saber dónde estoy, ni hacia adónde dirigirme, ni si hay ahí ya algo más...
Ayer, o antes de ayer, casi como una jugarreta del destino, escribía en facebook la letra de aquella canción de Sabina en voz de Ana Belén que dice: "En Macondo recordé que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver...". ¿Y si fue un error volver a antes de ayer?
Quiero pensar que no. Que pude volver a sentarme con aquel amigo enfrente. Que compartimos nuestras miradas distraídas y una muda timidez. La inquietud, se cierne, porque ayer fue fácil volver a hablar. Porque ayer se cerraron definitivamente algunas heridas, pero nuestras vidas, me parecen tan lejanas ahora mismo, que no sé si cada uno prefiere seguir con su salud recobrada... Me duele. Me inquieta (que me han dicho). Calculo que será eso... No lo sé. Pero mereció la pena compartir mesa, recordar días pasados (que fueron una pasada), revivir momentos y... ¿quién sabe? Nunca te he tenido rencor, me dijo. Ni yo a ti. Y es verdad... ¡Cuántas cosas que no nos hemos dicho todavía!
Ayer subí las escaleras de casa dándole vueltas a la cabeza. Venía de cenar con el pasado en el Fosters del Ayuntamiento, de tomar una copa en el Casa Blanca de la calle Ruzafa, de ponernos al día, por si quedaba algo que poner... Y me encontré con la sensación alegre, del reencuentro, de la confianza perdida, que parece nacer de nuevo, de la amistad recogida... Así con todo, con ello. Hay persona que es importante en la vida de uno. Así nos lo dijimos ayer Aurora y yo, vía whatsapp, que seguimos viéndonos desde la distancia sin poder olvidarnos de la infancia que nos trajo aquí. Y de la divertida y alborotada adolescencia.
La cena de anoche la habíamos pactado desde hacía días. La fuimos cuadrando con un mimo absoluto en las palabras y nos encontramos, sin mirarnos casi, en la puerta de la noche que se abría a la palabra. Nos dijimos dos cosas de rigor, nos contamos de dónde veníamos y enseguida dejamos el tema sobre la mesa. Las cosas hay que decirlas claras. Me sorprendió muchísimo su primera respuesta, me sorprendió casi tanto como me dolió: "Va, Jaime, reconoce que te rallaste y se acabó.". Y eso me dejaba pocas puertas a nada. Así que dejé que mi carne se enfriara sobre el plato sin dejar de vomitar uno tras otro los recuerdos y los momentos que me habían confinado a la nada. Creo que se lo llegué a decir. Creo que sí. Que pocas personas me habían importado tanto en mi catálogo de amistades, que me sentí solo, arrancado en el olvido, del que a veces, con un gesto tranquilo, confirmaba con su cabeza que sabía que mi dolor, aquello que fue rabia, pues a lo mejor tuvo motivo de ser. Y fue, para mí almenos.
Se me quedó grabada una frase que dije, nunca he pensado que citarse a uno sea lo más elegante, pero me acuerdo de un "cuánto tiempo hemos perdido" que se me escapó con un suspiro entre la rama de canela y la naranja del ron con cola servido en el fresco de la última noche de primavera.
No sé hacia adonde irá a partir de hoy esto. Me he despertado con esa inquietud, sensación extraña absoluta, de saber que ayer nos dijimos muchas cosas, pero no saber ya si valdrán de algo, si cambiarán nada, si quiero que lo cambien... Siento una sensación extraña (inquietud, dicen) que me hace pensar constantemente en ayer, porque me sentí por momentos casi como un desconocido que en mitad de la noche se encontraba con otro al que abordar con los problemas de su vida. Y solo faltaba lluvia en la calle, para hacer que fuera ficción. Llevamos más tiempo en el silencio que de la mano.
Tengo una pena absoluta de haber mirado ayer a antes de ayer con tanta distancia, porque anoche rebrotaban días pasados, intensos como comprobamos, en los que la felicidad compartida y la amistad habían hecho que el camino fuera fantástico. Y me fui a casa, me llevó en aquel coche, con la sensación de no saber dónde estoy, ni hacia adónde dirigirme, ni si hay ahí ya algo más...
Ayer, o antes de ayer, casi como una jugarreta del destino, escribía en facebook la letra de aquella canción de Sabina en voz de Ana Belén que dice: "En Macondo recordé que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver...". ¿Y si fue un error volver a antes de ayer?
Quiero pensar que no. Que pude volver a sentarme con aquel amigo enfrente. Que compartimos nuestras miradas distraídas y una muda timidez. La inquietud, se cierne, porque ayer fue fácil volver a hablar. Porque ayer se cerraron definitivamente algunas heridas, pero nuestras vidas, me parecen tan lejanas ahora mismo, que no sé si cada uno prefiere seguir con su salud recobrada... Me duele. Me inquieta (que me han dicho). Calculo que será eso... No lo sé. Pero mereció la pena compartir mesa, recordar días pasados (que fueron una pasada), revivir momentos y... ¿quién sabe? Nunca te he tenido rencor, me dijo. Ni yo a ti. Y es verdad... ¡Cuántas cosas que no nos hemos dicho todavía!
jueves, 20 de junio de 2013
EL ESCONDITE DE MI ALMA
Hay días que solo te levantas con ganas de que pase el día, pero otros tienes la sensación de que pasará algo bello, algo importante, algo especial... Hay días que te puedes sentir en lo más alto y, otros, en lo más bajo, de esta montaña rusa que es la vida... Piensa siempre en ello, en que vives. En que te mueves. En que oscilan tus sentimientos y tu vida es capaz de explotar como un volcán. Y dále más valor a tu corazón, mientras dejas descansar tu cabeza... Siéntete siempre afortunada de tener la gran suerte de vivir, de sentir... De ser.
Cada noche, al dormir, los sueños ocuparán tu alma. No dejes que la pesadilla se apodere de los cielos estrellados y sueña también al despertar, porque esta vida tan injusta, que tantas piedras te pone en el camino, que tantos escalones te hace sentir, han ido haciendo que con cada embiste fueras más fuerte, más tenaz. Que lograras alcanzar cimas más altas por las que siempre tienes que sentirte satisfecha, contenta. Única.
Yo, escondido desde la lejanía, desde esta atalaya colorida y viva desde la que, como una cascada inmensa, caen mi optimismo y mi buena voluntad para hacer que tu sonrisa sea mi espejo, te digo que poca gente conozco tan fuerte, tan especial, tan intensa, tan maravillosa, tan capaz... Somos capaces de muchas más cosas de las que creemos. Nos sentimos doblados a menudo, con las miserias de nuestros días y las pobrezas de nuestras esperanzas, desesperados por encontrar un equilibrio pobre donde no nos pase nada. Y aspiramos tristemente a eso, a que por nuestra vida la tranquilidad pase por pasividad, a que no nos suceda nada, a que nada nos acompañe en el día a día, porque tenemos un temor horrible a que cualquier cambio nos sacuda aún más esta cabeza repleta de pesadumbres...
Grita, alza tu voz contra el cielo. Clama. Vive, en definitiva. Siente cada segundo de brisa que pasa por tu cuerpo como un aliento de quienes siempre estaremos a tu lado, buscando tu felicidad junto a la nuestra, como si no hubiera mejor futuro para este mundo. No te consientas pedirle a la vida que te dé tranquilidad: batalla contra los embistes, siente la fiereza de mi optimismo reconvertido en tu necesidad, y de la mano, camina hacia adelante, mirando atrás siempre con orgullo y adelante con ilusión y con esperanza. Aquí, desde el escondite de mi alma, despierta y ruidosa, se alza mi voz en silencio para acompañarte. Para decirte que adelante. Que hacia arriba. Como cuando compartíamos columpio en la niñez, para que nuestros pies subieran al cielo. Que cada vuelta en esta montaña rusa de la vida es una experiencia inalcanzable para aquellas personas que no saben vivir la vida. Pero tú, que me enseñaste desde niño, a confiar en mí y en tí, solo tengo para ti estos brazos que empujen fuerte tu columpio hacia el cielo, que se pierde entre azules intensos, que hoy no ves, y nubes esponjosas de ensueño que te están esperando para que te decidas a decir que sí. Que hoy sigues batallando tú. Que hoy, la vida, sigue siendo tuya y que caminas por ella con una fortaleza de la que los demás nos sentimos profundamente sorprendidos... El día se despierta contigo y para ti.Hay días que solo te levantas con ganas de que pase el día, pero otros tienes la sensación de que pasará algo bello, algo importante, algo especial... Siente que así son el resto de los días de tu vida, que en parte es la mía.
miércoles, 19 de junio de 2013
TAN FRÁGILMENTE...
En mitad de la mañana llega una brisa del mundo verde contándome que alguien extraño, lejano, desconocido, ha empezado mal su día. Pero arremete con fuerza en contra de nuestros destinos y decide que se quedará pendiente de los pequeños detalles y que cubrirá con ellos el horizonte de su mirada a lo largo del día. Que lo que le queda hasta la noche, ha dicho, lo va a vivir de otra manera, más optimista, más detallada, más dedicada... Escribo en un avión de papel mi mensaje y se lo mando, mar adentro, sin que naufraguen los buenos deseos con que recargo a diario mi alma: preocúpate, le digo, siempre de los pequeños detalles, porque la vida te traerá todo lo demás... Y si somos capaces de vivir con intensidad cada uno de esas minuciosas cosas que nos pasan, empezaremos a comprender que en cada embiste de la vida, que como olas rompen contra las duras rocas, hay algún punto de deseo, de futuro, de esperanza...
La actitud con que nos enfrentamos a nuestro día marca mucho, aunque no lo creamos el desarrollo del mismo. La época nos empuja a sentirnos derrotados casi desde que despertamos y poner el pie en el suelo, descalzo, desnudo y frío se convierte en un esfuerzo sacrificado porque no tenemos ilusión muchos días por iniciar la jornada.
Yo sin embargo te invito a que saltes de la cama. A que los dos pies toquen a la vez el suelo. A que el día comience con una energía feroz que no se diluya en las horas. A que los embistes no te los dé la vida, sino que los resuelvas tú con una sonrisa que no desaparezca nunca... Si lo pensamos fríamente, nuestros problemas no lo son tanto como nos parecen. Los que no tienen solución, no son problemas, no son piedras que podamos saltar, directamente son cosas que nos pasan en la vida, insoldables, infranqueables, difíciles puede, pero parte de nuestra vida. Las que tienen solución, solo esperan a que emprendas el camino y desees arreglarlos. Esos, aunque no nos lo parezca, son mucho más sencillos, porque cuando una cosa tiene solución solo hay que batallar por arreglarla, por emprende el trabajo para mejorarla, para cambiar nuestras vidas y que sean más felices... Tan frágiles como un avión de papel que surca el mar, puede, pero tan contundente como las rocas contra las que batalla ese mismo oceáno...
martes, 18 de junio de 2013
TORMENTA DE PRIMAVERA
Cayó la lluvia. Y calló el mundo. Se limpiaron las calles donde la pobreza raquítica busca salida entre riachuelos de miseria y el cielo limpio el aire, que fue más puro que nunca. Llovió. Cuando no lo esperaba nadie, llovio. Y se hizo un grito de esperanza, en mitad de la noche, que nos invitó a pasear cogidos a nuestro destino, bajo la incesante lluvia que todo lo cubría.
Así, con ese optimismo descarado, deberían regresar las tormentas del optimismo, para alcanzarlo todo y para hacer que, desde ahora, creciesen veloces los caminos del mañana, las esperanzas del futuro, los deseos y los anhelos que nos remuevan la vida desde las entrañas hasta el corazón, con una sola ilusión: la de ser mejores cada día.
De igual manera que ha llovido incesante la noche, que ha dejado ver las estrellas con una claridad absoluta, al despejarse en la madrugada, igual que se cubrió de nuevo el cielo para regalarnos un día nublado y plomizo, que no cae en abril, sino en esta primavera relegada; así, de igual manera, deberíamos de ir caminando por la vida, distribuyendo nuestros claros y nuestros oscuros, nuestras tormentas y nuestros soles, nuestras brisas y nuestros hastíos... Hay que ir caminando disfrutando del camino, hay que pasear por la vida intentando descubrir cada detalle, cada minucioso detalle, que es un regalo al final para quienes gozamos de vivir...
Gozar de vivir, ser felices con lo que tenemos, sin conformismo ninguno, que no me gustan, pero subrayando el valor máximo de que todo lo mínimo que tenemos ya es algo para emprender el camino. Para compartirlo, para mejorarlo... A menudo pasamos por la vida como una tormenta de primavera, veloces, sin lógica, sin espera ni esperanza; y perdemos así la perspectiva de que tenemos ante nosotros un mundo repleto de colores que nos pertenece. No te entristezcas cuando se nuble todo, los colores brillan más. No sufras el desconsuelo cuando tu vida no tenga un sol que la ilumine, porque si miras alrededor encontrarás que siempre habrá quien te dará la mano y te acompañará, como anoche, bajo la tormenta. Esperando que amaine el temporal y de nuevo solo se vean las estrellas. Aquellas estrellas lejanas del cielo que se mueven lentas por el universo...
Así, con ese optimismo descarado, deberían regresar las tormentas del optimismo, para alcanzarlo todo y para hacer que, desde ahora, creciesen veloces los caminos del mañana, las esperanzas del futuro, los deseos y los anhelos que nos remuevan la vida desde las entrañas hasta el corazón, con una sola ilusión: la de ser mejores cada día.
De igual manera que ha llovido incesante la noche, que ha dejado ver las estrellas con una claridad absoluta, al despejarse en la madrugada, igual que se cubrió de nuevo el cielo para regalarnos un día nublado y plomizo, que no cae en abril, sino en esta primavera relegada; así, de igual manera, deberíamos de ir caminando por la vida, distribuyendo nuestros claros y nuestros oscuros, nuestras tormentas y nuestros soles, nuestras brisas y nuestros hastíos... Hay que ir caminando disfrutando del camino, hay que pasear por la vida intentando descubrir cada detalle, cada minucioso detalle, que es un regalo al final para quienes gozamos de vivir...
Gozar de vivir, ser felices con lo que tenemos, sin conformismo ninguno, que no me gustan, pero subrayando el valor máximo de que todo lo mínimo que tenemos ya es algo para emprender el camino. Para compartirlo, para mejorarlo... A menudo pasamos por la vida como una tormenta de primavera, veloces, sin lógica, sin espera ni esperanza; y perdemos así la perspectiva de que tenemos ante nosotros un mundo repleto de colores que nos pertenece. No te entristezcas cuando se nuble todo, los colores brillan más. No sufras el desconsuelo cuando tu vida no tenga un sol que la ilumine, porque si miras alrededor encontrarás que siempre habrá quien te dará la mano y te acompañará, como anoche, bajo la tormenta. Esperando que amaine el temporal y de nuevo solo se vean las estrellas. Aquellas estrellas lejanas del cielo que se mueven lentas por el universo...
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