jueves, 6 de junio de 2013
ARREPENTIMIENTO
Tengo una sensación amarga agarrada al estómago. Es la sensación del pasado que sacude visceral, de vez en cuando, cuando cosas que creías tan arrastradas por los lodos de la vida, regresan con nuevos golpes haciéndose importantes, protagonistas, únicas... A veces la vida, en su cruel juego de desequilibrios, nos devuelve a etapas pasadas y nos hace replantearnos en un segundo si todo aquello que nos pasó o que hicimos pasar fue lo mejor, si no hubo otras vías, si no hubo otros escapes... Aquél dolor agarrado al estómago, duro e inconcreto, inconciso, se llama arrepentimiento cuando se confirma que hoy nuestras palabras serían otras, nuestros silencios otros, nuestros dolores menos amargos... Hoy me ha venido al día una llamada que traía mensajes de hoy pero personas de ayer, personas que ya no están, personas que hoy sufren y, me sorprendí a mí mismo, sufriendo ese dolor ajeno y sintiendo en parte la voluntad de estar, de volver a ser, de tender mi mano... una mano que ya no puedo tender porque aquel ayer duro e irreconocible se disolvió como un humo espeso y gris, denso y volátil.
Hoy he vuelto a la palabra arrepentimiento, a la revisión de la vida, al valorar aquellas aguas que refraneras ya no mueven molino. Y no siento arrepentimiento de lo que pasó o de lo que dejara de pasar, ni me siento dolido ya por un ayer irreconciliable... Simplemente, con la tranquilidad de hoy, con un pasado que es historia, miro las palabras que me llegan y me sentiría mejor arrimando el hombro que dejando que un dolor amargo se agarre al cuello de mi camisa... Siempre le deseo la mejor de las suertes hasta a las personas que no conozco, es una filosofía de vida incomprendida y latente, pero siempre me manejo así... por eso cuando tomo decisiones nunca me arrepiento. O casi nunca. En la vida hay que arrepentirse de lo que no se hace o de lo que no se dice, pero no de aquello que fue, creímos y creo, que eran las cosas como debían de ser...
Hoy, que la tristeza intentó colarse en la vida, sigo pensando que hay que batallar por el que está al lado, por compartir su dolor como nos regalamos la alegría, hay que luchar por conseguir sumar siempre y dejar que el pasado sea el manso bailar de las aguas de nuestra historia con el son de nuestros buenos recuerdos. No soy una persona de arrepentirme, y hoy, te traigo en mis palabras de esperanza el mismo consejo, que nunca te arrepientas. Que nunca eches en falta lo que pudiste hacer o decir. La vida, casi siempre acabará dando las vueltas que haga falta para que vuelvas a pensar en ello. Y cuando mires atrás, haz que el recuerdo te provoque siempre una sonrisa. Siempre.
miércoles, 5 de junio de 2013
CORDONES DESATADOS
Cuando éramos pequeños andábamos siempre con los cordones desatados, sin riesgo nunca de caernos. Y si nos veníamos abajo un beso de mamá lo solucionaba todo. Cuando éramos pequeños, cargábamos nuestras mochilas a la espalda haciendo el mayor de los esfuerzos pero, con los ojos pegados por el sueño y el ensueño, éramos capaces de lanzarnos a correr cuando veíamos a nuestro amigo cien pasos por delante. Cuando éramos pequeños, envidiábamos como mucho el bocadillo de nuestro compañero que siempre era mejor, creíamos, que el que nos habían preparado para el recreo: pero no teníamos mayor envidia. Cuando éramos pequeños, comíamos sin problemas porque en casa siempre nos procuraban todo a tiempo y porque la felicidad ignorante de aquellos niños nos hacía pelearnos si alguien no nos dejaba jugar con su balón o si en el cole, éste o aquél, no nos habían hablado...
Cuando pienso en hoy, veo que nos caemos muchas veces aunque nuestros cordones cierren herméticamente el zapato. Cuando pienso en hoy, veo que nos hacemos poco hueco en nuestras apretadas vidas para que mamá nos dé un beso que lo cure todo. Hoy, nos cargamos la espalda y el alma con cosas que nos tachan contra el suelo, que no sólo nos impiden echar a correr sino que nos dejan mirando siempre al suelo, con un desconsuelo que ahoga. Hoy nuestras envidias son más oscuras y escondemos la felicidad en una cortina de infelicidades mientras nos maldecimos por no vivir entre las olas de la alegría.
Sin nostalgias, vivimos demasiadas veces anclados al pasado sin pensar que nuestro futuro está en mañana. Y nos sentimos obligados a revisar casi siempre el ayer, pensando que aquello que nos voló, y que no ha de volver, siempre será mejor que aquello que nos podamos procurar. Y estamos engañados. Nos hacemos mayores, maduramos dicen, a golpe de tristezas, de agobios, de penas, de desconsuelos. Pero podríamos ser capaces de hacerlo pensando en compartir, en alegrar, en suspirar, en ayudar a ser felices y en intentar pasar por la vida dejando atrás un surco de felicidad que sin nostalgia ninguna fuera el rastro del camino que emprendimos, y por el que aún caminamos con mayor fuerza aún.
Pero es difícil, lo sé. Complicado. Nos empeñamos en confrontarnos o enfrentarnos. Callamos antes que nos reivindicamos, miramos al suelo sin ver que siguen las nubes flotando sobre nuestras vidas indicando que podemos soñar, que podemos movernos con mayor libertad todavía, que podemos ser felices como nos merecemos...
Sin nostalgia ninguna, a veces recuerdo cuando era niño. Un niño soñador, de necesidades simplonas o sin necesidad alguna, cuya batalla de vida más importante podría ser mejorar nuestro bocadillo del recreo... Aquella ignorante tranquilidad está claro que no regresará, pero todavía batallo, cargado con mi mochila, por seguir el rumbo que arriba en el cielo surcan las nubes...
martes, 4 de junio de 2013
CRÓNICA CORPUSIANA
Sentado en un banco, como la Penélope de Serrat, pero sin esperar nada, nos dejamos las primeras horas matinales del sábado Galiana y servidor en la explanada del MUVIM. Andábamos como siempre a la nuestra y en nuestras cosas. Él que se sabía protagonista de una noticia en la prensa. Yo que le recomendaba respirar y asimilar que cuando uno se dedica a lo público, es fácil estar en boca de unos y de otros. Luego, que si cómo te llevas con aquéllos y yo, pues ni fú ni fá, porque no los conozco. Y un sol de verano que invitaba a quedarse con los ojos cerrados. Me dijo Galiana que prefería cuando en estas hojas perdidas se me caían las horas a tope, que dice que no entiende cómo llego a tanto y que cuando me pongo denso, ya no le agrada leer. Que quiere más crónica social de mis días y menos intensidad del alma, vaya.
El viernes por la noche, acabando una semana extenuado, la radio me ha cambiado los horarios de mis días (y de mis noches, aunque vuelvo a pasearme en la barca del insomnio), me fui a cenar a la falla. Antes nos hicimos unas tapas en un bar con menú árabe en la calle Sueca Manolón, Adrián, Iván, Ana y servidor con la Moni. Nos fuimos a cenar a la falla donde la madera lo invade ya todo y allí nos echamos unas risas y planeamos el año que tenemos por delante. Nos fuimos en avanzadilla a Cyrano, Adrián, Richard, Moni y yo. Miguel Ángel llegó al rato. Y nos hicimos unas copas, con Gueguel y Luis, que estaban con su hermana y cuñado. Echamos cierre al viernes, salimos del Cyrano y me fui a por el taxi de cada noche. Llegué a casa y me acosté. El sábado tenía que presentar la feria europea y luego me fui al centro a comprar los regalos de Bausá, cuya despedida celebraríamos por la noche. Me encontré a Juanjo en Springfield, que es como encontrarte a alguien en el pueblo de los Simpson. Me recorrí la calle Colón, como hacía ya tanto tiempo que no hacía, y whatsappeaba mientras tanto con Adrián y Richard. Con la corbata y los gemelos ya comprados, me regresé a Mislata en metro, chateando con Bausá y preparando la noche. Comí y me acosté algo para intentar prepararme para la noche. Me recogieron en casa Richard, Isra y Javi. Compramos en Consum y nos fuimos a Cyrano, para prepararlo todo. Y fue llegando la gente y fuimos haciendo marcha, calentando por la banda con un Valencia que perdía la entrada en Champions y un vino blanco refrescado en hielo. Estuvimos hasta tarde en el Cyrano y de aquí nos fuimos a Umbracle, donde la fiesta nos trajo el día. Fue una fiesta en toda regla: lo pasamos genial, una vez más y para variar. Mereció la pena. Vaya que sí. Me fui para casa con Adrián, le acompañé al taxi, hice una foto del nuevo sol y me fui a casa con la intención de caer muerto en la cama. Me desperté y pasé el día holgazaneando en casa hasta que llegó la hora de la procesión del Corpus. Y salimos una vez más. Cené en casa de los Sabater, donde se cena tan en familia y con los mejores buffets de café e infusiones que puedas encontrar. Fue genial, una vez más, pasar la velada al aire libre, en ese patio valenciano con mi Teresón del alma poniéndome al día de mil detalles. Me fui caminando a casa bajo el verano que ya se notaba en la corbata y escuchando el repique de mis tacones contra el cemento. De noche ya, apurando un fin de semana fantástico.
lunes, 3 de junio de 2013
LA SERENIDAD
Hace tiempo que perdimos, tanto que ni lo recordamos, un estado del alma que se murió entre los ruidos. Hace demasiado que lo olvidamos, pero fuimos capaces una vez, de andar nuestras vidas sobre los mares quietos de la serenidad. Y ahora, ahora que el estrés nos remata entre tráficos y gritos, órdenes y desconciertos, pesadillas, problemas, ruidos, desilusiones; ahora que ahorcamos nuestras esperanzas con la soga de la intranquilidad, somos incapaces de pararnos ante la nada y contemplar que todo lo que nos va pasando, puede pasar a un ritmo distinto y que no nos es necesario buscar otros ritmos frenéticos y atropellados con que mover nuestros días...
Hoy, al sentarme al escribirte estas líneas, pensé como me hallaba. Y lo primero que creí fui que cansado, de los días pasados con sus largas noches. Pero me dí cuenta enseguida de que no, que el cansancio, este fisico que hoy me subraya que es lunes, desaparece con el descanso o con el tiempo y que no estaremos por siempre cansados. Me pregunté si andaba nervioso y enseguida supe que no, aunque empezaba a marearme la sensación de no poder explicar cuál es el estado de ánimo de mi alma de lunes. Y comprendí que era complicado de relatar porque hacia tiempo probablemente que no me hallaba así: sereno.
No sé si la serenidad es la cima de la madurez, si se nos viene a rachas o si desaparecerá de repente, pero poder ahora decir que estoy sereno y compartir esta sensación contigo es fantástico. A menudo te invito a que sueñes sentado en tu silla. A menudo te digo que disfrutes de los detalles más nimios, los más pequeños, porque serán los más significantes. A menudo te digo que te cueles en tu propia vida para llevarte de la mano las sensaciones fantásticas que pasan imperceptibles a cada momento por al lado nuestro. Y así hoy, que me descubrí frente a las letras, escribiéndote mi hoy, me descubrí junto a la serenidad, la misma que se cuela en un lago quieto o en un cielo anaranjado como el que descubrí esta madrugada cuando, de repente, me desperté en la cama.
Hay muchos pequeños detalles, muchos motivos que se nos van de las manos, que se cuelan ágiles para perderse por los rincones del olvido que no somos capaces de agradecer. Yo hoy, que descubrí mi serenidad, me quedo aquí contigo al lado, escribiéndote cada renglón con mi cansancio físico, mi cabeza que nunca deja de bullir y una sensación placentera en el alma porque al final me encontré con ella: la serenidad.
jueves, 30 de mayo de 2013
BONDADES Y ARISTAS
Debió de ser la filosofía de la calle, el acervo popular, la cultura tradicional la que escribió para la eternidad aquello de que tras la tormenta siempre llega la calma. Yo, a menudo, me encuentro desubicado por la alta cantidad de actividad que soy capaz de gestionar al cabo de mi vida, y cuando salgo de una tormenta, y a veces hasta de un ciclón, me siento luego como vacío, perdido, desubicado... Con esa sensación del estómago deshilachado que se queda como solo después de una tristeza o de un olvido. Solemos batallar a diario, mucho más de lo que somos capaces de ver, para reconsiderarnos a nosotros o para hacer que nos consideren. Muchas veces, sin darnos cuenta, perdemos precisamente más tiempo en esa aceptación de los demás que en la nuestra propia, porque existe hasta cierta resignación a considerarnos como somos. Para lo bueno y para lo malo. Y acabamos haciendo aquello de defendernos diciendo de sólo me quieres para lo bueno, como si hubiera alguien que fuera tan tonto como para querernos en lo malo...
Lo cierto es que todos tenemos nuestros vicios y nuestras virtudes, nuestras bondades y nuestras aristas, y el comenzar a gustarle a los demás sólo es posible si somos capaces antes de querernos a nosotros mismos. No es una cuestión de egoísmo, es una realidad, una necesidad, una verdad... Sólo si queremos a esa persona que proyectamos, a veces hasta de manera inconsciente, vamos a hacer posible que nuestra imagen sea preferida también por los demás. Y me refiero a la estética del alma, a la que circula por dentro, entre latidos de corazón y suspiros que buscan esperanzas...
Por eso, la próxima vez que tengas una tormenta en tu vida, como enseguida, tras de ella te habrá de llegar la calma, yo te recomiendo que la aproveches para conocerte un poco más, para saber cómo te manejaste en mitad del tiempo tormentoso y para decidir hacia adonde quieres que mansas oleen las aguas de tu vida... Empezar por gestionarnos a nosotros mismos al final nos hace mejores y más apetecibles para los demás no me cabe la menor duda.
martes, 28 de mayo de 2013
SIESTA EN EL SOHO
Sonaba a disparate. Y lo pensé una y otra vez, y este es el momento que no me he parado a contar las escapadas a Londres, ni los sueños que allí nacieran ni las esperanzas que se diluyeron entre las aguas del Thames. Descubrí Londres, como Ibiza, por querencia y necesidad del alma. Y desde que llegué la primera vez, exactamente igual que con mi isla blanca, supe que estaba en mi lugar. Que no me siento extraño, que me siento un transeúnte más, dispuesto a caminar lo que haga falta, porque en esos caminos está la vida. [Acabo de matar el primer mosquito del verano].
Me fui a Londres el viernes de mañana, con el trabajo al móvil y el insomnio pegado a una hamburguesa por desayuno, en previsión de que no comería en horas. Volé a las once y leí en el camino, en el vuelo, viendo caerse mi peso a través de las nubes blancas, esponjosas, casi ideales, irreales. Aterricé con la lluvia por compañera golpeando mi plumífero azul y cogí el autobús desde Stansted hasta Liverpool Street. Bajé del autobús y me vi frente a la urbe. [El mosquito no ha muerto y me ataca de nuevo]. Descubrí el Spitalfield Market (un rincón, otro, espectacular) y esperé con un café chocolate y algo de amaretto, con mi libro, pegado al escaparate de aquel restaurante Giraffe, de una cadena de más... Llegó Ricardo con su dolor de cabeza a cuestas y su tarde de viernes laboral. Recogimos rápido y caminamos hacia la Pentland House de Lewisham, el barrio donde las peluquerías afro se abren seguidas. In a row!
Llegamos a la residencia: me tumbé en la cama de la 7B y puse mi maleta en el armario, desecha tan milímétricamente como la cosí el día anterior, con Cristina al teléfono. Salimos a caminar. Paseamos bajo sospechosa amenaza de lluvia por Greenwich, oteando el impresionante skyline londinense caer por la tarde abajo. Y caminos así hasta Cutty Shark, donde la amenaza se convirtió en una tormenta contenida que cobijamos con una sidra y otra en un club de jazz en directo. La cantante francesa custiodiaba la partitura con un enchant terrible. Y la noche cayó sin dejar que el agua le acompañara. Regresamos a la residencia y nos hicimos un hueco, entre pecho y espalda, para comernos un kebab y el sueño nos pudo. Al principio. Porque yo ya, en la cama, me dejé el viernes en el wifi, contestando, escribiendo, jugando... Volviendo a España con el móvil.
Le dije a Ricardo que no tenía más intención que ir haciendo: sin obligaciones, sin devociones, sin citas, sin rutas... Ir. Ir haciendo. Y así lo hicimos. Atravesamos en barco el Támesis y llegamos al London Eye, rebuscamos por Trafalgar, plagada de alemanes futboleros, tras dejar atrás el Big Ben y Downing Street y alcanzamos "La ejecución de Lady Jane Grey". Gracias Delaroche. Fue un placer, otra vez más: no me canso nunca de mirar este cuadro...
Salimos a la calle y tomamos rumbo a Covent Garden. Comimos al sol (hamburguesa) y bebimos al aire cada vez más fresco. E intentamos encontrar sin éxito aquella tienda donde una vez compré un imán de Andy Warhol, pero no la encontramos. Tomamos un capuccino al sol, en la calle que baja desde Covent hacia Trafalgar y nos hicimos los dueños del suelo, en un duelo personal contra los rayos. Una delicia. Otra. Y nos fuimos a un bar de Happy Hour, con su sidra de pera, ya en final de Champions League. Vinieron amigos de Ricardo y amigos de sus amigos e improvisamos una mesa donde compartir la tarde. Había avisado a Bea que estaba en Londres y le preparamos la sorpresa a Álex. Nos plantamos en la tiempo de Sports Open que hay por Oxford Street y esperamos a que llegaran de trabajar. No olvidaré (espero) la cara de Alejandro cuando me puse tras de él y le dije que aquellas zapatillas que miraba me las compraría porque están chulas. Entendí lo que es quedarse en shock. Y después de esto, los abrazos y besos con ellos y vuelta al local de moda,... Bajamos al sótano y tomamos otra sidra y pensamos en salir a cenar cuando Marco y su amiga se habían ido. Y lo hicimos. Caminamos hacia el Soho y cenamos en Bill's. Estupendamente, entre risas y con luz de candelabros. Una fortuna. Por cierto, que yendo a darle la sorpresa a Álex, apareció la tienda Vintage que buscaba. Se lo dije a Ricardo: estábamos de racha... Era cuestión de tiempo.
Cenamos y se nos hizo tarde. Nos quedamos baldados en el autobús de regreso a la residencia. Cerca de las tres nos fuimos a dormir. Y caí entre el fresco de la noche y mis sueños... Que son varios, aunque los tenga tan aparcados.
Nos levantamos el domingo y nos fuimos a Bricklane Market, junto a Whitechapel, el barrio de Jack, que tantas veces quise visitar... El paseo se alargó primero del mercado a la Boxshop y, con el dolor de cabeza de Ricardo, hasta el Soho, en un camino serpeante de algo más de una hora y pico de paso sosegado... Y de palabras.
Llegamos al Pan Quotidiane cuando Bea se iba a casa pero nos quedamos con ella a comer (vegetarianamente) y pensamos qué hacer por la tarde. Con la comida agarrada al estómago, les dije que mataba por dormir en un parque. Y nos fuimos al del Soho a hacer la fiesta entre otras trescientas personas que aprovechaban el sol que allí nunca sale... Cerré los ojos y dejé que los acentos de unos y otros se fueran diluyendo entre el sueño. Álex llegó cuando el sol se escondía y nos habíamos despertado en mitad de nuestra siesta en el Soho. Aquellos pequeños placeres, que siguen siendo imprescindibles. Únicos. Que me hacen respirar... Caminamos a buscar una heladería por Leicester Square, donde descubrí "I'm so excited!" la última peli de Almodóvar (Los amantes pasajeros). Helado de dulce, a tope y camino de vuelta a la residencia a recoger en diez minutos y marchar solo al aeropuerto. Dejé a Ricardo cargado de bolsas y de pensamientos en la puerta de la residencia, y me fui con la sensación de saber que pronto volveré a Londres, a hacer estas cosas, que son tan mínimas y que me dan tanta vida...
Todavía miro al cielo y me ciega el sol en mitad del Soho. Aunque ya se nos hayan pasado los aires frescos que cortaban la cara a la orilla del Thames... Volveré. Lo sé. A ver de nuevo a Lady Jane...
lunes, 27 de mayo de 2013
MIRARNOS
A veces la vida se nos hace cuesta arriba, sin darnos cuenta nos ponemos una venda en los ojos y dejamos de mirar. Ni siquiera en mitad de la ceguera, aprovechando que el negro lo inunda todo, somos capaces de mirar hacia adelante y aconsejarnos... Yo lo hago, a menudo. Salgo de mi caparazón, cuando el cielo arrecia tormenta del alma y miro mi vida desde fuera como un transeunte que pasea entre los toldos de un mercado, sin rumbo fijo, mirando qué venden aquí o allí. Y así, me miro. Me observo. Como alguien que se posara ante un cuadro, y sin perdida de tiempos fuera capaz de quedarse allí, la vida entera, para descubrir hasta el último detalle... Un cuadro inmenso, perdido en la grandeza de un museo descomunal, pero que por alguna extraña razón es uno de nuestros cuadros favoritos. Yo mismo, ahora, sería capaz de recordar la seda de un traje, el dolor de unos ojos, la espalda que no quiere mirar, las manos perdidas buscando el final, las mallas perfectamente cosidas con óleo... Pues igual, deberíamos de ser capaces de sentarnos ante el cuadro de nuestra vida, de nuestras penas y alegrías, de nuestros sinsabores, de nuestros temores y analizar, minuciosamente, y disfrutando de ello, cada uno de los matices que adornan nuestra vida... pero vivimos demasiado rápido, tanto que olvidamos a menudo que vivimos con nosotros mismos y dejamos de ser nuestra principal preocupación, algo que no nos podemos consentir. Que no deberíamos, pero que lo hacemos.
Entonces, ante ese panorama, y con la sensación de que nuestra vida se hace cuesta arriba, duro el peregrinar, somos incapaces porque nunca nos hemos mirado de plantear cómo debemos de dar los pasos, si nos harán falta bastones en que apoyar nuestra subida, si necesitaremos coger más o menos aire o, incluso, si hay que saber detenerse en mitad del camino y emprenderlo de nuevo cuando la vida nos empuje con brío a seguir hacia arriba... Se puede. Quizá será mi empuje optimista el que me invita a darte fuerza para subir esa cuesta: pero se puede, vaya que sí. Párate ahora que el camino es duro, que la subida es larga y que percibes que algo no marcha bien. Sabrás siempre qué es lo que te frena, lo que te agarra, lo que te cubre los ojos,...
Aunque probablemente muchas veces tardarás en descifrarlo. Todo lo que no sea ayudarte a buscar esas causas, te dejará con un solo efecto: un dolor ciego. Pero no encontrarás salida alguna. Serás capaz de darle mil vueltas a un problema que no quieres ver y crearás otros tantos nuevos para intentar adivinar aquél otro, el verdadero, el real... pero eso solo genera más confusión, más ceguera del alma, más dolor... Hay que tener valentía para cambiar las cosas. Hace falta arranque para emprender la marcha, más cuando es hacia arriba, hay que dedicarse el tiempo que uno se necesita para comprender que la vida, nuestra vida, está llena de pequeños pero muy significantes detalles que la matizan y la hacen mejor. Pero hay que saber descubrirlos. Y descifrarlos...
miércoles, 22 de mayo de 2013
COMPROMISO
Aquí estamos de nuevo, mi voz y yo. Mi intención y yo. Mis ganas y yo. Mis recuerdos del ayer y mis esperanzas de mañana, batallando con intención para seguir mejorando día a día el camino... no es cosa fácil, lo digo a menudo, pero me consuelo con saber que mis sueños no son imposibles, que mis alegrías pueden ser verdaderas, que mi ilusión por compartir es contagiosa... Y así ando día a día, con estas líneas que ni son versos aunque a muchos les suene a poesía. No lo es. Es simplemente el escrito de una persona, que en los momentos más complicados, sigue luchando por dejar algo de optimismo pasear por la calle, con la seguridad de que en el empuje de cada paso, se anda un camino más firme, más esperanzado, más completo... Y sobre todo, más compartido. Siempre he creído que en el optimismo está la bondad de nuestras futuras rutas. Es complicado, lo sé. Y cuando el cielo que nos hace ondear se muestra fiero y oscuro, más aún, lo entiendo. Pero ante los embates de la vida, ante los embistes de la tristeza, la pena, la desilusión, nuestros brazos remeros pueden bregar contra la tormenta haciendo que el remo, firme y consistente, se enfrente a cada ola de malas vibraciones...
Lo sé, no deja de ser una esperanza lo que aquí escribo. Un deseo, si acaso un anhelo lo que os cuento. Pero con tu ayuda, si tu voluntad sopla con la misma fiereza que nos combate la dejadez, podemos ser capaces de alcanzar cimas altas, podemos enfrentarnos de cara a cara a aquellos demonios que a veces nos aterran y a otras nos delatan, y podemos ser felices. Una felicidad básica, lo digo siempre, pero felices al fin y al cabo.
En la batalla del día a día sólo podemos luchar nosotros. Y hemos de hacerlo luchando también por el de al lado cuyas fuerzas, probablemente, flaqueen más que nunca. Es un compromiso, más allá de la solidaridad, es una manera de vivir. Batallar por cada día y hacerlo con una sonrisa, mirando de frente a la tormenta y, sin miedo ninguno, sin rubor siquiera, plantarle cara al viento para que no pueda hacer nada más que despeinarnos.
Estoy convencido de que podemos. Será optimista, pero será.
martes, 21 de mayo de 2013
ANTE LA DESESPERANZA
Hablo por teléfono con la desesperanza, la que se esconde detrás de un manto de lágrimas, la que no encuentra desahogo a la tristeza absoluta, la que no encuentra consuelo, la que se pierde entre los futuros por llegar, pensando que ya ni tiene presente ni si acaso le conviene vivir del pasado. Hablo con una voz rota, con una vida herida, de muerte, o que se cree de muerte si acaso, y que da por vencidos sus días y los de los demás porque ya no hay consuelo. E intento animar esa voz, intento darle aire a esa desesperanza, soplando fuerte, para que su mala suerte vuele lejos y se despeñe por los acantilados del olvido, pero es imposible,...
A veces la vida nos deja en mitad del caos, nos revienta de repente, y sacude, una y otra vez, con una fiereza desconocida, para doblarnos como juncos que ondean siempre, pensando que se van a quebrar. No es fácil batallar, desde luego que no, pero hay que hacerlo siempre. Y cuando el que está a nuestro lado se dobla, pensando que con una fragilidad cristalina se va a romper en mil pedazos, cuando aquél cree que nadie estará para darle la mano, con mayor fuerza que nunca hay que dársela y ayudarle a caminar... No se trata de solidaridad, ni de caridad, ni nada por el estilo. Se traduce, tan solo, en ser capaces de no dejar que las terribles arenas movedizas que a veces se mueven bajo nuestros pies, acaben por engullirse a aquellas personas que hace tiempo perdieron las fuerzas y, lo que es peor, las ganas de batallar...
Hay que ser fuertes ante los embistes de la vida, pero sobre todo, hay que ser generoso en ayudar a los que más nos puedan necesitar. Tenemos que demostrar, ahora más que nunca, que todavía nos quedan motivos para confiar en la raza humana. Yo lo hago a diario. Sigo creyendo que hay razones para la confianza, que hay motivos para la alegría, que nos quedan indicios de creer en que las personas, antes y después que nada, somos personas dispuestas a ayudar a otras personas, que necesitan más que nosotros, un bastón que les ayude a caminar...
lunes, 20 de mayo de 2013
ENERGÍA POSITIVA
Al final de una conversación, un amigo, me dice: “energía positiva”. Y rebotan dentro de mi cabeza las palabras, energía y positiva, como un eco incesante desde entonces... Porque tiene toda la razón del mundo. Energía positiva. Somos capaces de dejarnos arrastrar por nuestra negatividad a menudo y sin embargo nos cuesta un ejercicio atroz alcanzar el bienestar, ni tan siquiera la felicidad, porque hay que remar río arriba para estar bien. Esa energía positiva, pensar en positivo, es un duro trabajo, no lo niego, pero una labor que si la sembramos puede crecer con fortaleza y ayudarnos a tener un punto de vista de todas las cosas...
Intento no rodearme nunca de gente negativa en la vida. La negatividad me empuja, lo reconozco, con una probabilidad absoluta de empujarme al lado más oscuro, donde te devoran las penas y los malos pensamientos, los malos augurios, las malas vibraciones, la tristeza y el desasosiego. Intento ponerle color a mi vida, y los lunes es una excusa perfecta para comenzar la semana con otras voluntades... En cuanto hablo de gente negativa, sin darme cuenta, me mimetizo, me tenso, sufro y de nada me sirve enarbolar la bandera multicolor de mi vida si no hay al otro lado de mí mismo unas ganas enormes de aceptar esa vida, no de color de rosa, desde luego, pero no en grises, oscuros, decrépitos e indeseables que de nada nos sirven.
Tenemos que empeñarnos en conseguir caminar movidos por energía positiva, que nuestro motor explosione de buen rollo y caminar con una sonrisa sea más fácil. Vamos a compartir desde hoy los paseos de la felicidad, sin buscar atajos y sin mirar a quienes con sus ojos apagados, sus sonrisas muertas, sus sueños perdidos, intentan convencernos de que la vida triste, oscura, es mejor. Yo me niego. Quizá hoy, porque es lunes y me empeño en planificar mi nueva vida desde hoy y porque, ya está bien, a esa gente penosa que no tienen alegría ni saben como encontrarla, hay que decirles que no pueden alimentarse cuando consiguen que nuestra energía sea negativa y se conviertan en parásitos de nuestra infelicidad.
Si hay gente negativa en tu entorno, dí no. Si hay quien te intenta convencer de que no vales, lucha. Si hay quien intenta hacerte creer que no sirves, grita. Si hay quien te menosprecia porque eres mejor que ella, piensa que siempre habrá quien de verdad te merezca y disfrute de ti, por ser como eres, pero eso sí, con energía positiva y siempre con una sonrisa. Que nuestra felicidad nos sirva de alfombra...
domingo, 19 de mayo de 2013
23:32
Escribo ahora con el regusto de un trozo de ensaimada ibicenca que ayer apareció en casa. Mis padres hacen estas cosas como nadie, lo de dejar cosas en el comedor cuando no estás y como estaban recién llegados de Ibiza, me dejaron un pin osezno y una ensaimada que sabe a Gloria. Y casi a Greixonera. Hago planes a media tarde de cómo ir organizando la llegada del verano. El sobrepeso del invierno me empieza a molestar hoy domingo, con temperaturas de septiembre, en esta primavera tan rara que estamos viviendo. Cuando me decidí a escribir hoy, el horno apuntaba capicúa su hora: 23.32. Y así, me vine a escribir sabiendo que si pierdo alguna hora esta noche, la gané de tardes.
Ha sido un fin de semana intenso. El viernes, cuando ya había acabado con los temas de la radio y del insomnio, cuando ya me meneaba en las postreras horas del rencor hacia la pequeña rastrera, me recogió Manolo en casa y le invité a unos vinos en la Virada. Nos fuimos luego a cenar dos ensaladas en la falla, allí los que estábamos, reunidos para hablar del teatro que viene. Nos recogimos y nos fuimos al Cyrano, Adrián, Laura, Sergio y yo. Y luego acudió Manolo con un amigo (del que volví a olvidar su nombre). Salimos a la calle, Chuso con su colega y su fiesta nocturna, el frío húmedo de la noche, el resto, Laura recogiendo el local y Luis que vino a cerrar. Yo me fui a Gran Vía y recogí el día, con mi insomnio a cuestas.
Me puse el despertador y me levanté. Perdí mucho tiempo frente al ordenador y casi se me tira encima el reloj contra la boda de Carol y Rafa en Casa Sendra. Les casaba yo. Otra vez, si aquella boda de la falla, en una noche de marzo de hace cuatro años, valiese. O valiera. Les casé, rápido y ágil en una ceremonia bonita y sin artificios. Lo que tocaba. Me fui a casa, me cambié y me fui a Aroma a recoger a Gloria. Caminamos bajo el invierno tosco de mayo al Pou del Quint, donde se celebraba San Isidro y allí, con los Tronats, comimos una paella entre risas y jaranas. Nos dieron las seis de la tarde, yo con el tiempo casi justo, para después de pasar por el Gran Turia a cambiar la pantalla del móvil de Gloria llegar al concierto en el CIM, con versión del Paquito el Chocolatero a cargo del colegio alemán, incluida. Acabó el concierto e hicimos marcha. Cena en el Quint, con los miembros de Ahuim, solidaria. Volvimos paseando, Antonio, Alejandro, Delia y yo hasta El Tanguito a tomar café, y allí nos encontraron Pepa, Nuria, Lola y Vicente. No nos dio tiempo a que se hiciera de noche. Ya en casa, me llamó Javi Clero, para tentarme como Adrián por whatsapp, pero la agenda aprieta. Así que me quedé durmiendo y hoy dejé que un sol inmenso se clavara en mi cama con la intensidad de las ocho de la mañana, aunque volví a dormir hasta las diez. He comido arròs amb fesols i naps en la Avenida de la Paz y esta tarde, caí rendido al llegar a casa. Me pusé una hora de siesta y caí abatido contra la noche. Acabo de despertar hace casi nada.
Y mañana lunes. Así que me voy a preparar que empezamos otra semana... De las que se van volando.
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